La insurrección solitaria
Carlos Martínez Rivas
La sulamita
En bata todo el santo día. Muy sola y en sus cosas pero con aire de saberse dos.
Flaca, secreta y rocallosa. Sin hablar, cortando papeles y pegándolos. Hogareando. Confiando sólo en su marido detestando los visitantes.
En bata todo el santo día soporta la felicidad bajo su camisa de noche.
Cuerpo Cielo
Tocar un cuerpo es tocar el Cielo —quiere decir esto: Cuerpo ni La Maja es visible. Forma renuente que se expone contra lo oculto que se entrega cuerpo desnudo está cerrado. Sordo al dedo, a la consciencia esquivo, murado al contacto.
Lo que quiso decir Novalis. Es intocable el cuerpo humano como el Cielo es intocable.
¿O que será tocado sólo cuando tocáramos el cielo y tocar cielo es tocar cuerpo y sólo entonces como puerto?
Fórmula Cuerpo Cielo Cero.
Hogar con luz roja
a Pilar y las chicas
Los escalones de madera, inseguros para el extranjero en la oscurana, son fácil camino para el hijo. Alrededor de la mesa, congregada juega a las cartas la familia; las fichas chocan en el centro del tapete en donde cae la luz. Discreta zumba la radio. Porque es pacífico este hogar, temeroso, y sólo al amor consagrado. Llega el hijo y los hermanos del hijo y las hermanas de los hijos acuden a la llamada del timbre, y esperan dichosas, con agitado pecho, en medio del saloncito de mobiliario eterno: los cojines color naranja y el cromo con la góndola de Cleopatra en el Nilo.
San Cristóbal
— ¿Hay paso? —gritó el niño mirando hacia lo oscuro en los últimos límites de lo bruto.
Y no oyó nada, sino la lluvia cayendo en el abismo.
Sólo la pesantez eterna ha respondido honda y negra, al niño.
— Tal vez es que no viene nadie aquí —cuando vio unos tizones apagándose, mojados bajo el humo.
Y llamó otra vez hacia el gran hoyo mudo. Retó al caos palurdo. Golpeó en su oído duro.
Y apareció un farol. Se le acercó la noche, cabeceando. El pie descalzo, enorme, removió el agua fría y dormida.
El niño vio el reflejo del farol cruzando el río. Sacudido y soñoliento sobre el alto hombro macizo.
El desertor o ¡Que Dios te valga!
— Por donde vaya tú me faltas. Por donde huya tú eras blanca —fueron mis últimas palabras.
Diligentemente la savia trepa verdeando las ramas y el ardor del verano es agua en la pileta de mi casa, ¡aquí en Granada!
Sólo tú andas rival y alta. Sin donde, sin nadie, sin nada.
Tomado de La insurrección solitaria. Selección de Marta Leonor González. 
|