Pactos de La Moncloa y Nicaragua
El ex canciller argentino y jefe de la misión de la OEA que está de visita en Nicaragua para ayudar a los nicaragüenses a encontrar una solución negociada de la crisis institucional, evocó al llegar a Managua, el miércoles recién pasado, los Pactos de La Moncloa en España.
“Los pactos políticos —en el buen sentido— deben contribuir a la gobernabilidad y al desarrollo del país, y no necesariamente son para obtener exclusivamente poder político”, señaló el señor Caputo, y agregó: “Los Pactos de La Moncloa no fueron para repartir poder, porque los que firmaron ese pacto lo hicieron para que la competencia no impidiera la gobernabilidad del país, no impidiera el crecimiento de España. Y recuerden esa España de 1975 (cuando todos los partidos españoles con representación parlamentaria adoptaron en el Palacio de La Moncloa, sede del Gobierno de España, un pacto político que perdura hasta hoy), y miren a la de ahora del 2005, el salto que ha pegado”.
En realidad, fue en octubre de 1977 que se aprobaron los Pactos de La Moncloa, los cuales abarcaron una amplia gama de temas como la crisis económica, los problemas educativos y culturales, el control del gasto público, las políticas de urbanismo, suelo y vivienda, la reforma del sistema de seguridad social, las políticas agrícolas y pesqueras, el problema de la energía, el estatuto de la empresa pública, las libertades ciudadanas, la justicia penal, el código de justicia militar, el orden público, la reorganización de las Fuerzas Armadas, etc.
Prácticamente ningún asunto de interés nacional quedó fuera de los Pactos de La Moncloa, cuyo eje fundamental fue el compromiso de todas las fuerzas políticas de impulsar la institucionalización, el desarrollo y el fortalecimiento de la democracia, así como garantizar el respeto irrestricto a la libertad y los derechos de la persona humana. De manera que los Pactos de La Moncloa sirvieron como base de la Constitución Española que fue aprobada al año siguiente, en 1978, y promulgada por Su Majestad el rey Juan Carlos el 27 de diciembre de ese año.
La crisis económica y política que azotaba a la España de aquel entonces era tan angustiosa como la que hoy sufren los países hispanoamericanos más atrasados —como Bolivia y Nicaragua—, mientras que las cúpulas políticas se destrozaban entre ellas mismas disputándose el control del Estado español después de la muerte del caudillo nacionalista Francisco Franco en noviembre de 1975.
Los políticos españoles suelen decir que los Pactos de La Moncloa no son ejemplo para nadie, que obedecieron a una situación histórica peculiar de España y responden al modo de ser español. Sin embargo, aunque es cierto que no se debe copiar de manera mecánica ninguna experiencia ajena, los Pactos de La Moncloa sí son o deberían ser un ejemplo a seguir por países —o más bien por sus líderes políticos— que sufren profundas y crónicas crisis de ingobernabilidad y pobreza. Ciertamente, la frase que según historiadores inspiró la redacción de los Pactos de La Moncloa: “O los demócratas acaban con la crisis española o la crisis acaba con la democracia”, tiene plena validez para Nicaragua.
Por supuesto que para que aquí sea posible un acuerdo nacional como el de 1977 en España, se requiere que los líderes políticos nicaragüenses tengan la altura de miras que tuvieron los dirigentes españoles de las tendencias más opuestas que suscribieron los Pactos de La Moncloa, desde el histórico líder comunista Santiago Carrillo hasta el dirigente franquista Leopoldo Calvo Sotelo — que se convirtieron en lo que se dio en llamar “derechas e izquierdas civilizadas”—, pasando por la amplia gama de fuerzas intermedias.
Es decir, como lo advirtió el representante de la OEA, Dante Caputo, los pactos tienen que ser para contribuir a la gobernabilidad y al desarrollo del país, no para repartir poder. Y al respecto el dirigente socialista español, firmante de los Acuerdos de La Moncloa, Felipe González, aseguró que no debería ser tan difícil hacer un pacto como aquéllos, que “no son otra cosa que un cambio en el estilo de la relación entre las fuerzas políticas en función de los problemas del país. No tienen un contenido político notable. Punto. Se acabó”.
Pero ¿quién podría hacer entender eso a políticos tan rústicos y codiciosos como son los que dirigen y representan al FSLN y el PLC?

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