LUNES 28 DE FEBRERO DEL 2005 / EDICION No. / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE





En el cuarto centenario del quijote

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Hace cuatro siglos Juan de la Cuesta editó en Madrid la primera parte de la novela Don Quijote de la Mancha, “gloria del ingenio español y precioso depósito de la propiedad y energía del idioma castellano”. Con motivo de esta efemérides, la Academia Nicaragüense de la Lengua presentará la edición crítica que la RAE y la Asociación de Academias de la Lengua Española han lanzado con un glosario, un prólogo de Víctor García de la Concha y nueve estudios de especialistas americanos y españoles. Al evento programado para el miércoles 9 de marzo en la Biblioteca del Banco Central, han sido invitados especialmente el Presidente de la República y el embajador de España . Como era de esperarse, el presente homenaje está relacionado esencialmente con Rubén Darío, “el más cervantino y alto cantor del Quijote”.

DARÍO Y EL TERCER CENTENARIO

Por Jorge Eduardo Arellano

(Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua)

El 5 de mayo del 2005 se cumplirá un siglo de la celebración en Madrid el tercer centenario de la editio princeps del Quijote. Para esa fecha, Rubén Darío —hijo de América y nieto de España, como se autoconcebía— realizó un viaje a La Mancha. Le acompañaba Pedro González Blanco (1879-1961), uno de los fundadores de la revista Helios —difusora del modernismo hispánico—, apasionado defensor de la trascendente labor colonizadora de España y cuya vida tuvo mucho de gesta aventurera. Residió en varios países hispanoamericanos: Argentina, Cuba, Guatemala —donde, ya viudo, matrimonió con una sobrina del presidente Manuel Estrada Cabrera—, y, sobre todo, en México. Allí se estableció definitivamente en 1939, mucho después de su activa participación en el movimiento revolucionario de 1910 al lado de Victoriano Carranza, de quien fue asesor y protegido.

Dos crónicas eruditas surgieron del citado viaje de Darío: En tierra de D[on] Quijote y La cuna del manco; una redactada en Argamasilla de Alba, la otra en Madrid. Ambas desconocidas, se publicaron en La Nación de Buenos Aires el 9 de abril y el 21 de mayo de 1905, respectivamente; y figuran en la publicación DON QUIJOTE NO DEBE NI PUEDE MORIR (Managua, Academia Nicaragüense de la Lengua, abril, 2002), anotadas por Günther Schmigalle. El título de la primera —e incluso la iniciativa misma del viaje a La Mancha—, Darío la tomó de un libro aparecido en París cuatro años antes (1901). Se trata de la traducción francesa del original en inglés: On the trail of Don Quixote, being a record of rambles in the ancient province of la Mancha (New York, Charles Scribners, 1897). ¿Su autor? Auguste-F. Jaccaci, pintor francés nacido en 1857 y ciudadano estadounidense desde 1888.

El poeta visitó Ciudad Real, la pequeña población de Marcos y Argamasilla de Alba, describiéndolas con precisión memorable. Veamos únicamente las líneas consagradas a la segunda: “Hice un paseo a la cercana población de Marcos donde existe una célebre y milagrosa Virgen de piedra, en cuya iglesia he visto la más extraña colección de exvotos de cera que pueda suponerse. No hay más curiosidades que restos de antiguas construcciones moriscas, un aljibe y el pintoresco paisaje que cerca de una fábrica vecina une abruptas rocas, altos álamos y las aguas del Guadiana, recogidas en una especie de lago artificial que se derrama en cascada sonora y cristalina. Cerca de la ribera, unos mozos cantaban coplas de la tierra, acompañándose con la inseparable guitarra. El cielo azul, el aire frío. Por la carretera, las mulas de un carro trotaban, haciendo sonar sus cascabeles”.

En la segunda crónica, el renovador de la poesía castellana de su tiempo comenta, no sin sonriente de ironía, la disputa sobre la ciudad natal de Cervantes, concentrada entre Alcázar de San Juan y Alcalá de Henares, desde hacía tiempo ganada por ésta, y Darío lo sabía perfectamente. Si nuestro poeta reunió en dicha crónica argumentos a favor de Alcázar de San Juan, fue —en este caso, como en otros— para defender quijotescamente una “causa perdida”, una causa antiacadémica, y le fascinaba el furor poeticus de los sabios y soñadores con quienes alternó en tierra de La Mancha. “Una batalla —dijo— en que los cañones Maxim quedan substituidos por razones de a folio, a medida que se aproximan los días del inminente [tercer] centenario”.

