La Santidad de Sor María
Melania Martínez Álvarez
Al celebrar hoy 7 de julio la fecha conmemorativa de la entrada a la Casa del Padre de la Beata Sor María Romero Meneses, elevamos nuestro pensamiento y nuestro corazón a Dios para darle gracias, recordando con cariño y devoción a esa mujer de nuestro tiempo, tenaz en el bien, fuerte en el amor y comprometida con el pobre.
La Beata Sor María Romero Meneses es una flor de la Iglesia, germinada en nuestra patria Nicaragua, en la ciudad de Granada. Tuvo la dicha de nacer en un hogar cristiano, rodeada de un ambiente que propició en ella el cultivo de los valores humanos, morales y espirituales y las virtudes cristianas cultivadas a la sombra del manto de María Auxiliadora.
Desde su niñez, adolescencia y juventud se dejó conducir por el Espíritu. En plena adolescencia pronunció su voto de castidad, signo de entrega a Dios. En los albores de su juventud estuvo pronta a seguir el llamado divino, acrecentando día a día su amor a Jesús y su confianza ilimitada en María Auxiliadora. Con ellos atravesó los umbrales de la casa de formación en El Salvador, para prepararse a su consagración en la vida religiosa salesiana.
Ya en la época del noviciado tuvo la dicha de escuchar desde el Sagrario la voz de Jesús cuando a la pregunta de: ¿quién soy yo para ti? se oyó responder con voz clara: “Eres la predilecta de mi Padre y la consentida de mi Madre”. Con esta certeza transitó por la vida, en alegría, serenidad y abandono, tratando siempre de agradar a los dos y sirviendo a sus hermanos.
La obediencia le señaló como campo de misión San José de Costa Rica. Allí se convertiría en lámpara que ilumina con la Palabra y como el buen samaritano de la Parábola se acercó a los niños, a los jóvenes y a toda clase de personas para ayudarlas y llevarlas a los pies de Jesús y de María. El amor la hizo soñar y realizar grandes proyectos a favor de los más necesitados y haciendo realidad la enseñanza de Don Bosco, tuvo fe y pudo ver lo que son los milagros. Convertida así en instrumento de bien pudo sanar muchas heridas, devolver la paz y la confianza en Dios y en la Virgen a muchas personas necesitadas, y conseguir para ellas la salud del cuerpo y del alma.
En el ocaso de su vida se despidió de esta tierra, frente al mar, en Las Peñitas, León, donde solía decir que veía a Dios en cada gota de agua. Desde ese rincón donde la habían mandado sus superioras para unos días de descanso, emprendió el vuelo hacia la morada eterna, dejando tras de sí con el perfume de sus virtudes el testimonio de una vida santa.
Sor María Romero Meneses es hoy para nosotros una intercesora que continúa escuchando las súplicas de quienes a ella acuden. Al conmemorar un aniversario más de su entrada a la mansión del cielo, le pedimos sus bendiciones sobre Nicaragua y el mundo, y la gracia de imitar los ejemplos de su vida sintetizados en el amor a su Rey y a su Reina, como solía considerar y llamar a Jesús y a María, y en su amor de predilección por los más pobres.
La autora es religiosa.

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