Connotación del Testimonio
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 | Un testimonio siempre será una fuente literaria que ayudará a conocer la historia de un país y sus gentes. Contarlo todo desde una visión humana tendrá sus implicaciones para todos |
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Henry A. Petrie
La actuación y constancia humana, en sus diversas manifestaciones y condiciones de existencia, siempre será el objeto principal del Testimonio.
Se ha afirmado con énfasis, desde un poco antes de los años sesenta del siglo pasado, que testimoniar ha estado vinculado a procesos o manifestaciones de luchas y construcción de identidades —individuales y/o colectivas— dentro de las cuales destacan sucesos históricos significativos —quizá subyacentes a registros oficiales— con implicaciones y connotaciones sociales, culturales y literarias que reivindican voces acalladas en el tiempo.
Teniendo en Centroamérica, y particularmente en Nicaragua, una importante producción de obras testimoniales, se hace necesario no sólo analizar los plurales significados sino también identificar la vivencia y experiencia humanas de lo acontecido, ya sea en colectivos o desde individualidades que trascienden. Al respecto, y sin negar la acción creadora, es indispensable reflexionar hasta dónde la ficción actúa arbitraria, sujeta a artificios literarios, falseando o distorsionando el testimonio; hasta dónde ese “dar fe” se convierte en un producto carente de autenticidad.
Parto de las tesis de que la realidad no es única en sí misma, que el sentido de verdad tiene varios ángulos de apreciación e interpretación, que la ficción y la realidad interactúan y que en toda textualidad interviene el lenguaje, incorporando matices propios del sujeto con su marco de valores, capacidad interpretativa y sintáctica de lo que llamamos realidad, misma que la componen hechos y elementos tangibles e intangibles, verdades y mentiras.
En el presente trabajo reivindico la autenticidad del testimonio y memorias, tomando como base fundamental lo vivencial y experimental, cuya manipulación literaria no corrompa la perspectiva de los hechos, tal como se vivió y no como se imaginó o creyó, sin falsearlos, en tanto deberían aportar y enriquecer la cualidad humana, el caudal cultural e histórico de nuestros pueblos y sociedades.
Lo primero a reconocer es que el testimonio como tal, ha existido a lo largo del devenir histórico social de la humanidad, que han registrado distintos acontecimientos o hechos de trascendencia colectiva o que bien viniendo de individualidades específicas, cuentan con la representatividad suficiente como para trastrocar sociedades o grupos humanos significativos.
La novela política y testimonial Los de abajo (1916), del mexicano Mariano Azuela (1873-1952), constituye la primera en América Latina y probablemente de todo el continente americano, si no, una de las primeras. Al respecto hay que destacar el movimiento literario generado a raíz de la revolución mexicana donde encontramos obras muy representativas de este género. En el caso nicaragüense se asume a Sangre en el trópico (1931), de Hernán Robleto, como la primera novela de carácter testimonial.
Más que nacimiento, se reconoce el testimonio como género literario en los años sesenta, producto de la efervescencia socio-política de la época, dominada en lo fundamental por luchas antidictatoriales, de liberación nacional y auge estudiantil, entre otros. La mayoría de las obras surgidas en este período, refieren el compromiso con una postura política que reivindica la situación que viven los pueblos y tratan de dar voz a los oprimidos, brindando una perspectiva distinta a los conflictos de poder existentes en buena parte del mundo, principalmente en América Latina.
HISTORIAS LATINAS
El testimonio latinoamericano en sus diferentes momentos y etapas, ha tenido siempre diversos propósitos, respondiendo en general a la urgencia o necesidad de dejar constancia de lo vivido o experimentado como parte de esa humanidad regida por la existencia, y por tanto, sujeta a hechos.
El testimonio hace constar o da fe de algo en una realidad social, histórica y política concreta. Se testifica, se infiere la verdad de un hecho vivido o presenciado. Su fuerza y valor están en la autenticidad, legitimidad y representatividad, elementos que a su vez le incorporan credibilidad y autoridad capaces de producir efectos y constituyéndose asimismo en un reflejo, de tantos habidos en el plano de la realidad. No admite el falseamiento o corrupción de los hechos o vivencias, por el contrario, su consistencia está en el punto singular de verdad de quien nos da fe.
Aunque esté de por medio la ideología y las convicciones políticas, el testimonio se fundamenta en la verosimilitud, en la certeza y representatividad de los hechos, donde la ética y estética entran en función para construir una perspectiva histórico-biográfico particular.
