Herejía profecía
Eugenio Esteban Torres Díaz
“En una noche se conjugaron lo oculto en el lado oscuro de la luz de Mefistófeles y los secretos de los negros corazones de los sacerdotes herejes, su histórica y maquiavélica herencia en el profano hombre.
Había pasado la época de las dictaduras y revoluciones en la ecléctica vida del elegido que abandonando el exilio se preparó para descifrar la maldita profecía de la consagrada sociedad secreta de Nicaragua”. Me comenzó interpelando la apología del asunto en cuestión y de inmediato me agregó. Se infiltró en las noches de placer de sus enemigos, en los novilunios de anatemas, fiestas maléficas de adoración a Fausto, pasó por muchos soles, sacrificios, plenilunios de concupiscencia, sinceridad, borrasca, mentira y muerte.
Para todo esto estaba preparado el iluminado que vagó por regiones lejanas y pobladas de demonios. Errante, por latitudes en donde se desconoce la conciencia y el análisis y el corazón sincero es un arma o un pensamiento existencial.
Luchó con la palabra metafísica de la cultura hecha herejía en el arte y las letras. Soñó primaveras, músicas, cuentos, cantos, novelas, pinturas, cielo, mar y flor, hasta mover los cimientos ascendentes del ídolo de gleba, hierro, bronce y oro, que atribulaban el talento, creación, sabiduría e imaginación de los artistas muertos.
Anduvo vagabundo por el hemisferio del horizonte espiritual de los santos guerreros, que le ayudaron a combatir principados, gobernantes y huestes sin autoridad, en las regiones celestes de los ahora proscritos de la maligna espiritualidad y sus disparatados dogmas de carne y sangre. Y en su transfigurado pecho quedó calcinada la apostasía, ofensa, insulto, injuria y el agravio, que por años venían soportando los dos grandes poetas, en el cuento parisiense de Rubén Darío García Sarmiento, Pájaro azul. — Me terminó diciendo la voz que abarca todas las voces, en el patio de la casa de los Ángeles, en donde todo sucedió en realidad.
Cuando la vorágine pasó. En el alambre en donde se pone a secar la ropa lavada, un insecto de abdomen largo y delgado con dos alas largas y estrechas se colgó en el hilo, y moviendo sus delicados abanicos en sus colores miré a la virgen Mejicana. Yo me quedé asombrado, satisfecho y desahogado en aquella inolvidable defensa de mi espíritu a favor de la verdad.
Redimido miré el final del ridículo mal parido de los malditos de siempre. Y por largo rato me quedé mirando la esférica y espacial noche con su metálico zafiro. Y cuando estuve libre de todo aquel éxtasis del misterio de los Ángeles de Yavé de los ejércitos me quedé dormido en la onírica habitación del glorioso hacedor de sueños de la humanidad. 
|