Cuando llegó este fasto —celebrado en 114 ciudades españolas, 212 hispanoamericanas y 31 extranjeras— Darío consagró a don Quijote su famosa Letanía, leída por su amigo Ricardo Calvo en la Paraninfo de la Universidad el 13 de mayo de 1905, durante el homenaje organizado por el Ateneo de Madrid. Como señala Uribe de Echeverría, la “Letanía de Nuestro Señor Don Quijote” acredita a su autor como “el más cervantino y alto cantor del Quijote”, añadiendo: “toda la poesía amarga del inmortal caballero aparece transmutada en los versos del exquisito bardo...” En ella —anotó Darío— “afirmo otra vez mi arraigado idealismo, mi pasión por lo elevado y heroico, la figura del caballero simbólico está coronado de luz y de tristeza. En el poema se intenta la sonrisa del humour —como un recuerdo de la portentosa creación cervantina— mas tras el sonreír está el rostro de la humana tortura ante las realidades que no tocan la complexión y el pellejo de Sancho”. (Historia de mis libros, 1913).

Al respecto, no resulta ocioso distinguir en la Letanía... sus tres fases, de acuerdo con Emilio Carilla en su Cervantes y América (Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, 1951): salutación —o invocación— comprendida entre las cinco estrofas primeras; la letanía, que se expande en las cinco estrofas siguientes; y la fusión armónica de salutación y letanía en las dos estrofas finales: Noble peregrino de los peregrinos, /que santificaste todos los caminos, /con el paso augusto de tu heroicidad, /contra las certezas, contra las conciencias /y contra las leyes y contra las ciencias, /contra la mentira, contra la verdad... //Ora por nosotros, señor de los tristes, /que de fuerza alientas y de ensueños vistes, /coronado de áureo yelmo de ilusión; /¡que nadie ha podido vencer todavía, /por la adarga al brazo, toda fantasía, /y la lanza en ristre, toda corazón!”

La Letanía de Nuestro Señor Don Quijote correspondió al poema 49 de los Cantos de vida y esperanza, Los cisnes y otros poemas (1905), escrito especialmente para el homenaje a Cervantes en el III Centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, como ya señalamos. Darío, por encontrarse enfermo, delegó su lectura a Ricardo Calvo, como consta en la edición del Ateneo (Madrid, mayo de 1905, imprenta de Bernardo Rodríguez, mayo de 1905, pp. 467-69), donde figura erráticamente en plural como Letanías... (sic) y sin dedicatoria. Fue hasta en la edición de los Cantos de vida y esperanza... de junio, de ese mismo año, que apareció dedicada a [Francisco] Navarro Ledesma (1869-1905), director de Blanco y Negro, revista en la que Darío colaboraba. Al fallecer a los pocos meses Navarro Ledesma (septiembre de 1905) Darío le consagró el poema In memoriam: “Yo no escuché jamás palabras tan hermana /y que fuese de mi sangre y en mi pensar mi hermana. /Era bueno. Era puro. Era lo que hay que ser /cuando se trae en el hombro la piedra del deber...” Navarro Ledesma, catedrático y periodista, escribió unas Lecciones de literatura (1900-02), El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes (1905) y dos libros de cuentos: En un lugar de la Mancha... (1905) y el póstumo: Los nidos de antaño.

D. Q.

Por Rubén Darío



I.

Estamos de guarnición cerca de Santiago de Cuba. Había llovido esa noche; no obstante el calor era excesivo. Aguardábamos la llegada de una compañía de la nueva fuerza venida de España, para abandonar aquel paraje en que nos moríamos de hambre, sin luchar, llenos de desesperación y de ira. La compañía debía llegar esa misma noche, según el aviso recibido. Como el calor arreciase y el sueño no quisiese darme reposo, salí a respirar fuera de la carpa. Pasada la lluvia, el cielo se había despejado un tanto y en el fondo oscuro brillaban algunas estrellas. Di suelta a la nube de tristes ideas que se aglomeraban en mi cerebro. Pensé en tantas cosas que estaban allá lejos; en la perra suerte que nos perseguía; en que quizá Dios podría dar un nuevo rumbo a su látigo y nosotros entrar en una nueva vía, en un rápida revancha. En tantas cosas pensaba...

