LUNES 28 DE FEBRERO DEL 2005 / EDICION No. / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




El trauma de mi primera vez

Foto  

 

Rosario Montenegro Zeledón

La postergué por varios días, sabía que debía hacerlo, pero la verdad tenía temor que la experiencia fuese más desagradable de lo imaginado.

Ese día me levanté decidida a no aplazarla más, abordé un taxi, le pedí al conductor que me dejara en el punto exacto. Lo que temía, me dejó a unas tres cuadras, tuve que caminar y preguntar, por fin llegué. Al ver las enormes filas, sentí deseos de desistir. Pregunté cuál me correspondía. “No, primero tiene que ir allá arriba”, me explicó una señora.

Voy para arriba. ¡Por Dios, más filas! “Espere, haga fila, si quiere que la atienda”, suena una voz no muy amable. Por fin llego y la misma voz: “Siéntese, su nombre... debe tanto .....” Creo que hay una confusión, trato dexplicar. “Mire, eso pregúntelo al fondo”.

Ni modo, voy para el fondo. Aquí no hay filas, pero hay gente por todos lados, sentados, de pie y en frente un escritorio vacío. Mi cara debe ser tal, que una señora, casi anciana, me dice “No debe tardar la muchacha, ella le va a entregar su número”.

Por fin apareció, ya tengo mi número, pienso. “Déme sus papeles, tiene que sacar fotocopia de éste.., de su cédula, también...”. En fin sólo yo no debo fotocopiarme. “Cuando las tenga todas viene y le doy su número”. Respiro profundo, hago esfuerzos para no parecer alterada y le pido mi número, bueno casi se lo arrebato, frunce el ceño, pero me lo entrega. ¡Lo tengo! Ahora soy un número.

Regreso al edificio, pues tuve que ir a otro lugar a sacar las fotocopias, hago lo que hacen los otros “números”, muestro mis papeles para ver si estoy lista, no revisa nada, sólo me “orienta” “siéntese, cuando le toque su turno la van a llamar”.

Dos horas y nada, empiezo a hablar, bueno más bien a quejarme con los otros “números”. Para mi consuelo llega una señora, la pobre está más perdida que yo, sólo quiere hacer “una consultita” y la muy ilusa cree que la puede hacer sin número. “Lo siento, tiene que tener su número”, le aclaran. “Qué barbaridad, si nos deberían de recibir con un cafecito....”

“Pase el número 30, el número 30, qué pasó no está el 30?” Qué despistada, se me olvidaba que yo soy el 30, por estar pensando en el cafecito. Ay esta señora.

Vuelvo a mostrar mis papeles, hablo y hablo, pero el señor no habla. ¡No puede ser! —me digo para mis adentros—, él no es mudo, estoy segura que me llamó por mi número.

Sigo hablando y el hombre nada, revisa mis papeles, se los pasa a otra persona, me buscan en la computadora y me dan otros papeles, “firme aquí”. ¡Habla el hombre! Ves, yo sabía que no era mudo. Firmé sin leer, total si preguntaba no me contestaba o peor me iba a mandar a otro lado.

En eso estoy cuando el hombre vuelve a hablar y, lo que me temía: “Mire eso es en otro lugar, regrese por donde entró, después siga recto hasta el final, allí pregunta por doña... ella le va a responder lo que quiere saber”.

Llego al otro lugar. ¡Y aquí sí que habla la señora! Pero ella parece que tiene problemas de audición, sus respuestas no coinciden con las preguntas.

“Aquí todo el mundo paga, vio a ese otro que acaba de salir, lo mismo le dije, es que la gente no quiere...”

Dios mío —pienso— si he tratado de hacerlo durante estas horas que me han mandado de un lado a otro.

Doy la vuelta, es inútil hablar con esta “servidora”. “Venga —me dice— le voy a explicar lo que tiene que hacer, vaya a la fila donde venden el formulario tal… lo llena, luego hace otra fila para pagar, cuando pague hace fila para el otro formulario, cuando lo llene se va a la otra fila...”. ¡Uff! ya me cansé de sólo escucharla.

El reloj indica que es hora de regresar al trabajo. Tres horas y sólo pude comprar los formularios, ya no hay tiempo para llenarlos, menos para seguir haciendo filas y... Tendré que destinar otro día.

Sabía que mi primera experiencia para pagar los Impuestos de Bienes Inmuebles (IBI) no iba a ser agradable, pero tenía la ilusión, que al menos no fuese traumática.

La autora es periodista
.


---
 
 

Derechos Reservados 2002. La información contenida en este medio de comunicación, no puede ser reproducida ni publicada, parcial o totalmente, en ningún otro medio de comunicación privado o público, sin el consentimiento por escrito de LA PRENSA S.A
 

 

Una obediencia ciega

La obra aún les espanta

Misiles en Nicaragua

El trauma de mi primera vez