El cambio de lámparas del PLC
Todavía el año pasado, antes de las elecciones municipales del 7 de noviembre, el PLC era la única fuerza política democrática capaz de enfrentar y de volver a derrotar al FSLN. Y sobre todo de impedir que el partido sandinista cumpla su amenaza de volver a dominar a Nicaragua de manera total y totalitaria.
Sin embargo la cúpula del PLC prefirió seguir fiel al pacto con el FSLN, seguramente con la esperanza de que Daniel Ortega accedería por fin a liberar a Arnoldo Alemán de la sentencia judicial y de los cargos penales por corrupción. Aparte de que con el fraude electoral parcial de noviembre pasado, el PLC mejoró su deteriorada situación organizativa y financiera, al repartirse con el FSLN algunas alcaldías que, en realidad, por los votos ganaron otros partidos.
De hecho el PLC ha entregado prácticamente todo lo que podía dar, a su socio sandinista, a cambio de la libertad y exoneración de cargos de Arnoldo Alemán. Pero aún así Daniel Ortega y la cúpula del FSLN no sueltan al caudillo liberal. Y la razón de que no lo hagan es sencilla: como reo con casa por cárcel y sin derechos políticos Alemán vale mucho más para el FSLN, y personalmente para Daniel Ortega, que dejándolo en libertad y permitiéndole que vaya a la calle a vengarse del presidente Bolaños, porque además buscaría cómo pasarle la cuenta también a Ortega, que al fin y al cabo ha sido y es su carcelero.
La carta Alemán en manos de Daniel Ortega y el FSLN será determinante sobre todo en un momento culminante del proceso electoral del próximo año: el escrutinio de las votaciones del 5 de noviembre del 2006, en el que los magistrados pelecistas del CSE adjudicarían la “victoria” electoral al candidato del Frente Sandinista, independientemente de qué cantidad de votos reciba éste.
En realidad, la exclusión, contra todo sentido de sensatez política, de un precandidato que tiene gran respaldo de la población democrática del país y del mismo PLC, como es sin dudas Eduardo Montealegre; y la decisión de que el candidato de ese partido sea designado por la Gran Convención (es decir, por el dedazo de Arnoldo Alemán) en abril del año entrante, indican que van a nominar a un “candidato de zacate”, de esos que no alcanzan ni el 5 por ciento de expectativa de voto en las encuestas, para permitirle a Daniel Ortega “ganar” fácilmente la elección presidencial.
Evidentemente el PLC se ha convertido en una asociación claudicante y desprestigiada —como el PLN somocista en sus más nefastos momentos históricos—, entregada en cuerpo y alma a la otra asociación política oligárquica y corrupta que es el FSLN de Daniel Ortega. Y por lo tanto, el PLC no es ya ni podría ser en el futuro el instrumento democrático apropiado para enfrentar electoralmente a Daniel Ortega y al FSLN orteguista, y mucho menos para derrotarlo a fin de preservar y fortalecer la democracia en Nicaragua.
El PLC, como Aladino en el famoso cuento oriental, ha cambiado la lámpara nueva de la libertad y la democracia por la lámpara vieja del somocismo, de la dictadura y la corrupción. Dicho en otros términos, el PLC se ha degradado y desprestigiado por completo y de manera irreversible, porque se ensoberbeció en el ejercicio del poder y porque ha colocado los beneficios materiales que éste le produce, por encima de los principios y valores de la democracia en general y del liberalismo en particular.
Ahora bien, el hecho de que la alianza oligárquica, autoritaria y corrupta entre el PLC y el FSLN pretenda hacer un fraude electoral en los comicios que deben celebrarse el próximo año, no significa que éste sea fatalmente inevitable y mucho menos que la ciudadanía de Nicaragua y la comunidad democrática internacional se los permitirán.
Lo que sí debe quedar completamente claro para la ciudadanía democrática nicaragüense, es que el PLC ya no puede ser un instrumento político electoral para garantizar la continuidad y el fortalecimiento de la democracia en Nicaragua. Para esto hace falta crear una alternativa —partido o alianza— que sea genuinamente democrática tanto por sus objetivos como por su representación y liderazgo, y además, que la presión popular cívica obligue a los pactistas a desistir del fraude en las elecciones del próximo año.

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