Aquel monumento del 77
Virgilio Gurdián* opinion@laprensa.com.ni
Sobre la Cuesta del plomo, al noroeste de la ciudad de Managua, buscando la intersección de la carretera nueva a León, de la entrada de la Refinería 300 metros hacia esa intersección, se encuentra un monumento semicircular adornado con laureles y señales de placas conmemorativas que fueron retiradas, que hoy lleva el nombre de Héroes y Mártires de La Cuesta, al haber sido rebautizado por las autoridades sandinistas.
El monumento en mención fue inaugurado en la mañana del 11 de julio de 1977, por las autoridades del Partido Liberal de esa época, correspondiéndome el honor de haber tomado participación activa en dicho acto como miembro de la agrupación Jóvenes Profesionales Liberales de Nicaragua, generación 73.
Aquel monumento era un reconocimiento que se daba ese año a la gesta del general Zelaya y su legión de valientes liberales, que precisamente entraron triunfantes por la Cuesta del Plomo, como un pasadizo hacia la renovación, el 25 de julio de 1983, poco después del grito revolucionario liberal del día 11 de ese mes. Se abrían las puertas hacia la reforma y transformación profunda de Nicaragua, marcando huellas indelebles, el gobierno liberal, para realizar los cambios fundamentales de un país que saliendo del provincianismo pasaba a insertarse en los mecanismos modernos, que por aquel entonces exigía la galopante industrialización mundial, dejando trazado el camino hacia un progreso que urgentemente el país necesitaba.
Zelaya mejoró notablemente la agricultura, especialmente la producción del café, que fue exitosamente comercializado sobre todo en los mercados de Europa y constituyó importante ingreso para el desarrollo nacional. Consciente también el general Zelaya de la necesidad de rehabilitar el comercio interno y los mecanismos para la exportación, trazó un estratégico plan de infraestructura mejorando decididamente la red de línea férrea, que fue incrementada en los departamentos de Chinandega, León, Managua, Granada, Masaya, Carazo, e hizo las inversiones necesarias para la de Matagalpa y su sueño dorado de construir la del puerto de San Miguelito a Monkey Point, se vio truncado por su caída en 1909.
El general Zelaya rehabilitó también la navegación marítima y lacustre como preámbulo para el traslado de ciudadanos y mercadería, visualizando la necesidad de diversificar el comercio externo e interno aparejado esto con incremento fundamentales en la redes telegráficas y sus oficinas, que a la postre de su período de gobierno fueron duplicadas.
En la educación, Zelaya dio pasos fundamentales haciendo verdadero eco de la educación primaria gratuita y dignificando al magisterio nacional, creando además una policía escolar que vigilase permanentemente que los niños asistieran a la escuela, evitando lo más posible lo que hoy se conoce como trabajo infantil.
El general Zelaya mejoró fuertemente la balanza de pago, canceló la deuda externa de gobiernos anteriores, transformó, dignificó y ratificó la soberanía nacional, incorporando en forma definitiva la Mosquitia, región del Atlántico, dándose así la plena integración nacional.
El gobierno del general Zelaya también forjó al país de innumerables leyes y decretos de vasta cobertura, como civil, municipal, del trabajo, de agrupaciones gremiales, de higiene, etc., e indujo a la plena libertad del varón para el futuro sufragio universal, sin diques, ni condicionamientos económicos, lo que fue completado posteriormente con el voto femenino que a instancia del liberalismo fue consagrado en la Constitución Política de 1950.
La entrada triunfante de la revolución liberal, por la Cuesta del Plomo, representó los cambios fundamentales con los que Nicaragua culminaría el siglo XIX, entrando vigoroso al siglo XX con ideas reformadoras de vitalidad política, social y económica, como piedra angular, de ejemplo para las nuevas generaciones que con mucho respeto vemos y leemos a lo largo del tiempo a los patricios liberales que acompañaron a Zelaya en su obra y en su administración, destacando entre ellos a Rigoberto Cabezas, Benjamín Zeledón, José Madrid, Adolfo Altamirano, los hermanos Camilo y José María Castellón Lacayo, Francisco Castro, Luciano Gómez, José Dolores Gámez, Luciano Astorga, Julián Irías, Enrique Cerda, Antonio Medrano, Luis H. Debayle, Mariano Barreto, Salvador Lacayo, Gilberto Saballos, Santiago Argüello, Roberto Espinoza, Ignacio Chávez, Sebastián Salinas, y muchos otros liberales que tendrían su máxima culminación en un esplendor de lira en la lengua castellana con Rubén Darío, quien fuera amigo, diplomático y asesor personal del general Zelaya.
Honremos pues la memoria de todos aquellos abanderados que con su esfuerzos y sacrificios lograron las trasformaciones necesarias y marcaron para siempre al liberalismo nacional, con mística, con fe inquebrantable en sus ideales y sus principios los que no deben entregarse nunca por nada y por nadie, ni empañar su ideario en componendas que sólo benefician a algunos pocos; mantengamos firme la llama liberal de libertad y justicia social y que se siga escuchando el coro de ser “los hijos denodados, los soldados del honor”.
* El autor es Ministro del Trabajo

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