¿Cuánto tiempo pasó? Las estrellas sé que poco a poco fueron palideciendo; un aire que refrescó el campo todo sopló del lado de la aurora y ésta inició su aparecimiento, entretanto que una diana que no sé por qué llegaba a mis oídos como llena de tristeza, regó sus notas matinales. Poco tiempo después se anunció que la compañía se acercaba. En efecto, no tardó en llegar a nosotros. Y los saludos de nuestros camaradas y los nuestros se mezclaron fraternizando en el nuevo sol. Momentos después hablábamos con los compañeros. Nos traían noticias de la patria. Sabían los estragos de las últimas batallas. Como nosotros estaban desolados, pero con el deseo quemante de luchar, de agitarse en una furia de venganza, de hacer todo el daño posible al enemigo. Todos éramos jóvenes y bizarros, menos uno; todos nos buscaban para comunicar con nosotros o para conversar; menos uno. Nos traían provisiones que fueron repartidas. A la hora del rancho, todos nos pusimos a devorar nuestra escasa pitanza, menos uno. Tendría como cincuenta años, mas también podía haber tenido trescientos. Su mirada triste parecía penetrar hasta lo hondo de nuestras almas y decirnos cosas de siglos. Alguna vez que se le dirigía la palabra, casi no contestaba, sonreía melancólicamente; se aislaba, buscaba la soledad; miraba hacia el fondo del horizonte, por el lado del mar. Era el abanderado. ¿Cómo se llamaba? No oí su nombre nunca.



II.

El capellán nos dijo dos días después:

—Creo que no nos darán la orden de partir todavía. La gente se desespera de deseos de pelear. Tenemos algunos enfermos. Por fin, ¿cuándo veríamos llenarse de gloria nuestra pobre y santa bandera? A propósito: ¿Ha visto usted al abanderado? Se desvive por socorrer a los enfermos. Él no come; lleva lo suyo a los otros. He hablado con él. Es un hombre milagroso y extraño. Parece bravo y nobilísimo de corazón. Me ha hablado de sueños irrealizables. Cree que dentro de poco estaremos en Washington y que se izará nuestra bandera en el Capitolio, como lo dijo el obispo en su brindis. Le han apenado las últimas desgracias; pero confía en algo desconocido que nos ha de amparar; confía en Santiago; en la nobleza de nuestra raza, en la justicia de nuestra causa. ¿Sabe usted? Los otros seres le hacen burlas, se ríen de él. Dicen que debajo del uniforme usa una coraza vieja. Él no les hace caso. Conversando conmigo, suspiraba profundamente, miraba el cielo y el mar. Es un buen hombre en el fondo; paisano mío, manchego. Cree en Dios y es religioso. También algo poeta. Dicen que por la noche rima redondillas, se las recita solo, en voz baja. Tiene a su bandera un culto casi supersticioso. Se asegura que para las noches en vela; por lo menos, nadie le ha visto dormir. ¿Me confesará usted que el abanderado es un hombre original?

—Señor capellán —le dije—, he observado ciertamente algo muy original en ese sujeto, que creo por otra parte, haber visto no sé dónde. ¿Cómo se llama?

—No lo sé —contestóme el sacerdote—. No se me ha ocurrido ver su nombre en la lista. Pero en todas sus cosas hay marcadas dos letras: D.Q



III.

A un paso del punto de donde acampábamos había un abismo. Más allá de la boca rocallosa, sólo se veía sombra. Una piedra arrojada rebotaba y no se sentía caer. Era un bello día. El sol caldeaba tropicalmente la atmósfera. Habíamos recibido la orden de alistarnos para marchar y probablemente ese mismo día tendríamos el primer encuentro con la tropas yanquis. En todos los rostros, dorados por el fuego furioso de aquel cielo candente, brillaba el deseo de la sangre y de la victoria. Todo estaba listo para la partida, el clarín había trazado en el aire su signo de oro. Íbamos a caminar, cuando un oficial, a todo galope, apareció por un recodo. Llamó a nuestro jefe y habló con él misteriosamente. ¿Cómo os diré que fue aquello? ¿Jamás habéis sido aplastados por la cúpula de un templo que haya elevado vuestra esperanza? ¿Jamás habéis padecido viendo que asesinaban delante de vosotros a vuestra madre? Aquélla fue la más horrible desolación. Era la noticia.

