Bóer al trono
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Henry Roa conectó jonrón y remolcó tres carreras para impulsar a los Indios del Bóer al campeonato nacional de beisbol de Primera División.
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Edgard Tijerino M. deportes@laprensa.com.ni
¿Qué más quieren? Los espejos son fieles cuando nos devuelven las imágenes. Ciertamente vimos un gran juego, grande por su intensidad, dramatismo, incertidumbre y pasión.
Ganó el Bóer 5-4, y se coronó, rechinando los dientes, pidiendo a gritos más oxígeno, urgente de una transfusión de sangre, sufriendo hasta lo indescriptible. Por juntarse todo eso, es que los aficionados capitalinos saborearon tanto la conquista y se resistían a salir del estadio. Querían permanecer ahí, por siempre, aferrados a la última emoción.
¿Quién dijo que el beisbol peligraba como rey de nuestros deportes?
Después de dos derrotas seguidas, el fantasma de 1992 volvió a hacer su aparición. Por Dios, nadie quería recordar la frustración india fabricada por el San Fernando barriendo los tres últimos juegos.
Pero podía ocurrir. El equipo inspirado era Matagalpa y Julio Raudez había pedido la pelota en busca de ser el garante del campeonato. Los Indios dependían de Devorn Hansack y esencialmente, de su capacidad de resurgir como equipo.
En duelos tan tensos e imprevisibles, la importancia de pegar primera adquiere un mayor significado. Y Henry Roa, interesado en que su error del sábado fuera olvidado, se encontró con dos en base y las tribunas encendidas en el cierre del primero.
Su batazo por encima de la pared del letfield, pareció a los boeristas como salido de las páginas de Las mil y una noches.
La histeria se apoderó del escenario. El Bóer se colocaba en ventaja 3-0. Ahí tenía Hansack el soporte que necesitaba para establecerse y crecer.
Sin embargo, el jonrón de Justo Rivas en el inicio del segundo inning, una línea violenta hacia las graderías derechas con Freddy Chévez en camino, fue una seria advertencia hecha por los norteños. Esa pizarra de 3 por 2 daba picazón.
Con dos outs y bases limpias, en el fondo de ese segundo inning, Julio Raudez parecía un pitcher recuperado. Falso. Delmar Wilson le conectó hit, Ernesto Garay siguió con triple impulsador y Bayardo Dávila con otro cohete empujó la quinta carrera india.
¿Quién iba a sospechar en medio de semejante alboroto ofensivo que el Bóer no volvería a anotar, atornillado por un enérgico relevo de Jairo Pineda? Pero, algo menos viable todavía: ¿quién se hubiera atrevido a decir que no necesitaría “algo más”? Sobre todo después del jonrón de dos carreras de Yasmir García en el quinto inning que derritió parte del montículo en el que se balanceaba Hansack.
Y comenzó a crecer el sufrimiento con las amenazas constantes del Matagalpa en sus últimas tres bateadas, contra el relevista cubano Amaury Sanit.
Si hay que fijar un momento clave es el que se presentó en el inicio del octavo con dos en base sin out, y Jorge Avellán, Norman Cardoze y Freddy Chévez viniendo hacia el cajón de bateo, sin poder mover a los corredores. Un gran scone de Sanit.
Pero en el noveno, la ventaja 5-4 fue colocada entre gelatina. Rivas abrió con hit, fue a segunda por toque y llegó a tercera con un batazo de Juan Carlos González al right, bien manejado por Eduardo Romero.
No más, le dijeron a Sanit con el empate en tercera y la posibilidad de voltear la tortilla en primera, bateando Omar Herrera. Un sólo pitcheo terminó con un suspenso que bailoteaba entre las telarañas del anciano coloso de concreto, lleno de arrugas.
Cerca de 18 mil levantaron sus piernas para impulsarse junto con Aristides Sevilla, retando el peligro que representaba Herrera. Abea estiró su brazo, abrió la manopla, pero el bate ansioso y rápido, golpeó la pelota. Con el sonido, todos nos paralizamos.
¿Cómo diablos saber lo que va a pasar una vez que la pelota sale de la mano del pitcher? El batazo fue hacia el territorio de Bayardo Dávila con los pulmones de la multitud resoplando. No, Picasso no podía manchar el lienzo con su última pincelada. Dávila con esa seguridad que pocas veces lo abandona, se movió a su izquierda, tomó la pelota, continuó hacia la almohadilla de segunda, y frenando ligeramente mientras pisaba soltó la píldora a Sandor Guido.
El estadio se despegó de sus cimientos. Todo estaba consumado. El Bóer regresaba al trono del beisbol nacional.
HENRY ROA, MÁS VALIOSO
El leonés Henry Roa, del Bóer, quien disparó 3 jonrones en la Serie Final, se convirtió en el Jugador Más Valioso de la tribu.
Roa prevaleció sobre Devorn Hansack, quien ganó dos partidos y quedó sin decisión en el primero, pese a realizar una tremenda labor desde el box.
Para Roa, la coronación ayer con los Indios significa la segunda el mismo año. En febrero pasado fue campeón con los Leones en la Liga Profesional y ahora lo consigue con el Bóer.
También se coronan otra vez Hansack, Sandor Guido, Aristides Sevilla y Juan V. López.

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