Prosema
La isleña de Roatán
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Paisaje callejero, Leonel Cerrato. Óleo sobre tela, finales de los 70. |
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Francisco Valle
Dominios bajo las fauces del sol. Fondo de volcanes. Doble azul en estrofas de azules abrasados. Oscura de astrologías y puñales, descansaba la isleña de Roatán; sus nalgas como religiones nocturnas, su larga caballera navegaba por los peces, su cuerpo que olía a carao, a verano en fuga, a extravíos del ilán-ilán: Un tronco de pochote hundido en el recinto de las fragantes tinieblas.
Hogueras y talismanes, sus pechos desnudos brillaban dentro del agua como dos implacables delitos cometidos por la mano de abril. Suplicios le colgaban como aretes en el clima de la voz. Sudorosa, fascinante hasta el frotarse de seis púrpuras en la roca, aquella mujer miraba desde el amor de los tatuajes eternos. Yo cerraba los ojos; decía los otros nombres de la noche. 
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