Estábamos perdidos, perdidos sin remedio. No lucharíamos más. Debíamos entregarnos como prisioneros, como vencidos. Cervera estaba en poder del yanqui. La escuadra se la había tragado el mar, la habían despedazado los cañones de Norte América. No quedaba ya nada de España en el mundo que ella descubriera. Debíamos dar el enemigo vencedor las armas, y todo; y el enemigo apareció, en la forma de un gran diablo rubio, de cabellos lacios, barba de chivo, oficial de los Estados Unidos, seguido de una escolta de cazadores de ojos azules. Y la horrible escena comenzó. Las espadas se entregaron; los fusiles también... Unos soldados juraban; otros palidecían, con los ojos húmedos de lágrimas, estallando de indignación y de vergüenza. Y la bandera... Cuando llegó el momento de la bandera, se vio una cosa que puso en todos el espanto glorioso de una inesperada maravilla. Aquel hombre extraño, que miraba profundamente con una mirada de la más amarga despedida, sin que nadie se atreviese a tocarle, fuese paso a paso al abismo y se arrojó en él. Todavía de lo negro del precipicio, devolvieron las rocas un ruido metálico, como el de una armadura.



IV.

El señor capellán cavilaba tiempo después:

—“D.Q.”...

De pronto, creí aclarar el enigma. Aquella fisonomía, ciertamente, no me era desconocida.

—D.Q. —le dije— está retratado en este viejo libro: Escuchad. “Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada —que en eso hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben— aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijana”.

“D.Q.”, uno de los cuentos fantásticos de Darío, se publicó por primera vez en el Almanaque Peuser para el año de 1899 (Buenos Aires, Peuser, 1898, pp. 57-58) y constituyó una de las reacciones del poeta ante el desastre del 98 en Cuba, cuando España fue derrotada por Estados Unidos, perdiendo todas sus colonias ultramarinas. Cervera, almirante de la escuadra derrotada, se llamaba Pascual Cervera y Topete (1839-1909). Intentó en vano romper el bloqueo estadounidense a Santiago de Cuba, cerca del cual se desarrolla la trama de esta pieza quijotesca, poco conocida.



SEMBLANZA BIOGRÁFICA DE CERVANTES

UN SONETO A CERVANTES

A Ricardo Calvo

Horas de pesadumbre y tristeza

paso en mi soledad. Pero Cervantes

es buen amigo. Endulza mis instantes

ásperos, y reposa mi cabeza.

Él es la vida y la naturaleza,

regala un yelmo de oros y diamantes

a mis sueños errantes.

Es para mí: suspira, ríe y reza.

Cristiano y amoroso y caballero,

parla como un arroyo cristalino.

¡Así le admiro y quiero,

viendo cómo el destino

hace que regocije al mundo enterola tristeza inmortal de ser divino!

R. D.

Poema XVIII de los Cantos de vida y esperanza, Los Cisnes y otros poemas (1905). Apareció en la revista Helios [Madrid], IX, 1903, p. 37, dedicado a Ricardo Calvo (1873-1966), primer autor del teatro español de su tiempo y con su data: París 1903. El 24 de julio del mismo año Darío le había escrito a Juan Ramón Jiménez, director de Helios: “No publique el soneto a Cervantes, solo. Mañana o pasado le enviaré otros versos de mi próxima plaquette: Cantos de vida y esperanza (sic). A [Ricardo] Calvo le leía algo”. Pero Juan Ramón, al no recibir los versos prometidos, hizo caso omiso de la indicación.



SEMBLANZA BIOGRÁFICA DE CERVANTES

Por David Arellano Sequeira

Triste es contemplar a España, nación que antaño impulsó un floreciente comercio y sostuvo a cuarenta millones de la población del mundo, luchando en nuestro siglo XIX por su propia existencia. Lejos de su cimero esplendor, el imperio de Carlos V y Felipe II revive en la memoria de los españoles que aún acarician sus glorias pasadas y su difunta prosperidad. Los momentos más lúcidos de esos mejores días fueron los de su literatura. Si ésta resultó un monumento, lector querido, trasladémonos a la majestuosa Biblioteca del Escorial, cercana a Madrid, y quedémonos absortos ante las creaciones de sus sabios y escritores.

