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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 16 DE JULIO DE 2005
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.Un recorrido desde el surgimiento de la Vanguardia hasta la literatura finisecular del siglo XX

Gertrude Stein.

 

Iván Uriarte

Al señor Embajador de Francia en Nicaragua Jean Pierre Lafosse

Me interesa en esta breve intervención concedida en este foro sobre literatura francesa abordar un tema que, de algún modo, corresponde a la literatura de fin de siglo: la evolución y destino que las vanguardias artísticas (apuntando en este caso al fenómeno literatura) han sufrido en el siglo XX.

En primer lugar quiero señalar un hecho bien conocido, pero que aún vale la pena insistir en él. O sea que la ruptura artística denominada Avant-garde, que se inicia en 1910 y que se consolida después de la Primera Guerra Mundial, es realmente de extracción francesa, esencialmente parisina. Sólo en una ciudad como París pudo haberse producido un movimiento artístico de magnitud universal, con fuertes incidencias en la poesía y literatura japonesa.

París, la ciudad que descubrieron los modernistas a finales del siglo XIX —con Darío a la cabeza— era ya la capital de la cultura occidental y no por azar. El fenómeno social, político y artístico de París ya a mediados de ese siglo era un hecho sin precedentes en la historia europea. Espléndidos grupos de músicos, poetas, escritores, reformadores y teóricos se habían refugiado en la urbe francesa, la que, bajo la tolerante monarquía de Luis Felipe, dio en ese tiempo, asilo a exiliados y revolucionarios de muchos países.

Las décadas de los treinta y cuarenta del siglo al que nos referimos fueron años de profunda reacción política en el resto de Europa y, a causa de ello, artistas y pensadores se congregaron en aquella acogedora capital, advirtiendo que allí encontraban la libertad que Londres o Berlín les negaba. La atmósfera intelectual que se respiraba era de excitación y de idealismo. Se cuestionaba el orden imperante en el mundo, contra la iglesia, reyezuelos y tiranos. Todo aquel que trasponía las fronteras de su país, al llegar a París adquiría conciencia que desde allí no escribían exactamente para sí mismos sino para la humanidad. Todas las crónicas importantes se escribían desde París. Fue siempre una fiesta constante de Darío a Hemingway y Gertrude Stein: allí se aquilataban las artes, se transformaban los escritores y era posible trasplantar los sueños y la rebeldía misma convertirla en creación.

París fue, entonces, la ciudad ideal para lanzar el cohete ruptural de l’Avant-garde, donde todas las razas y culturas ya se habían aclimatado. La historia del Cubismo en sus diversas versiones, así como las del Dadaísmo y el Surrealismo han sido puntualizadas y precisadas, igual que las características mismas de los grupos artísticos porque rompieron espectacular y radicalmente con todo pasado artístico. Renato Poggioli ha señalado las principales características, tales como el experimentalismo constante, cientifismo y humorismo: l'humor noire que enarbolaron los surrealistas como la bandera pirata de un barco irrefrenable.

Si l'Avan-garde es de corte parisino, instrumentalizando la lengua francesa como verdadera llave de pase para otras lenguas y culturas, el término mismo es de largo y complejo historial. Que hayan sido los discípulos de Fourier quienes lo utilizaron por primera vez con sentido más político que cultural, o que Balzac y Saint-Beuve se hayan servido de él, no nos importa tanto. Esta metáfora militar, de la que ya desconfiaba Baudelaire, que se instaura de pronto como un cartucho de dinamita listo a demoler cualquier vestigio de arte tradicional, es la verdadera escisión que no se cierra todavía. Unas pocas obras lo anuncian: Les femmes d'Avignon, Guernica, Nu descendant un escalier, en pintura; Le chien andalou, en cine; Les caligrammes, Les paques a New York, Nord-Sud, en poesía. Las nuevas obras comenzaron a cambiar la faz del arte del siglo XX. El término Avant- garde, así como su concepto en marcha, inició una disímil carrera en el mundo y sus diversas cultura. El vocablo nunca permeabilizó la literatura de habla inglesa, y sus respuestas fueron El Imagismo y El Vorticismo. Se utilizo, por otra parte, de una manera extensiva a todas las artes como sinónimos de “Modernismo” y opuesto al Romanticismo y Naturalismo, movimientos previos. En Italia se convirtió en Neovanguardia y “Vanguardia storica”, aunque algunas veces se llamó “sperimentalismo”. En España e Hispanoamérica el término nació en oposición o contrapartida de defunción del Modernismo, para devenir posteriormente Antipoesía o Concretismo como lo han propuesto Nicanor Parra y Haroldo de Campo.

