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El aviador, demasiadas escalas para un solo vuelo

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.Con El aviador, Scorsese olvida sus propias lecciones para presentarnos una biografía del multimillonario Howard Hughes (1905-1976) compuesta de acontecimientos inconexos, técnica más usual en las miniseries de televisión que en las grandes películas biográficas

 

Franklin Caldera

Chaplin, dirigida por Richard Attenborough en 1992 es un modelo de lo que no debe ser una película biográfica: una sucesión ininterrumpida de incidentes que giran en torno a un vacío. El resultado fue una película superficial, con cierto interés didáctico. Por el contrario, Sed de vivir (1956) de Vincente Minnelli puso al centro de la trama la conflictiva relación entre Van Gogh (Kirk Douglas) y Gauguin (Anthony Quinn), lo que da al filme esa unidad temática característica de las grandes películas.

Martin Scorsese, director de El aviador, hizo lo mismo en Toro salvaje (1980). Los estallidos de furia de Jack LaMotta (Robert De Niro) explican su agresividad en el cuadrilátero, que fue uno de los factores de su triunfo como boxeador, pero también de sus conflictos familiares y con las autoridades boxísticas, que precipitaron su caída. Esa doble visión de un mismo fenómeno hizo que la película tuviera esa coherencia dramática que la convirtió en la mejor de la década de 1980.

La película aborda tantos aspectos de la vida de Hughes (cuya fortuna se originó en la empresa de equipos petroleros que le heredó su padre), que es muy poco lo que Scorsese puede desarrollar. Ninguna de las líneas argumentales que surgen tiene nada que ver con las demás, excepto la presencia de Leonardo Di Caprio, en el rol protagónico. Los logros del multimillonario tejano en el campo de la aviación (varios récords de velocidad en aviones pilotados por él mismo), que el filme destaca con tomas espectaculares, tienen poca conexión con su carrera de productor cinematográfico, excepto el hecho de que su mejor película, Ángeles del infierno (1930), trata sobre combates aéreos durante la I Guerra Mundial.

Los romances con estrellas de Hollywood que aparecen en la película: Jean Harlow (Gwen Stefani), Katharine Hepburn (Cate Blanchett), Faye Domerge (Kelli Garner) y Ava Gardner (Kate Beckinsale), son apenas incidentes decorativos por los que Scorsese pasa superficialmente. Asimismo, la investigación del senado sobre el abortado proyecto del Hércules, el avión más grande del mundo, que Hughes estaba diseñando para el Gobierno de los EE.UU. durante la II Guerra Mundial, es dramáticamente un punto muerto. El conflicto con el senador Ralph Owen Brewster (Alan Alda), que impulsó la investigación, supuestamente como represalia por la renuencia de Hughes a venderle su aerolínea, TWA, a PanAm (con la que el senador tenía, según el filme, tratos por debajo de la mesa), se vuelve también otro incidente autónomo.

Lo más interesante de la película son las secuencias sobre el trastorno obsesivo-compulsivo que llevó al magnate a su total aislamiento. Este trastorno, pocas veces tratado en el cine, es una respuesta neurótica a temores ocultos que pueden ser de naturaleza física, como el miedo a la contaminación que padecía Hughes, o sobrenatural, como el miedo al castigo por los pecados. La enfermedad produce acciones repetitivas (lavarse las manos, subir y bajar escaleras, leer varias veces un mismo párrafo, repetir frases, etc.) con las que el enfermo cree subconscientemente conjurar un peligro real o imaginario.

Pero esta enfermedad no afecta la capacidad de razonar en otros campos de la vida, lo que explica porqué Hughes, con la enfermedad en estado avanzado, podía seguir manejando sus negocios. Esto hace que el tema de la enfermedad carezca de conexión dramática con el resto de la película y Scorsese no lo desarrolla lo suficiente como para convertirlo en esa columna vertebral que tanta falta le hace a la película.

Incluso la secuencia del accidente aéreo, en el que Hughes impactó una casa de Beverly Hills con su avión de fotorreconocimiento XF-11, que el filme presenta con excesivo despliegue de efectos especiales, no hace más que detener momentáneamente una trama que no parece saber adónde quiere dirigirse.

Puede decirse que la película se limita a reflejar la personalidad de una figura sumamente compleja, cuya vida tenía la configuración de un rompecabezas. Pero precisamente la labor de un buen guionista es tomar hechos aislados y darles coherencia dentro de la forma de una obra de arte.

Leonardo di Caprio no tiene el empaque físico que el papel exigía, pero su arrogancia da verosimilitud al personaje. Además, la abundancia de problemas físicos, mentales, económicos, amorosos y políticos a los que tiene que hacer frente, le dan bastante material de trabajo y su actuación resulta satisfactoria. Scorsese es el supremo cineasta-cinéfilo y la película, de la que algo se aprende, está llena de referencias eruditas. Por ejemplo, la canción No puedo darte nada más que amor que se escucha cuando Di Caprio y Cate Blanchett hacen el amor, es la canción de una de las películas más famosas de la Hepburn, “La adorable revoltosa”.

Ésta no es la primera vez que Howard Hughes es retratado en el cine. Los insaciables (1963) de Edward Dmytrick (con George Peppard) está basada en una novela de Harol Robbins inspirada, a grandes rasgos, en la figura del excéntrico multimillonario. Jason Robards, Jr. lo interpretó en Melvin y Howard (1980) sobre un hombre que alegó haberlo ayudado sin saber quién era y años después presentó un supuesto legado de varios millones de dólares. Dean Stockwell (coprotagonista de Alcino y el Cóndor) tuvo un “cameo” muy convincente como Hughes en Tucker: El hombre y su sueño (1988) de Coppola (con Jeff Bridges) y Tomy Lee Jones protagonizó en una película sobre el tema para televisión en los años setenta.  
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El aviador, demasiadas escalas para un solo vuelo