Cine
Solo ante el peligro
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Grace Kelly, esposa pacifista, decide que la no-violencia no es forzosamente la mejor manera de enfrentar a una pandilla de forajidos. Grace coloca una onza de plomo justiciera en la espalda de Robert Wilke, uno de los más notorios fulleros del género Western. |
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Ramiro Argüello Hurtado
Sin duda, será un día dichoso para el marshal Will Kane (Gary Cooper): la boda con Amy (Grace Kelly), su novia quaker, coincide (risueño oximorón) con su retiro. Año: 1870. Lugar: un pequeño pueblo sureño llamado Hadleyville. Es domingo, con el oleaginoso tedio amodorrado de todos los domingos. Muy pronto, al alto mediodía arribará un tren que alterará para siempre las aletargadas vidas de los habitantes del villorrio. El silbato del tren sonará tres veces.
A la hora señalada (High Noon; 52; Fred Zinnemann) ha sido comparada con La ilíada (obviamente una alarmante exageración: el film es muy superior al poema), pero también ha sido escarnecido como un manual de sociología, moral y cívica para principiantes. Se han publicado obesos y abusivos tomos sobre la estructura de la cinta, y la coincidencia del tiempo fílmico y el tiempo “real”. La acción empieza a las 10:40 de la mañana, extendiéndose hasta poco después de las doce meridianas: exactamente la duración real de la película. Zinnemann sostiene un ritmo sincopado, enervantemente irreversible, subrayado por la presencia ominosa de relojes de pared, al tiempo que vemos a los protagonistas consultando con insistencia casi refleja sus relojes de bolsillo. Aparecen péndulos por todas partes. Esta manera de tratar el tiempo la repetiría el realizador vienés más de veinte años más tarde en El día del chacal (The day of the jackal; 73).
La película es una evidente alegoría político-existencial disfrazada con el ropaje del western clásico: resulta evidente el dardo lanzado a la Norteamérica de 1952, con la paranoia inducida por el senador por Wisconsin Joseph R. McCarthy. El alguacil es abandonado a su suerte por los filisteos de Hadleyville. Los motivos son los de siempre: miedo, lucro, codicia, indolencia e incuria. Toda sociedad tiene los forajidos que se merece, ya se trate de un polvoriento poblado sureño o una desdichada república centroamericana mancillada reiterada y masivamente por granujas rebosantes de testosterona de pésima calidad.
A la hora señalada fue realizada con una economía de medios propia de un monasterio de cartujos. Zinnemann supo sacar partido de la enrevesada situación familiar y de la magullada salud de Cooper (hernia, úlcera duodenal) para proyectar angst, en aquel recorrido por calles súbitamente vacías solicitando un mendrugo de solidaridad. Cada arruga de ese rostro equivale a una hondonada en Montana, cada rugosidad es un río por vadear en Wyoming, cada arco cigomático una sierra inhóspita de Arizona que hay que atravesar. Esas facciones devienen mapa: la translúcida cartografía del western y de una manera de entender y enfrentar la vida: un código de comportamiento coherente y consistente. Las añejas y cascadas palabras parecen adquirir de nuevo sentido o un nuevo sentido: coraje, entereza, generosidad. Es el rostro emblemático de la integridad americana. La estrella de alguacil no es un accesorio, no fue adquirida en un bazar de bisutería: un hombre la respalda. No es culpa de Kane si la estrella termina ultrajada en el polvo: la comunidad entera, con su flacidez moral, es la responsable. El ademán de supremo desdén al arrojar la insignia, lo repetirá veintiún años más tarde Clint Eastwood en Harry el sucio (Dirty Harry; 72; Don Siegel), post-western ejemplar.
High noon se alzó con cuatro Oscar aquel año, uno de ellos por la mejor canción-tema: Do not forsake me, oh my darling (autores: Dimitri Tiomkin-Ned Washington; intérprete: Tex Ritter) sirve de desolado contrapunto melódico a toda la trama. 
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