Entremos al magno edificio, paseándonos de sala en sala, hasta bajar de uno de los estantes un tomo polvoroso y sentarnos para hojear su contenido. El tomo tiene un aspecto vetusto, y en una rápida mirada concluimos que, desde su solitario recinto, este volumen ha llevado el peso de dos o más siglos. Al vislumbrar su título, nos enteramos que se trata del Viaje al Parnaso de Miguel de Cervantes Saavedra. Parece que el autor de Don Quijote hizo un imaginario viaje al Parnaso.

Abrimos el infolio que bosteza varias veces como si acabara de ser despertado de un extenso sueño sosegante. Volviendo parsimoniosamente las amarillas páginas del viejo in cuarto, nos divertimos criticando de paso los méritos de su contenido, y una y otra vez nos detenemos para admirar algún excelente trozo que volvemos a leer y leer.

Devolviendo ya el magnífico libro viejo a su propio lugar, acudamos a un tomo de singular aspecto, el cual parece no poder menos de ser rescatado de su pequeño nicho. ¡Ah! ¿Así que te llamas El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha? Pues tu rostro es un poco conocido, pero eres un tío tan deleitoso y divertido que nunca nos cansas, y siempre te encontramos el mismito compañero fiel de tantas horas felices. El viejo in cuarto no podía haber ansiado más ser leído que nosotros anhelamos leerlo; y por eso lo abrimos por centésima vez. Ya conociendo íntimamente esta gran obra, podemos decir de memoria enteros trozos palabra por palabra; y, sin embargo, con cada acto de lectura sucesivo, parecemos discernir otra belleza que nos había escapado u otro encanto que no habíamos gozado plenamente antes. No proponemos dar una explicación da esta universalmente conocida obra maestra, por ser eso simplemente contar secretos ya dichos; pero cuatro palabras de acuerdo con nuestra opinión de Don Quijote no resultarán, según nuestro parecer, superfluas. Apenas falta decir que el lenguaje del todo es verdaderamente clásico, y en algunos trozos tan noble y tan altamente pulido que nos hace recordar el estilo varonil de los escritos de Tulio. Otra cosa que nos llama la atención es que el Caballero de La Mancha, al arengar a su zaquetudo escudero, emplea algunas palabras arcaicas, que para Sancho son menos inteligibles que el hebreo. Por eso Don Quijote, al hablar de la isla que Sancho gobernará, dice ínsula en vez de isla, y a la mente ordinaria de Sancho comunica la idea de algo encantado y sobrenatural.

Ya examinados los sucesos más divertidos que se relatan en Don Quijote, volvamos al frontispicio para ver en qué año fue publicada esta edición de la obra. Pues, he aquí un bosquejo de la vida de Cervantes, escrito por un cierto Don español cuyo nombre no tenemos ganas de mencionar. ¡Qué gustazo biográfico más inesperado! A ver lo que ha de decir este grande de España respecto a su ilustre compatriota.

Lo mismo que en épocas de antaño siete ciudades de Grecia se honraron por haber dado a luz a Homero, así en los tiempos modernos siete ciudades de España se decidieron por un honor igualmente digno el haber sido el lugar de nacimiento de Cervantes. Después de largos años de investigación se descubrió que el autor de Don Quijote fue originario de Alcalá de Henares, donde nació en 1547. Poco se sabe de su vida temprana, y hemos podido espigarles a varias alusiones esparcidas a través de sus propios escritos sólo unos pocos detalles triviales de su niñez.