Desde tiempo atrás, tenemos constancia que el testimonio no sólo refiere hechos históricos determinados, sino también situaciones o experiencias individuales que ejemplifican las vicisitudes, infortunios o gracias de la existencia humana. Son tan válidos los testimonios con orientación política e histórica —lucha por el poder, movimientos sociales, conflictos y reivindicación étnica, etc.— como los que nos dan fe de padecimientos o incidencias dramáticas del transcurrir humano —enfermedades crónicas, cumplimiento de condenas, denuncia de ilícitos, etc.—.
La credibilidad de un testimonio tiene que ver con el apego a lo que realmente sucedió, estar lo más cercana a la verdad. Cada persona compartirá conforme su vivencia y experiencia, contará según su apreciación de las cosas y con los recursos técnicos y literarios que tenga a disposición.
Un testimonio, cualquiera sea su carácter, siempre connotará en la sociedad, tendrá su efecto más o menos implicante para otros, más allá de la expresión individual o personal, si es el caso. En este sentido, la representatividad estará dada por su alcance social o histórico. Ésta se vuelve más compleja a medida que lo que se comparte involucra a colectivos sociales o étnicos, en tanto esa voz no habla por sí misma sino por otras tantas, va más allá del efecto personal para convertirse en un compromiso mayor y, en este sentido, la fidelidad en los hechos es imperativa. Existe una sustancial diferencia al testificar algo que sólo atañe a uno, que a un grupo determinado de personas, quienes también son protagonistas y testigos directos, con ópticas y valoraciones quizá distintas de lo vivido u observado. Cada cual a su manera, pero también, entre todas las maneras, lo común experimentado y percibido.
A pesar del esfuerzo por la verosimilitud y autenticidad del testimonio, no puede haber una narración o descripción fotográfica de lo acontecido. Algunos aspectos de la historia podrían ser omitidos o tímidamente abordados, en tanto también interviene la subjetividad y capacidad interpretativa de las personas, según su vivencia y ubicación en el desarrollo de los acontecimientos. Cada unidad informante tendrá sus propias perspectivas de los sucesos, situaciones o circunstancias, es en sí misma, y en todo este proceso intervendrán la capacidad de observación y síntesis de los protagonistas o testigos.
En Centroamérica ha habido una buena producción de testimonios, y Nicaragua destaca dentro de la misma, sólo que éstos ya no sólo refieren experiencias épicas o conflictos armados sino otros órdenes de la actividad humana. A continuación, los tres grandes afluentes de la producción testimonial nicaragüense:
Primer afluente: refiere sucesos y experiencias desde la independencia de la corona española hasta la última guerra civil nicaragüense acaecida. Destaca el sentido épico y heroico de los protagonistas. Aportan, por lo general, información o datos históricos no documentados oficialmente. Su producción más significativa se dio durante los años ochenta del siglo XX, relativo a la guerrilla sandinista o a la lucha antisomocista.
Segundo afluente: refiere las experiencias en el orden de la actividad eminentemente social, aunque hayan tenido determinadas implicaciones políticas. Aquí, a la luz de eventos de particular importancia o trascendencia, encontramos piezas relativas a la participación de jornadas sociales, culturales y educativas que se han constituido en hitos, generando un cúmulo de experiencias y valores que en general son compartidos por sus protagonistas. La mayor documentación se concentra a partir de la década de los ochenta del siglo pasado.
Tercer afluente: refiere los particulares flagelos humanos, que siendo parte de una queja mayor, se manifiestan como ejemplos dignos a tomar en cuenta para la reflexión. Aquí no sólo se encuentran textos que nos enteran de padecimientos crónicos de salud, sino también denuncias de actitudes humanas que han violentado integridades físicas y psicológicas de personas, en algunos casos tienen connotaciones judiciales.
EL PROSELITISMO
Un texto testimonial puede adquirir fuerza proselitista por sí mismo por el poder e impacto de su verdad, aunque no se lo haya propuesto. Las interpretaciones son parte activa del tejido discursivo, no para explicar la validez o certeza de una determinada posición ideológica, sino para validar los hechos, las acciones a que hace referencia.
La realidad tiene distintas dimensiones y ángulos para observarla y vivirla, no es absoluta ni igual en todas las personas, más bien es multidimensional. Una verdad puede tener implicaciones distintas en personas diferentes, es decir, siempre se manifiesta desde un plano relativo. Debe tenerse en cuenta que el testimonio está consagrado a la vivencia, a lo experimental, a un cierto sentido de lo verdadero, aunque en su proceso de escritura (construcción sintáctica) recreen y describan episodios, sin aspirar a un concepto de exactitud irreal. El centro regente siempre será los hechos, lo sucedido.
Fragmento de ensayo. 
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