DOMINGO 3 DE JULIO DEL 2005 / EDICION No. 23859 / ACTUALIZADA 2:54 am





EL HUMOR DE




El diccionario secreto del habla nica

Róger Matus Lazo*
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En todas las culturas existen conceptos, hechos y objetos de la realidad que son considerados tabúes y por lo tanto prohibidos en cualquier circunstancia o en una situación específica por un grupo social determinado. Por ejemplo, la blasfemia y el sacrilegio son rechazados por todas las culturas; incluso, las ofensas públicas son censuradas por la sociedad, sobre todo si se producen en ambientes de cierta formalidad.

El Premio Nobel de Literatura, don Camilo José Cela, explica en su Diccionario secreto que el verbo coger es impronunciable en Argentina, por lo que los caballeros no cogen del brazo a una dama, sino que se ven obligados a agarrarla. Igualmente, en Argentina, recular es voz tabú por la evocación que puede sugerir; en Chile los pájaros no tienen pico, porque significa 'pene', y en Puerto Rico los bichos (el pico chileno) son maripositas y palomitas; en Cuba y México, los huevos de gallina son blanquillos, y en Brasil uno no se puede fumar un buen tabaco, por la connotación sexual que tiene este término, como ocurre con el fruto del papayo que en Cuba se prefiere llamarlo fruta bomba. Lo mismo podemos decir de la palabra cisne, que en germanía significa prostituta. O coño (vulva), que en el castellano de los chilenos significa hombre natural de España, en Venezuela es un individuo cualquiera, en Ecuador es un tipo tacaño y entre nosotros ni siquiera se emplea. Se trata de un fenómeno común en todas las lenguas.

Los tabúes lingüísticos. En todo idioma, pues, existen ciertas palabras cuyo empleo se haya restringido o impedido porque la sociedad considera prohibido, por razones varias, “nombrar” la cosa directamente. El miembro viril de los niños, por ejemplo, no es pene sino palomita. La palabra “prohibida” se denomina tabú (tabú lingüístico) y eufemismo el término que la sustituye.

Como se sabe, tabú es un vocablo de la Polinesia, en donde tiene una connotación religiosa. Se define como la prohibición impuesta a sus adeptos por algunas religiones, de “comer o tocar algún objeto”. En sentido general, significa “prohibición”. Las áreas prohibidas o tabuizadas son, generalmente, el sexo, las excreciones corporales, las deformaciones físicas, las carencias mentales, las debilidades morales, la edad avanzada, las enfermedades incurables, la muerte, etc.

Clasificación de los tabúes. La prohibición responde al conjunto de convenciones sociales (superstición, pudor, intencionalidad política, educación, etc.) que existe en toda comunidad.

De acuerdo con Ullman, los tabúes del lenguaje se clasifican en tres grupos que veremos por separado. Tabú del miedo, que responde al pavor reverencial en que son mantenidos los seres y fenómenos sobrenaturales. La palabra Diablo, por ejemplo, no se menciona en muchos países y grupos sociales, por lo que se le sustituye por el Cachudo, el Cornudo, el Malo, el Maligno, el Uñudo, etc.

Tabú de la decencia, que comprende tres esferas: el sexo, ciertas partes y funciones del cuerpo, y los juramentos. Ernesto Miranda Garay, en su Folclore médico nicaragüense, nos dice que nuestros indígenas llamaban incómoda a la mujer embarazada. Moliere, por su parte, para referirse al amor ilícito de un joven y una dama empleó el término amante, que en ese tiempo significaba “alguien enamorado de una mujer”. Hoy recurrimos a eufemismos como la amiga, la sucursal, la sustituta. Y si son muchas, como se ufanan algunos, se habla de la preferida, para aludir a la predilecta, una reminiscencia quizá de la favorita, la amante preferida del rey.

Tabú de la delicadeza, que consiste en eludir —como tendencia humana general— la referencia directa a los asuntos desagradables. En este grupo se incluyen los nombres de los defectos físicos y mentales, las acciones criminales, etc. Arnulfo D. Trejo, en su Diccionario etimológico latinoamericano del léxico de la delincuencia, registra más de treinta sinónimos, entre los que figuran tres conocidos entre nosotros: bailar, desplumar y clavar, éste último, muy popular en nuestro país, de donde agregamos: batear, tamalear y tamarindear.

