Doble Play
El Estadio Nacional se volvió una prisión
Edgard Tijerino M. deportes@laprensa.com.ni
La única vez que he estado preso, fue casualmente, en el Estadio Nacional antes de bachillerarme en 1964. El delito: andar manejando una motocicleta prestada por el ahora cirujano plástico Denis Velásquez, sin licencia. Lamentablemente, no hubo juego esa noche, pero salí tres horas después de mi captura por una gestión de Miguel Ángel Argüello, padre de dos amigos: Rodolfo y Chéster Argüello.
En esos tiempos el somocismo utilizaba la parte detrás de la pared del jardín central, como oficinas del Tránsito con un pequeño calabozo para los infractores.
Siempre es terrible estar preso, por cualquier motivo. Como dice Daniel Santos, hay que haber estado prisionero, aunque sea sólo por un momento, para saber lo que vale la libertad.
Por eso entendí la desesperación mostrada por un grueso número de aficionados el pasado domingo, durante el juego de la Final, en las tribunas derechas de home plate, a la orilla de las cabinas de radio.
El “galillo” de salida en la parte alta, estaba cerrado con un candado nuevecito, casi con la factura de la ferretería aún colgando. Y eso también ocurrió en otros sectores, según informaciones posteriores cuando abordé el tema.
No sé como funciona aquí la necesaria supervisión de espectáculos públicos, pero por lo visto, todo queda en las manos y el criterio de los organizadores, incluyendo el poder mantener prisioneros a miles. Como el domingo.
He visitado casi todas las canchas de Centroamérica que sirven de escenario al futbol, y los Comisarios, una misión que constantemente desempeña Julio Rocha en la FIFA, encabezan su lista de prioridades con la exigencia que se garantice una rápida y fluida salida del público en todos los sectores. El “fuera candados” debe cumplirse o no hay juego.
Es natural después de tantas tragedias que se han visto.
Aquí con un estadio en ruinas, muy propenso al derrumbe en una zona tan expuesta a movimientos telúricos y por supuesto, también a riesgo de los peligrosos desbordes, se careció del mínimo sentido común, y se ordenó colocar candados convirtiendo a los aficionados en prisioneros, como ocurrió en el séptimo juego de la final Boer-Matagalpa, y no sé si en otros.
¿Quién hubiera respondido por algo trágico?, ¿cómo diablos no ser previsor en algo tan elemental?, ¿cuál es el rol de la Feniba y el equipo de casa en estos casos?
No pasó nada. ¡Qué bueno!
Pero esto no puede volver a ocurrir. De ninguna manera. La inutilidad de no poder disponer de la vigilancia requerida para un estadio con 18 mil adentro, no es un pasaporte para convertir el coloso de concreto en una prisión, con todos los riesgos que eso implica.
De eso tienen que estar claros los organizadores. Eso no puede volver a pasar. Despúes no nos lamentemos.

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