Celibato
Miguel Ernesto Vijil
En la revista Magazine No. 347, suplemento de LA PRENSA del 31 de julio, aparece un artículo sobre el celibato de los sacerdotes de la Iglesia Católica . El autor resalta la crisis en las vocaciones sacerdotales, haciendo referencia implícita a una crisis más profunda y estructural en la Iglesia, que resulta como consecuencia.
Aunque me parece que el tema del celibato sacerdotal es muy importante y que su debate es impostergable, creo que los católicos debemos poner más interés en otro asunto de cuya correcta solución dependerá el futuro de la tradición católica como la principal expresión del cristianismo en el mundo. El riesgo que se corre es que la Iglesia Católica se convierta en una confesión minoritaria y periférica, aún en países de antigua tradición como los de América Latina. Me refiero al papel de los laicos en la Iglesia.
Entiendo por laico a todos los católicos no ordenados sacerdotes, seamos seglares o religiosos. Por supuesto, esta definición incluye entre los laicos al más importante y numeroso sector de la membresía de la Iglesia; que es el responsable de la inmensa mayoría de los trabajos apostólicos y de la misión evangelizadora en países de minoría católica; y que transmite la fe en hogares y barrios. Me refiero a las mujeres, incluyendo, por supuesto, a las religiosas y monjas, que también son laicas como lo dispone el Derecho Canónico (canon 588).
Las mujeres suman y no restan en la Iglesia, no causan escándalos ni dan ocasión a las demandas millonarias que han llevado a la bancarrota a muchas diócesis en Estados Unidos, administran escrupulosamente los bienes de la Iglesia y no han aparecido involucradas en escándalos de corrupción, ni en la quiebra fraudulenta de bancos fundados con dineros eclesiásticos.
No hay ninguna razón evangélica, teológica o pastoral para que no se amplíen significativamente las tareas encomendadas a los laicos y las laicas en todos los órdenes de la vida de la Iglesia incluyendo el terreno pastoral. No hay razón alguna para que los laicos y las laicas no puedan administrar parroquias, predicar, encargarse de ministerios específicos, administrar el sacramento del bautismo o presidir y certificar matrimonios.
Se han hecho algunos avances en este terreno aquí en Nicaragua: el movimiento de los delegados de la palabra iniciado en los años cincuenta y sesenta de siglo XX y la reciente habilitación de ministros de la eucaristía.
Confiando en la intervención del Espíritu Santo, debemos continuar la lucha por la participación de los laicos y las laicas en la gestión y dirección de la Iglesia Católica, tarea más urgente que la revisión de las normas que regulan al sacerdocio. Después de todo eso sólo atañe a una pequeña minoría de los fieles, aunque esta pequeña minoría haya acaparado casi todos los poderes que en verdad corresponden a todo el pueblo de Dios.

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