Los amores
Carlos Martínez Rivas
Una vez que un amor nace en uno, crece. Y no deja de crecer. Y no muere. Y al término de la vida se halla uno atado por esos amores que crecieron como bejucos. Morimos asfixiados por estos bejucos, enro- llados, apretando el cuello, el pecho, los lomos. De nada nos servirá podarlos regularmente con las grandes tijeras jardineras a dos brazos para impedir su inexorable crecimiento. Se nos iría la vida en ese esfuerzo; esfuerzo como el de Sísifo o el de las Danaides, vano. El único remedio contra los amores sería matarlos.
¡Matarlos antes que nacieran!
Verano /Marzo/ 1995. 
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