JUEVES 21 DE JULIO DEL 2005 / EDICION No. 23877 / ACTUALIZADA 03:00 am





EL HUMOR DE




No es momento de partidos

Se han visto hermosas, sin dudas de ninguna clase, las marchas cívicas contra el pacto y la corrupción realizadas últimamente (el 16 de junio en Managua y el 14 de julio en Granada), entre otras razones por el colorido y diversidad de las banderas de los partidos políticos que respaldan a las organizaciones cívicas que convocan y organizan esas manifestaciones. Pero lo cierto es que esas marchas cívicas serían más hermosas, si en ellas sólo se mirase el azul y el blanco de la bandera nacional y de la Patria.

De ninguna manera estamos pidiendo a los líderes, afiliados y simpatizantes de esos partidos, que se avergüencen de sus banderas y que las escondan. Tampoco lo decimos por miedo a las amenazas de Daniel Ortega, ni porque los pactistas tratan de descalifican las marchas cívicas por la presencia de los grupos partidistas con sus banderas y consignas. Al fin y al cabo, aunque no hubieran colores partidistas en las marchas cívicas, los neo ricachones pactistas de todas maneras descalificarían las marchas cívicas, precisamente porque éstas rechazan y condenan el pacto y la corrupción.

De lo que se trata es que en Nicaragua se vive hoy un momento de Patria, no de partidos. Y por lo tanto, en las marchas cívicas sólo debería verse el color que une a todos, que es el azul y blanco de la bandera nacional y de la Patria.

No cabe duda que la lucha contra el pacto y la corrupción y en defensa de la institucionalidad democrática de Nicaragua, es esencialmente política. Pero la lucha de los movimientos cívicos se diferencia sustancialmente de la que libran los partidos políticos, en que aquellos no luchan por conquistar el poder y ejercerlo, y éstos sí.

Ciertamente, en algunos momentos históricos, como el que se vive hoy en Nicaragua, los movimientos cívicos luchan contra el poder político, para que sea modificado o sustituido. Sin embargo los movimientos cívicos no tienen interés en asumir el poder, porque no es ese su fin primordial como sí lo es de los partidos políticos. Además, la lucha por el poder implica necesariamente la competencia y la lucha entre los partidos que se lo disputan. Por el contrario, la actividad de los movimientos cívicos excluye la competencia política entre ellos porque no les interesa conquistar el poder, de modo que lo que se exige en este caso es la unidad de propósito y acción entre todos los que persiguen el mismo objetivo.

Por otra parte, la presencia vistosa de los partidos causa inconformidad en el movimiento cívico y provoca la sospecha de que quieren aprovecharse de las marchas y del esfuerzo de todos, en beneficio de sus intereses partidistas. Y de este modo la competencia partidista dentro del movimiento cívico podría convertirse, inclusive, en el germen de descomposición de esta lucha ciudadana que tantos corazones inflama, tantas conciencias despierta y tantos vigores une y moviliza.

Si los partidos políticos que rechazan el pacto y repudian la corrupción respaldan sinceramente la lucha cívica, ¿por qué, entonces, no concurren a las marchas enarbolando también y únicamente las banderas azul y blanco, igual que lo hacen todos los ciudadanos que no tienen ningún interés partidista, sino un objetivo nacional y por eso van a las movilizaciones con toda la buena fe del universo?

Nadie puede poner en duda que en la democracia los partidos políticos son instituciones indispensables de representación ciudadana e intermediación entre la sociedad y el poder estatal. En este sentido los partidos son irreemplazables; ningún movimiento cívico puede apostar a sustituirlos y cuando llegue el momento de la campaña electoral serán ellos los que postulen los candidatos a ocupar los cargos públicos, no las organizaciones cívicas como el Movimiento por Nicaragua y la Red por Nicaragua.

Sin embargo, en la actualidad es obvio que los ciudadanos no desean ni les conviene la intromisión de los partidos políticos como tales y como se han presentado en las marchas cívicas de Managua y Granada. Éste es un momento en que más bien hay que cuidarse de los partidos políticos, porque estos tienden a promover intereses sectoriales en contra del bien común, como sabiamente lo advirtió George Washington en 1796, en su famosa Farewell Address.
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