Leemos que estudió la gramática y las humanidades bajo un maestro de su pueblo natal; pero el que pasara dos años en la gran Universidad de Salamanca sólo puede mantenerse partiendo de fuentes tradicionales de un carácter muy cuestionable. Sin embargo, sus obras muestran que recibió bastante formación y que tenía un conocimiento extenso, aunque incompleto, tanto de los clásicos como de la literatura en general. Hizo su primera hazaña literaria cuando, como uno de los escolares más avanzados de su maestro, escribió unos sonetos en la muerte de Isabel de Valois, esposa de Felipe II, y fue uno de los victoriosos en la competencia, mencionado después por su maestro en términos muy laudatorios como su “querido y amado alumno”. En 1568 el Cardenal Acquaviva llegó a Madrid para expresarle a Felipe II las condolencias de Su Santidad, Gregorio XIII, en la ocasión de la muerte del príncipe, don Carlos; y el joven Cervantes, frecuentador de la corte por aquel entonces, parece haber atraído la atención y buena estimación del prelado, quien le hizo su paje y lo llevó a Roma. Pero la vista de Italia, con toda la memoria de sus grandes poetas, oradores y sabios, no despertó en el alma de nuestro héroe el espíritu de la poesía, sino que más bien encendió en su corazón ambiciones de fama militar; y dos años después de su llegada en Roma cambió su librea cardenaliana por el uniforme del soldado.

Cervantes fue expuesto al fuego por primera vez cuando se regimiento tomó parte en la expedición papal de 1570 contra la isla de Chipre, ardientemente asediada en aquellos días por los turcos, y pretendió sin éxito de aliviarla. Este fracaso cristiano causó un sentido de terror y asombro por toda la cristiandad, y el Santo Padre, dándose cuenta de lo arriesgado de la situación, ordenó que España y Venecia prescindieran de sus disputas particulares y aunaran sus fuerzas a las de Roma para contener la potencia del otomano, que amenazaba infestar toda la cristiandad europea y plantear la creciente en la cúpula de la Catedral de San Pedro.

Todo amante de la historia conoce bien los sucesos que llevaron a la batalla de Lepanto; pero no todos están enterados del papel que hizo el autor de Don Quijote en aquel sangriento conflicto y gloriosa victoria. El joven Cervantes estaba en La Marquesa, una galera bajo el mando de uno de los tenientes más hábiles de don Juan [de Austria]. En el combate la galera estuvo en el ala izquierda, y al iniciarse la batalla, iba en la vanguardia del escuadrón, con Cervantes a bordo abatido de una enfermedad y aconsejado por sus amigos a que no se moviese. Pero nuestro héroe, siendo de corazón demasiado noble para quedar inactivo, les contestó de una manera muy patriótica, lo cual les convenció colocarlo, junto con doce valientes compañeros, en el barco que quedó suspendido al lago de la galera. Allí ejecutó tales hazañas que, aún durante los momentos más peligrosos de la batalla, llamó la atención del mismo don Juan, quien no se olvidó de la valorosa conducta que Cervantes mostró en el curso del conflicto. No nos atreveríamos a atribuirle al brazo del propio Cervantes una proporción desmesurada de esa gran victoria; pero el que se cubriera con gloria en ese inolvidable día se muestra claro por el hecho de que, mientras la memoria del “hombre enviado de Dios” queda ya casi olvidado, la de “El Manco de Lepanto”, que luchó como mercenario en La Marquesa, permanece fresca y floreciente en las mentes de sus compatriotas.

Puesto que la mano de Cervantes había sido gravemente herida y quedó desde ese día inválida y sin uso alguno, lo encontramos después de la batalla entre los heridos en Mesina, donde el célebre don Juan se dignó visitarlo en persona. Después de servir con mucho mérito durante otras dos campañas, Cervantes recibió permiso de visitar su patria, y con eso acabó el primer período de su vida como soldado, durante el cual adquirió ese conocimiento de la humanidad que después le iba a resultar tan provechoso.

