LUNES 18 DE JULIO DEL 2005 / EDICION No. 23874 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




¡No me obedece!

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Ernesto González Valdés
ernesto-gonzalez@laprensa.com.ni

No es ningún descubrimiento afirmar que muchos hijos no obedecen a sus padres. El hecho de que los hijos no hagan caso de las indicaciones de los padres crea en ellos una sensación de impunidad frente a las normas que desorienta completamente su conducta y les priva de la seguridad que da contrastar su manera de actuar con otros criterios externos. Además produce en los padres una frustración y una desesperanza difícilmente compatible con su tarea educativa.

No es lo mismo mandar que conseguir obediencia Mandar es dar órdenes, exigir es conseguir que obedezcan las normas, nuestras indicaciones razonables o sus propias decisiones. La exigencia es una disciplina externa que proponemos o acordamos con nuestro hijo con la finalidad de que se transforme en autoexigencia.

Si la exigencia es coherente y estable crea en ellos una sensación de seguridad a la vez que les ayuda a desarrollar determinados hábitos y costumbres que les permitirán enfrentarse a nuevos retos.

Por otro lado, si nuestras propuestas van acompañadas de razones, desarrollan aquellas facultades intelectuales que tienen que ver con el pensamiento consecuencial y causal.

Es importante dar preferencia a la exigencia en conductas relacionadas con su trabajo (fundamentalmente los estudios), con la convivencia, con el desarrollo de virtudes personales (prudencia, sobriedad...) y de buenos hábitos. Existen estrategias que permiten conseguir la obediencia de las cuales te comento algunas:

—Informar a nuestro hijo acerca de lo que esperamos que haga, cómo debe hacerlo y en qué condiciones. No basta, por ejemplo, decir a nuestra hija de 6 años que se ha de portar bien cuando vamos a comer a casa de los tíos. Deberíamos concretar que esperamos que use los cubiertos correctamente y que no se queje de la comida. Y si no le gusta la comida, le podemos ofrecer la alternativa de que pida que le pongan poco.

—Comprobar que ha hecho lo que esperábamos que hiciera. No dar por supuesto que lo hará. Nada hay más desmotivador para nuestros hijos que nuestra falta de atención por sus logros o reveses. No comprobar si lo ha hecho bien significará afirmar que aquéllo no era muy importante o que él mismo no es muy importante.

—Valorar su conducta, es decir, decirle si lo ha hecho bien y demostrar aprecio y agrado por el esfuerzo realizado. Y, en caso de fracaso, mostrar desaprobación por la conducta aunque no desprecio hacia él. Recuerde que no debemos descartar los premios o los castigos siempre y cuando sean proporcionados y ajustados al hecho que se quiere alabar o reprender.

No hay nada que estimule más la desobediencia de un niño que un castigo que no se cumple o un premio que no se alcanza. En todo caso, si por error o por falta de autocontrol hemos amenazado con algo que no es razonable, debemos explicarle las razones por las que hemos decidido cambiar el castigo por otro más razonable.

Finalmente quiero resaltar una vez más la importancia del ejemplo de los padres. Sólo las personas que son capaces de vivir su vida con ejercicio constante de autodisciplina y autoexigencia, tienen el prestigio, la experiencia y la técnica necesarios para exigir a otros.
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Y al final de la pasarela, ¿qué?

¡No me obedece!