Eduardo Araica: La guitarra clásica
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Eduardo Araica. |
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Joaquín Absalón Pastora
Las alas punteadas de la guitarra están siendo elevadas por Eduardo Araica. En sus conciertos prolifera la emoción en el mástil trasteado. Al sentimiento del que esto escribe le hace llegar la visión retrospectiva e imaginaria del laúd de los tiempos en que Shakespeare —la inevitable referencia— lo usó ara expresar musicalmente la sindéresis de su pasión. La congoja unida a la sensibilidad nutre la entrega de Araica.
Los cordófonos parecen ser explorados —tanteados— al comienzo como si estuviesen lejanas las resoluciones de la armonía finalmente lograda con la puntería milagrosa de los dedos cuyos aciertos —volvemos al ayer— nos pone en la noche sin luz de la vihuela del Renacimiento. No obstante ser modernos sus escenarios en los que en homenaje a la temperatura tropical y la percusión africana dispone de instrumentos como el djembé, darbuka y el cajón flamenco siendo un recurso para ilustrar el ritmo, las propias manos de las palmas. Toda esa reunión le da una cuantía excepcional a su enfoque sin perder de vista que la protagonista de su espectáculo es la guitarra enaltecida —y esto hay que decirlo para reconocer su importancia puesta por Verdi en su Otello cuando la junta con el arpa y la gaita, y por Mahler en su Séptima sinfonía.
Los oídos puestos en los puertos donde andan las cuerdas no pierden de vista la guitarra clásica de la cual es un especialista lleno de méritos tras salir de los conservatorios de alto nivel de Europa de donde trajo el flamenco.
También en la riqueza de su temática vibran el jazz y el bossa nova pero tendiendo estos ritmos a la melancolía inseparable que lleva detrás de sus espaldas como si fuera consustancial con su modo de ser. En los secretos de su guitarra, oídos con especial dedicación, hay todo un universo de emociones desde el preludio para un ángel que impone volar a la imaginación, hasta la interpretada suite fragmentada en sueños.
Lo hemos visto en el Teatro Nacional Rubén Darío escoltado por la agradable complicidad de la acústica como si estuviera en una de las noches de Portugal con el fado en el corazón al estilo de Zavaleta con el arpa. Así lo sentí cuando oí su Soledad. Esa soledad que él empuja en rasgos. Soledad es un poema dicho con las manos, con la mímica de las cuerdas puestas a filosofar.
Varias veces lo he sentido en concierto y me he quedado con las ganas de hacer las disquisiciones planteadas por su estilo propio, por su creación no desde el punto de vista técnico por no ser el suscrito músico sino oyente afiebrado de todo lo que ella contiene, desde la inducción inspirada por la ambrosía.
No puede cansarse uno aunque esté en la soledumbre con esa diosa nocturna a la que unos injustos limitan a la función serenatera y otros a ser la solista del concierto como si fuera una orquesta, como si fuera dentro del sonido en plenario el astro balalaico que pone el rostro del amor como fuente de placer y aún a la tristeza.
El placer de sentirse lagrimoso cuando las bujías de la guitarra se van apagando en la búsqueda de la ilusión o cuando en la samba oasis Araica se convierte en dibujante de la armonía en un colorido fácilmente expuesto siendo raro ver donde todo es oído. Y más adelante en el repertorio para visitar otros mundos, no puede escaparse la matriz luminiscente en los movimientos de la hipnosis, del misterio del amor, del réquiem, de las nostalgias, del despertar, queriendo las orejas estupefactas seguir nutriéndose, resistiéndose a no bajar de la altura donde está la melodía.
En Indecisión, hay una rotunda exposición de brillos y de bajos tanto en la guitarra como en las gravedades insuperables del acompañamiento percusivo. Compases de bolero y reminiscencias de glorias tropicales. Es Indecisión la ausencia de la euforia y la incertidumbre disoluta que traza una incógnita. La guitarra, faro de la bohemia.
No hemos visto a Eduardo Araica en toques como los del Sitio de Zaragoza, tampoco en el concierto de Aranjuez tomadas ambas composiciones como puntos de referencia y pruebas del perfeccionismo. Él se sale de esas piezas reiteradamente tocadas en los conciertos para mostrar lo suyo, lo propio, lo singular para ser el conquistador de los secretos que siempre rondan en el fondo de la guitarra, su novia de madera. 
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