Llevando cartas muy halagüeñas de don Juan y el Virrey de Nápoles a Felipe II, Cervantes se embarcó para España, con su hermano Rodrigo, en la galera El Sol, durante el otoño de 1575. Apenas llegados a la vista de Menorca, sucedió que nuestro héroe y sus compañeros de repente se encontraron circundados de todo un escuadrón de cruceros argelinos, mandado por el pirata notorio, Arnaut Nanie, quien recorría el Mediterráneo en aquellos turbulentos días. Los españoles, al verse agredidos, ofrecieron una porfiada resistencia, y lograron amargarle rigurosamente la vida al enemigo hasta que, abrumados a fuerza de los números superiores del pirata, se vieron obligados a arriar su bandera. Cuando los reos llegaron a Argel, le cupo en suerte a Cervantes caer en manos de un renegado griego, cuyo nombre aún entre los argelinos propios era un apodo de ferocidad. Este bribón avariento, creyendo que su prisionero podría redimir su libertad al costo de una cantidad de oro fabulosa, le cargó con cadenas y lo abusó con inauditas crueldades. El valor casi sobrenatural con que Cervantes llevó esos desoladores sufrimientos es, sin duda alguna la joya más brillante que adorna las hojas de su vida. Tampoco dilató ni estuvo retrógrado en planearles medios de escape a él y sus compañeros presos; pero, desafortunadamente, nunca lograron dar fruto, debido a la falta de habilidad en algunos y a la traición a otros. Fue el espíritu indómito de Cervantes el que alegraba la melancolía de los prisioneros cristianos en aquellos calabozos oscuros y lúgubres; y la maravillosa influencia que ejercía sobre indigno captor a menudo intervenía para ayudar a los otros, mientras su carácter generoso le inducía a echarse a sus espaldas la culpa cuando había una cuestión de castigo por alguna mala conducta general.

Después de cinco años de exilio y prisión, gracias a los generosos esfuerzos de su buena madre y especialmente del buen fraile Juan Gil, Cervantes fue liberado de su cautiverio y esclavitud, arribando a la costa de su amada España después de doce años de ausencia. Pero su buen humor indoblegable siempre se enfrentaría con apuros aún más difíciles que los de su cautiverio en Argel. Los veteranos de los servicios de Lepanto ya habían sido olvidados, y Cervantes, con ganas de ganarse la vida, se aunó a su vieja compañía, que por aquella temporada iba en expedición rumbo a Portugal. En la batalla de Dercire se mostró aún el valiente español que había sangrado en Lepanto por el honor de su patria y por la existencia de su religión. Pero todos lo sueños de Cervantes no se habían realizado, y ahora empezó a desesperarse de ese favor militar al que su intachable conducta le dio derecho. A la edad de treinta y seis años, abandonando su carrera militar, se estrenó literato, publicando una novela pastoril llamado La Galatea. Poco después se casó con una dama española de singular belleza y respetada familia. Durante los próximos años, se sabe que escribió para la escena, pero aún no había descubierto la verdadera inclinación de su genio.

En 1598 lo descubrimos cobrando impuestos en la jurisdicción de Argamasilla, cuando el rabioso populacho, después de maltratarlo considerablemente, lo encerró en una casa conocida aún hoy día como “La Casa de Medrano”. Ya que dice Cervantes mismo, hablando de Don Quijote en su prólogo, que “este hijo de su entendimiento nación una cárcel”, concluimos que la primera parte de Don Quijote fue concebida y probablemente escrita durante su segundo encarcelamiento. Completó y publicó su inmortal obra el mismo año que Shakespeare le dio al mundo su famoso Hamlet. Poco después volvió a escribir por el teatro, y fue entonces que estalló ese espíritu rival entre él y el gran Lope de Vega, quien resultó con la victoria. Mientras tanto Avellaneda, admirador de Lope de Vega que le sugirió el vergonzoso acto, publicó el Don Quijote falso que provocó la furia de Cervantes. Éste tomó su pluma y, al cumplir la parte final de su inmortal obra, impuso silencio al miserable calumniador. Los próximos años de su laboriosa vida los pasó Cervantes casi en la pobreza, aunque su mero nombre ya se había vuelto inmortal. Escribió su novela póstuma Los trabajos de Persiles y Segismunda cuando ya le habían suministrado la extremaunción, y, en sus propias palabras, “ya tenía un pie en el estribo”, esperando una llamada. Unos pocos días antes de su muerte, lleno del espíritu de un hombre en el portal de la eternidad, tomó el hábito de un fraile franciscano, con el cual dio su último suspiro el 23 de abril de 1615, el mismo día que expiró su gran contemporáneo: William Shakespeare.

(Traducido de la revista The Fordham Monthly, vol. VI, Núm. 5, May, 1988, pp. 141-143).

david arellano sequeira (1872-1928), autor de la primer biografía de Cervantes escrita por un nicaraguense. Foto tomada en Paris (1895).

pila donde fue bautizado Cervantes en Alcala de Henares
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