El Exteriorismo en Nicaragua fue una Neovanguardia, en el sentido de buscar un complemento ideológico que le faltó al tardío movimiento de vanguardia nicaragüense: el compromiso social por las luchas de liberación. Pero también surgieron otras expresiones donde el término Avant-garde asimilaba cambios, revueltas literarias locales hacia la década de los sesenta: La Generación Traicionada en Nicaragua, El Techo de la Ballena en Venezuela, El Nandaísmo en Colombia. En Norteamérica, los movimientos Beatnik y Hippies fueron asimilaciones políticas de aquel concepto artístico, o sea concepción de anarquía constante contra el establishment, de oposición a todo existente sistema injusto, a todo apoltronamiento y atrofia del pensamiento, de la búsqueda espiritual del hombre.

Quizá la última actitud ruptural en Norteamérica ha sido la de la Escuela de Black Mountain (1933-1956) que agrupó a gente tan diversa como Charles Olson, Kenneth Rexroth, John Cage, Alfred Kazim, Robert Creeley y tantos otros, que crearon y sostuvieron una Escuela de Arte, como sacada de una Utopía. En Inglaterra, en los imponderables sesentas, los Angry Young Men constituyeron una respuesta para continuar una actitud ruptural todavía cercana a los avatares de l’Avant-garde.

¿Qué ha pasado en Francia, país en ruptura desde 1789, proliferador constante de grandes escritores y sucesivos movimientos literarios como el Romanticismo, Simbolismo, Parnasianismo y L'Avant-garde misma? El Existencialismo fue, sin lugar a dudas, una de las tempranas expresiones filosófico-literarias o modo de exorcizar el término Avant-garde para convertirlo en una actitud vital y trágica frente a la existencia, devino sin lugar a dudas, un malestar que exigía una renovación del pensamiento y de la expresión literaria. Lo lograron en el campo del ensayo, Camus y Sartre, y desde una praxis que se hizo patente en la (novela) de esos años de postguerra. El Nouveau Román planteó sucesivamente una actitud clara de “des-retorizar” la novela e instrumentizarla a otro cambio que se gestaba: el Estructuralismo, iniciador de una crítica textual académica que enterró el subjetivismo crítico que había imperado por tantos años. De un modo u otro, Michel Foucaul y Gilles Deleuze cuestionan la linealidad histórica del pensamiento y nace el Decontruccionismo derridiano. Les mot et les choses, así como L'archeologie du savoir son tan importantes como el revisionismo marxista que Sartre había planteado en la Critique de la raison dialectique. La rebeldía, la actitud anárquica frente al pensamiento religioso y político, frente a la expresión artística en vía de desfase, se evadió hacia formas y actitudes que mantuvieron enhiesta una dinámica filosófica que culminaría cuestionando la globalización en ciernes.

Volviendo a nuestra América Hispana es posible ver en el Boom la última y desesperada expresión de una literatura todavía marcada por las vitales de la Vanguardia, pero instrumentalizada para un mercado que terminó domesticándola y adaptándola a formas idóneas para el marketing en serie, la literatura light, expresión ideal para la proliferación de agentes literarios prestos a enriquecer y solidificar a los grandes consorcios editoriales nacientes y así controlar cómodamente la producción literaria. De ahí el afán de historicismo de lo inmediato o la búsqueda de insumo para textos narrativos que parten de la autobiografía misma del individuo. Novela, evidentemente, divorciada de formas cuestionantes y rupturales con el establishment.

Es posible afirmar, entonces, que la literatura predominante de se ha ido paulatinamente alejando de los planteamientos anarquistas y rupturales que la Avant-garde se propuso, en busca de formas ad hoc para ganarse y obtener los favores de un público lector cada día menos exigente y desacostumbrado ya a expresiones artísticas de difícil lectura e interpretación. Si la literatura de hoy es más conformista y menos ambiciosa (en lengua española basta un promocionado premio Planeta o Alfaguara para asegurarse un ranking de gran narrador) en el “plano de su imaginario conceptual” como sostiene el profesor español José María Pozuelo Yvancos, es porque el mundo de hoy es radicalmente permeable, y los escritores, en su mayoría, no se atreven a romper ni en devenir sus críticos acérrimos. Esta revolución de la comodidad y el apoltronamiento se llama postmodernidad, y la literatura, en sus diversas formas, es su mejor contingente.

Sólo le queda a la literatura de hoy como único refugio un género minoritario que pierde público cada día, que es la poesía, la que todavía no se acomoda a ninguna regla de mercado editorial.

La soledad y el marginamiento no pueden nunca convertirse en buena mercancía, y salvo excepciones como los babosos versos de Mario Benedetti, creo que la poesía es el único género que ha llegado robustecido a finales del siglo XX. Que pongan su barba en remojo los fabricantes de Best-seller, porque de lo que está aburrido el especialista de hoy será el cansancio del lector de mañana.  
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