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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 9 DE JULIO DE 2005
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Oswaldo Guayasamín: Un cóndor que despierta

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.Tela de cóndores es el nuevo libro de Guillermo Rothschuh Tablada donde retrata a Oswaldo Guayasamín a través de su poesía, edición que será presentada el próximo miércoles en la Biblioteca del Banco Central de Managua a las 6:00 p.m.

Ternura de la memoria. Oswaldo Guayasamín, 1977.

 

Carlos Tünnermann Bernheim

“El arte de ver es acaso la operación
más intelectual de nuestros sentidos
en la aprehensión de formas y colores”.

Alfonso Reyes

En abril de 1981, siendo entonces Ministro de Educación, viajé a Quito, Ecuador, llevando como asesor al Profesor Guillermo Rothschuh, para asistir a la reunión intergubernamental convocada por la UNESCO para definir los objetivos, estrategias y modalidades de acción del nuevo Proyecto de Educación para América Latina y El Caribe, creado por decisión adoptada por todos los Ministros de Educación del continente en la histórica Conferencia Regional celebrada en México, en diciembre de 1979.

Mientras estábamos en Quito, convinimos en visitar al gran Maestro de la pintura Oswaldo Guayasamín, quien por años había sido el principal animador en Ecuador de la solidaridad con la lucha del pueblo nicaragüense en contra de la dictadura somocista y quien, hasta su muerte, fue un amigo entrañable e indoblegable de la patria de Darío y Sandino.

Comenzamos nuestra visita por las galerías de la Fundación Guayasamín, admirando las preciosas joyas diseñadas por el Maestro e inspiradas en la orfebrería indígena. Luego, conducidos por uno de sus hijos, fuimos a visitar al Maestro, quien nos recibió con espléndida cortesía y nos hizo un recorrido por los salones de su casa, verdadero museo de lo mejor de su obra pictórica, explicándonos a cuál de los diferentes ciclos de su obra pertenecía cada cuadro, hasta concluir en lo que constituía su santuario: el estudio de altas paredes blancas y amplios ventanales, por donde la luz del cielo quiteño aquella tarde memorable, penetraba iluminándolo todo. El espacio estaba poblado de caballetes, con muchas obras en proceso, en las que podía comprobarse que el genio del artista acostumbraba trabajar simultáneamente en varios proyectos a la vez. En una esquina del estudio, descubrimos un retrato, sin terminar, del poeta Ernesto Cardenal. El Maestro nos explicó: “Este retrato de Ernesto llevo años trabajándolo pues sólo lo retomo cada vez que Cardenal pasa por Quito”. Después vi en Managua el retrato ya concluido y es, sin duda, el mejor que alguna vez se haya hecho del poeta.

La admiración de Guillermo Rothschuh por la pintura, tan singular, denunciadora y desgarradora de Guayasamín, arranca de muchos años atrás de aquel día en que tuvimos el privilegio de escuchar de los propios labios del Maestro, en mangas de camisa, la historia de su vida y de su lucha desde 1919, cuando nace en el seno de una familia humilde, de padre indio y de madre mestiza (“como quien dice, un montón de barro con pringues de arena movediza”, nos dice ahora Rothschuh). Sus ojos vieron por primera vez la luz en su querida ciudad de Quito, que luego inmortalizará en sus extraordinarios paisajes. Por cierto, en un lugar destacado de unos de los salones principales de su casa, pende su célebre Quito azul. “Nadie como él, nos dice uno de sus críticos, José Camón Aznar, ha sabido expresar esa visión de la naturaleza de su ciudad natal, Quito, de la que destaca con apasionamiento los perfiles geométricos de sus casas y ese ámbito circundante de montañas que, a manera de muralla, la protegen. Montes de picos afilados y, a sus pies, la ciudad”.

Como bien señala Edwin Illescas Salinas, la obra poética de Guillermo Rothschuh se desenvuelve en un proceso de ascenso de estructuración verbal, que arranca de sus Poemas chontaleños y culmina, por ahora, en esta singular colección de prosemas, en homenaje a la obra plástica de Oswaldo Guayasamín, que se publica bajo el acertado y sugerente título: Tela de cóndores.

“El proceso verbal ha conducido a Rothschuh a crearse un lenguaje propio donde, y recurro otra vez a la opinión de Illescas, el lenguaje nicaragüense corre junto a otros lenguajes que haciéndolo inédito y distinto, lo hacen más nicaragüense, más hispanoamericano. Su estructura verbal le otorga otra forma de decir lo nicaragüense en la poesía; lo concentra en un lenguaje universal (hasta donde eso es posible) que le permita dar otros tonos y tesituras ajenas al poeta temeroso de la aventura del lenguaje”.

Del lenguaje de Poemas chontaleños (Juigalpa, 1960), el profesor Fidel Coloma afirmó que: “No es mero regionalismo, descriptivo y pintoresco, apegado a la pura apariencia colorista o folclórica. Lo terrígeno aquí tiene función de médula y esqueleto y, algo más hondo todavía, es una subterránea y apasionada intuición de que hombre, animales y tierra (Chontales) conforman en totalidad, son aspectos de una sola corriente turbulenta de la vida”.

