Excesiva confianza lo lleva a la tumba
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Edwin Hernández Sotelo había planeado visitar a su tía en Diriamba, pero prefirió ir a tomar licor con su “amigo”, a pesar de que éste ya lo había amenazado. Pasar inadvertido el mensaje le costó la vida, porque recibió diez machetazos en diferentes partes del cuerpo |
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Sobre el camino entre el municipio de El Rosario y el poblado El Dulce Nombre, en Carazo, quedó el cadáver destrozado a machetazos de Edwin Hernández Sotelo, muerto a manos de uno de sus compañeros de tragos, quien ya lo tenía en la mira para matarlo.
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Luis Alemán Saballos sucesos@laprensa.com.ni.
Desde la mañana del 15 de junio pasado, cuando Edwin Salvador Hernández Navarrete vio a su hijo asesinado, no ha derramado una sola lágrima, al menos frente a otras personas.
Delante de su mujer, sus hijas y amigos ha logrado mantener una aparente calma, pero cuando está en la soledad buscando un por qué a su tragedia, da rienda suelta a su dolor y termina deseando venganza.
Al parecer la venganza fue precisamente lo que motivó al asesino a terminar con la vida de Edwin Hernández Sotelo, de una forma tan salvaje que vecinos de la comunidad Cañas Blancas Dos y sus alrededores aún no logran entender por qué tanta saña, y tampoco recuerdan un hecho similar en la historia del poblado.
DICTAMEN
El médico forense Sergio Cano, en un informe preliminar confirma que el cuerpo de Edwin Hernández Sotelo, conocido como “El Chele”, tenía 10 heridas de arma blanca, describiendo la ubicación de cada una de ellas, pero destaca dos lesiones: la primera en el cráneo que dejó expuesta la masa encefálica del muchacho, y la otra, la que presumiblemente le causó la muerte, en el cuello, que le cortó la aorta y la tráquea, dejando la cabeza unida al resto del cuerpo únicamente por un pequeño trozo de piel.
UN ASESINO
Bastante difícil para la Policía es creer que una sola persona haya podido cometer este crimen.
El subcomisionado Fidel Domínguez, jefe de Auxilio Judicial de la Policía en Carazo, comentó que en el crimen necesariamente debieron participar dos o más personas.
Pero hasta hoy sólo hay un sospechoso, quien se ha declarado autor material de tan horrendo crimen: Helmut Alain Bravo Chávez, alias “Chicharra”, de 24 años, supuesto amigo de la víctima.
Es que entre la víctima y su victimario tuvo que haber cierta confianza para que pudieran estar juntos durante varias horas tomando licor. Primero en una de las calles de la comarca El Dulce Nombre y, luego, en el municipio El Rosario, ambas del departamento de Carazo.
TEMEROSO
Algunas personas originarias de Cañas Blancas describen a Hernández Sotelo como un joven desconfiado y casi siempre pendiente de su seguridad. “Ya lo habían amenazado varias veces”, recuerda Rosa Lindo, vecina de Cañas Blancas.
La última vez que vieron con vida a Hernández Sotelo fue la tarde del martes 14 de junio.
Durante toda la mañana el muchacho se dedicó a sembrar maíz en media manzana de tierra que posee su familia en unos predios cercanos a la escuela Filadelfia.
Tras finalizar su labor agrícola, Edwin Hernández Sotelo se bañó y vistió como que iba para una fiesta.
Sus padres y hermanas creyeron que cumpliría su deseo de visitar a una tía en Diriamba, como lo había manifestado la tarde anterior.
“Mañana voy a ir donde mi tía”, habría dicho. Pero esa promesa jamás la cumplió.
SIN RESPUESTA
¿Qué le hizo cambiar de planes? Es una pregunta que nunca tendrá respuesta.
“Yo creía que andaba de enamorado porque había agarrado la costumbre de mudarse bien y perfumarse, por eso no me llamó la atención cuando el martes por la tarde salió a la calle”, relata Cándida Sotelo Benavides, madre del joven asesinado.
“Estábamos con cierta confianza porque además había comentado que iba a ir donde su tía, lo creíamos ahí”, recuerda su papá Edwin Salvador.
“Toda la santa noche la pasamos preocupados, lo esperamos, pero nada, no llegó”, agregó Cándida.
Al amanecer del miércoles 15 de junio, la actividad en aquella casa ubicada al final de una trocha, frente a la escuela Filadeldia, en la comunidad de Cañas Blancas Dos, transcurrió de forma normal.
Las mujeres haciendo el desayuno, limpiando la casa y lavando ropa. Edwin Salvador, el padre, preparándose para irse, como era su costumbre, a trabajar en el campo, mientras Cándida, preocupada por la ausencia de su hijo, se aferraba a la idea de que el muchacho estaba con su tía en Diriamba.
Pero qué lejos estaban de la verdad y qué cerca de darse cuenta de una tragedia que cambiaría sus vidas para siempre.
