JUEVES 7 DE JULIO DEL 2005 / EDICION No. 23863 / ACTUALIZADA 03:00 am





EL HUMOR DE




Benditas sean las caricaturas

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Joaquín Absalón Pastora
japastora@hotmail.com

En aquellos tiempos de “somocismo” prevalecía el humor de Nicasio. Su veta graciosa y ocurrente unía los extremos de la risa y de la cólera en el carácter de Anastasio Somoza Debayle. Somoza desde la torre de su poder. Nicasio desde su piso rasante.

A esa criatura del arte caricaturesco le dio la forma locuaz de paisano. Alberto Mora Olivares. Su muerte en enero de 1978 dejó un vacío en el espacio del humor político de LA PRENSA. El símbolo popular no estuvo ausente durante mucho tiempo. Salió el relevo: el Fermín de Manuel Guillén, venido al mundo venerable de la sal y de la chispa en otros escenarios, en la posición del que está “al otro lado del muro” herido por los flechazos de la vida diaria, intoxicado por las vaciadas de los políticos. Junta a su mujer y la “prole” que le hace de coro a su dolor. Es el representante del padre de familia mayoritario de la nación y la mejor referencia proyectada en la región bufa de la comunicación. Su aparición establece la diferencia de dos clases opuestas. Nicasio en solitario con su verdugo. Y Fermín en familia.

En ambos cabe —ayer y hoy— el señalamiento de las deficiencias, la inverosimilitud, la tortura de vivir al margen de la elementalidad, los “tábanos”, los allanamientos, el rigor de no contar con nada ante las impiedades del azufre y de sus derivados.

Habrá siempre material —y más en Nicaragua— para afilar la espada del gracejo. Manuel Guillén, el formidable sucesor de Alberto Mora Olivares, va más allá de la creación de un solo personaje. Él tiene uno apropiado para cada circunstancia incongruente y eso porque si vive el desatino, vive el humorista. Cada personaje con sentido protagónico. Ellos pueden ser identificados sin necesidad de que se les ponga el nombre, expuestos en varias formas y rasgos jocosos que amplían el surtido polifacético.

Manuel Guillén ha sido más extendido, más crítico, más ácido en su feria de risas provocadas por los errores, pues sabe combinar su humor con el perfil del editorial serioso y campechano, en las entregas que dominicalmente hace en El Azote, azote doliente en la delicada epidermis de los aludidos.

Ignoro qué caricatura o la suma de ellas sulfuró al “tagarote” ridiculizado, molesto desde su puesto de dios del Olimpo porque “un gusano” —término aplicado desde las alturas donde los mina la pedantería— osó tocarlos. El testaferro o directo amenazador corrió a poner un correo electrónico en el cual —por supuesto— debió nadar la fraseología típica del enardecido para parar a tiempo al caricaturista creyendo que una advertencia puede bajar el tono en el venerable campo de hacer la obra con las dentelladas del jolgorio.

Dentro de los párrafos amenazantes, uno llama la atención. Está lleno de verdad y hay que admitirla. Es cuando dice “mataron a Guadamuz y no pasó nada”. Y efectivamente no pasó nada. Ya un pistolero hizo visita explosiva a LA PRENSA ufanándose de dejar como recuerdos los tiros de su arma que eran el comprobante irrefutable de su delito.

El que no ocurra nada aquí es atracción para el fatalismo de sentirse todavía más desvencijado y triste que Fermín. Sin embargo haber provocado la ira del remitente en pantalla, sube a Guillén, lo pone acertando con sus banderillas donde más duele confirmado el derecho de “berrear” riéndose.

Sólo en Nicaragua podía concebirse la necesidad de ponerle guardaespaldas al humor por ser precaria la justicia y tener cada cual el derecho de preservar su seguridad.

Si estuvieran en estos tiempos Aristófanes y Meandro en dúo estarían cantando la doble misión de ser comediantes y críticos por muchas amenazas de muerte que anden en los espacios electrónicos o en cualquiera otra parte.

Benditas sean las caricaturas aunque sus juicios no vengan de la constelación mística.

El autor es periodista.
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