“Era un hombre completo cedro real en la ribera, de piedra de cantera”.

De ahí la conclusión que extrae Coloma: el poetizar de Rothschuh “se nutre de esa realidad hombre-naturaleza cuyo secreto palpitar él percibe y cuya poética irradiación es él solo en desvelar”.

Pablo Antonio Cuadra, que confesaba haber amado a Chontales en toda su poesía, reconoció que ante los poemas de Rothschuh él era parcial. Jinete del mismo caballo —el viento seco del llano de Chontales— proclamó que hacía tiempo cabalgaba en él: “Conozco el rodeo donde Rothschuh lanza sus crepúsculos. Amo los bueyes que halan su crujiente verano. He llegado en la noche al velorio de mi tristeza. Soy parcial”.

Enfrentado a su experiencia europea durante su estancia en París, junto al río Sena legendario y, paseando por los grandes bulevares, acude puntual a su Cita con un árbol (1965). Jean Lecocg, del Instituto Lavoisier de París, prologuista de este otro libro de Rothschuh, descubre “el nexo que va uniendo la obra nacida a orillas del Sena y del río Doubs, a la que salió a luz en las riberas del Gran Lago de Nicaragua es, a la vez, tenue hilo y trama completa, es decir, el mismo sentimiento de lo humano, la misma primacía de la sensibilidad sobre la estética, el mismo amor a la naturaleza humilde y al hombre lastimoso”.

Tras la destrucción de la ciudad de Managua por el terremoto de 1972, el poeta Rothschuh, consternado por la tragedia, vuelca sentimientos humanitarios en un hermoso poemario, Veinte elegías al cedro (Editorial Universitaria, León, 1974). “Se trata de una hermosísima apología de la madera por su noble comportamiento en aquella terrible madrugada”, escribí en la presentación del libro. Y es que la noche del terremoto, según la crónica del diario La Prensa, “sólo las casitas de madera resistieron”.

La presente obra, Tela de cóndores, escrita en distintas épocas, comenzada en Quito y concluida este año en Juigalpa, es un elogio al vuelo del arte pictórico de uno de los grandes Maestros de las artes plásticas latinoamericanas: Oswaldo Guayasamín (1919-2001), cuyo apellido en quechua significa, según nos dice Rothschuh al inicio de esta estupenda colección de prosemas: “Ave blanca volando. Ave de paz, no cóndor de afiladas garras”.

Pienso que el humanismo de Rothschuh se hermana en este libro con el humanismo que grita, denuncia y golpea las conciencias en las telas de Guayasamín:

“Pincel de Guayasamín
Lamedor de sartenes
Lengua del diablo
No pinta, quema”.
“La violencia le ha dictado colores simples
al artista hispanoamericano:
el negro abismático de los que sin luz
murieron en las cárceles pobres.

El rojo de los desollados en cruz, el amarillo palúdico de los niños que famélicos se desmoronan desde los cerros andinos”.


“Mi pintura, confiesa Guayasamín, es para herir, para arañar y golpear en el corazón de la gente. Para mostrar lo que el Hombre hace contra el Hombre”. “Pintar es una forma de oración al mismo tiempo que de grito”.

“Los lienzos de Guayasamín, escribe José Camón Aznar, se yerguen poderosos, mostradores de unas realidades que tantas veces queremos eludir, pero que ahí están magnificadas y acusadoras en su gran arte. Casi podemos decir que su pintura, de la que el espanto ha hecho huir hasta el color, es el examen de conciencia de la noche tenebrosa de la injusticia y del dolor humanos. Planos simples y secos, con la profundidad suscitada, no por el relieve, sino por la exacerbada emoción de un dibujo gigantesco. Es el Miguel Ángel de la raza vencida”.

“Vengo pintando desde hace tres o cinco mil años, más o menos...”, dice el propio Guayasamín.

“Pintor de la angustia”, como él se ha autodefinido, Raquel Tibol señala que “es un título que calza con sus intenciones de protesta y reclamo por las injusticias y agravios étnicos y sociales que no han sido subsanados hasta ahora”.

En palabras consagratorias, Pablo Neruda no escatimó elogios para el soberbio mestizo quiteño: “Los nombres de Orozco, Rivera, Portinari, Tamayo y Guayasamín forman la estructura andina del continente. Guayasamín forma la estructura andina del continente. Son altos y abundantes, crispados y ferruginosos. Caen a veces como desprendimientos o se mantienen naturalmente elevados, unidos territorialmente por la tierra y por la sangre; por la profundidad indígena.

Guayasamín, entre los unos y los otros, emprendió en su obra, El juicio final, lo que les pedíamos a los solitarios del Renacimiento. Pocos pintores de nuestra América tan poderosos como este ecuatoriano intransferible, tienen el toque de la fuerza; es un anfitrión de raíces, da cita a la tempestad, a la violencia, a la inexactitud, y todo ello, a vista y paciencia de nuestros ojos, se transforma en luz”.  
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