Los eufemismos. Como hemos visto, los eufemismos son vocablos y expresiones que empleamos para suavizar —como afirma Dubois— “ciertos hechos o ideas cuya crudeza puede herir”. Por eso, de una persona miedosa o cobarde, decimos que es “muy prudente”.

Lázaro Carreter clasifica los variados motivos del eufemismo: por cortesía (llamar profesor a un músico), por respeto (decir su señora en lugar de su mujer), por atenuar piadosamente un defecto (invidente en vez de ciego), por tabúes (decir amigo por amante), por razones políticas (llamar marginados a los pobres) o diplomáticas (llamar en desarrollo a los países atrasados).

Algunos términos se cargan, con el tiempo, de un matiz de rechazo o censura, por lo que se hace necesario recurrir al eufemismo o a la sustitución. En nuestro medio, los términos roco (padre), boludo (haragán) y resbalosa (mujer de fácil conquista), etc., se han ido matizando de una connotación peyorativa; por eso, los adolescentes han recurrido al eufemismo respectivo: romelio, bolerama y bocado.

Los disfemismos. El hablante recurre también a un procedimiento contrario al eufemismo: el disfemismo. El Diccionario académico define este término como el “modo de decir que consiste en nombrar una realidad con una expresión peyorativa o con intención de rebajarla de categoría”. Son palabras o locuciones intencionalmente peyorativas, despectivas o insultantes.

En ocasiones, un término considerado disfemismo pierde su significación peyorativa, porque sus usuarios debilitan su connotación injuriosa, como el caso de animal, bestia y caballo, voces que nuestros adolescentes dicen y escuchan muchas veces sin mosquearse.

Una palabra considerada tabú en un país o región, no lo es en otra parte. Incluso, el significado de los términos varía no sólo a través del tiempo, sino de país a país, dentro de una misma región y hasta en los mismos grupos de distinta categoría (social, profesional, etc.). Los ejemplos abundan. Concha, en el Cono Sur, alude a la parte externa del aparato genital femenino; en cambio, en Nicaragua empleamos la frase interjectiva ¡Qué concha! o el derivado conchudo para referirnos al descarado o sinvergüenza.

A veces, los tabuismos mantienen el matiz negativo pero aplicado en sentido inverso. Por ejemplo puto es en México y Argentina “marica”, mientras que en Perú, Cuba y Nicaragua es “mujeriego”. Bicho, en Puerto Rico, es pene; sin embargo en Nicaragua se refiere a las partes pudendas de la mujer.

Zamora Munné y M. Guitart afirman que en Cuba las formas de tratamiento tradicionales —señor, señora, señorita—, han desaparecido con el régimen actual al tildárselas de “burguesas”, y han sido sustituidas por compañero, compañera y compañerita. En cambio, para los que solicitan permiso para emigrar, por estar en desacuerdo con el gobierno, se reservan las formas ciudadano, ciudadana, que adquieren en consecuencia connotaciones negativas.

En el lenguaje coloquial son curiosas las fórmulas generalmente metaforizadas para referirse a la esposa. Unamuno, con mucha ternura, llamaba a su buena y comprensiva esposa: “Mi santa costumbre”. En Nicaragua abundan expresiones familiares, algunas de ellas matizadas de sarcasmo: la autoridad, la bola de hierro, la mandamás, mi adorado tormento, mi cruz, mi calvario, mi grillete, mi desgracia; y esta expresión usada por los adolescentes: “mi peor es nada”.

Madre, palabra hermosa y nobilísima, se ha usado en muchas ocasiones con sentido irrespetuoso y obsceno, no sólo en Nicaragua sino en muchos países hispanoamericanos. Ángel Rosenblat, en sus Estudios sobre el habla de Venezuela, nos dice que en los cursos de bachillerato es un problema mencionar el nombre de la isla Sumatra, porque el estudiante replica inmediatamente: ¡La sutra!

* El autor es miembro de Número de la Academia Nicaragüense de la Lengua
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