El primero en enterarse fue el papá.
ESTÁ MUERTO
No había pasado mucho tiempo, quizás unos cinco o diez minutos, después que Edwin Hernández había salido hacia su trabajo, cuando Cándida, desde el umbral de la puerta de la humilde vivienda, pudo ver que en el recodo del camino apareció de regreso, caminando con inseguridad, desgarbado, cansado, como abatido.
—¿Y qué fue... Se te olvidó algo? —le preguntó Cándida.
—No, no se me quedó nada mujer —fue la respuesta cortante quizás hasta altanera de Edwin Hernández Navarrete. Parecía que estaba reteniendo su dolor, ira, llanto... sed de venganza.
Pero la sola presencia de su marido, su aspecto demacrado, asustado y cansado, sumado al presentimiento de madre, hicieron que el cuerpo de Cándida sintiera una corriente helada que la estremeció todita.
Casi de inmediato Edwin siguió hablando. “¡Ala y estás comiendo!”, manifestó, para luego colocarse frente a su esposa, tomarla de los hombros y sin rodeos decirle: “Quiero que seás fuerte y que comprendás lo que acaba de ocurrir. A mi hijo lo mataron, lo acaban de encontrar muerto”.
Los dos se abrazaron, los gritos de dolor de Cándida se dejaron escuchar por toda la casa, en el patio y los cafetales vecinos. Las muchachas que hacían sus labores corrieron desesperadas hasta donde estaban sus padres y sin saber lo que ocurría, preguntaban al unísono en busca de una explicación.
Nunca tuvieron una respuesta, nadie les dijo nada, pero poco a poco se fueron dando cuenta de lo que había ocurrido.
“Yo me volví loca, no sabía qué hacer, preguntaba cómo estaba, qué tenía, de qué había muerto. No tuve valor para ir a verlo por lo que le dije a él que se hiciera cargo de todo”, afirmó Cándida, quien asegura que nunca podrá reponerse de esta tragedia.
VIEJA MÁXIMA
La vieja máxima de que “el asesino siempre regresa a la escena del crimen” parece inobjetable. El autor de la muerte de Edwin Hernández Sotelo la cumplió.
Helmut Alain Bravo Chávez, de 24 años, conocido también como “Chicharra”, no sólo regresó a la escena del crimen, sino que incluso, hasta hizo algunos comentarios sobre el hecho. Lejos de huir del pueblo, continuó con la misma rutina de su vida.
“Estuvo ahí en la escena del crimen, en el grupo de curiosos mientras la Policía hacía su trabajo investigativo y de levantamiento de evidencias”, afirmó el subcomisionado Fidel Domínguez, jefe de Auxilio Judicial de la Policía de Carazo.
Bravo Chávez le dio un machetazo en la espalda a su víctima que cayó herido y como vio que se movía, no dudó en seguir dándole uno, otro y otro hasta completar nueve machetazos. Para asegurarse de que estaba muerto le descargó un último filazo que le dio en el cuello, cortándole la arteria aorta y la tráquea.
ESTABA AMENAZADO
Sin saberlo sus padres, Edwin Hernández Sotelo, alias “El Chele”, vivió días de angustia debido a las amenazas de muerte que en su contra habían vertido varios muchachos del poblado, incluido el joven de 24 años, conocido como “Chicharra”, principal sospechoso y confeso del crimen.
Por esa razón el “El Chele”, como era llamado cariñosamente, nunca estaba quieto en un solo lugar y escogía trochas para evitar encontrarse con sus rivales del poblado.
Pero lo que don Edwin y doña Cándida, así como varios vecinos de Cañas Blancas Dos, no se pueden explicar es cómo si estaba amenazado por Helmut Alain Bravo Chávez la noche del crimen anduvo tomando licor junto a esa persona.
“El Chele” había sido agredido en dos ocasiones. La primera vez logró salir con vida al evadir un puyazo que en vez de clavarse en él, entró en el pecho del caballo que en ese momento montaba. Al llegar a la entrada del callejón entre dos cafetales con dirección a su casa, el caballo murió.
A inicios de este año, nuevamente fue agredido. Esa vez lograron cortarlo. En una discusión presuntamente motivada por el licor, le dieron un machetazo en una de las manos.
Como responsable de esa agresión fue señalado el cuidador de una finca ubicada en la comunidad del Dulce Nombre.
El caso fue denunciado en la Policía, pero según los padres de Edwin nunca fue investigado ni esclarecido. El autor huyó tranquilo del lugar y nunca se supo nada de él.
PRIMER ASESINATO
Según informes estadísticos de la Policía de Carazo, este año, desde enero a la fecha, se han registrado en el departamento cuatro muertes, pero el caso de Edwin Hernández Sotelo es el primer asesinato atroz que se comete en el lugar, los otros son homicidios, comentó la subcomisionada Marisol Aburto, jefe de Información y Análisis de la Policía de Carazo.

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