MIéRCOLES 16 DE FEBRERO DEL 2005 / EDICION No. 23725 / ACTUALIZADA 1:15 am





EL HUMOR DE




La preciada democracia

Paul Scheffer*

El Islam en Europa que abarca millones de creyentes representa una experiencia histórica única. Nunca antes han emigrado tantos musulmanes a países occidentales, donde deben volver a encontrarse a sí mismos y reencontrar su religión como minoría en una sociedad secular. Esto es una adaptación difícil para una religión que en los países de origen desde tiempos inmemoriales representa una religión mayoritaria. De ahí que tantos musulmanes piensen que aquí en occidente su religión está siendo humillada: simplemente no logran imaginarse que su libro sagrado forma parte de un debate democrático.

La diferencia entre los dos mundos en los cuales el fundamentalismo está manifestándose se puede resumir en una sola palabra: democracia. Es la capacidad de combatir el profundo descontento de grupos poblacionales construyendo una nueva coherencia a través del debate público.

El filósofo francés Alain Finkielkraut una vez escribió que no quería elegir entre lealtad hacia una comunidad y tolerancia hacia otras personas; que no quería elegir entre el cuido del patrimonio cultural y ser abierto hacia otras culturas. Pero, ¿cómo podemos mantener unidas la lealtad y la tolerancia, o dicho en otras palabras: ¿cómo podemos prevenir que el patrimonio y lo abierto se vayan dispersando cada vez más?

Se trata, por supuesto, no solamente de un asunto cultural, de una lucha en torno a la pregunta de ¿quiénes somos? Sin defender el monopolio a la violencia por parte del Estado, no tiene ningún sentido tratar de re-pensar el concepto de la tolerancia. Ya que ciudadanos inseguros son ciudadanos intolerantes. Ésa es la crisis de nuestros tiempos; por el descuido del mantenimiento del orden jurídico, de forma lenta pero segura, surgió un sentimiento generalizado de inseguridad.

Es por ello que el terrorismo islamista es tan venenoso en sus efectos sociales; la inseguridad cultural sobre la pregunta de que si el Islam podrá integrarse en nuestra abierta sociedad, se mezcla con un sentimiento ya existente desde hace mucho de inseguridad que en muchos barrios de las ciudades grandes ha conducido a un distanciamiento. Esta combinación crea distancias que cada vez son más difíciles de conciliar, hace más pequeño el mundo de muchas personas y en un mundo que se está haciendo más grande, deja un territorio cada vez más pequeño en el que las personas se retiran.

La lucha contra el terrorismo islamista también traerá problemas para la comunidad musulmana. ¿Qué es lo que tiene más peso; lealtad hacia la propia comunidad o lealtad hacia el estado de derecho al que se deben sus libertades? Los atentados son también un atentado contra la integración de musulmanes en Europa, son una advertencia dirigida a los musulmanes más liberales de que la vida que viven aquí en occidente conduce a la corrupción de su religión. Que deben guardar distancia ante una sociedad decadente en la que el dinero y la inmoralidad triunfan. Sin embargo, esto, en realidad, debería llevar a que estos musulmanes que están dudando se decidan ya; tienen un interés enorme en esta sociedad que les facilita practicar en libertad su religión, según muchas veces me aseguran los musulmanes. A fin de cuentas deberán descubrir la verdad en su propio círculo.

A muchos musulmanes les cuesta mucho aceptar que la mayor parte del terrorismo contemporáneo está siendo perpetrado en nombre de su religión. Quieren liberar su religión de todo lo que va mal, mientras que lo bueno casi por descontado proviene de esa misma religión. El que la casa del Islam desde tiempos inmemoriales esté habitada también por corrientes violentas, se reprime por razones que son entendibles pero eso no las hace menos reprobables.

¿Qué dirían estos musulmanes si la gran mayoría de los europeos opinaran que las cruzadas no tenían nada que ver con el cristianismo? ¿O que en todas partes se afirmara que el colonialismo no guarda ninguna relación con el fervor de conversión inspirada en el cristianismo? ¿Qué dirían si colocáramos a Hitler y el holocausto fuera de la historia europea y afirmáramos: “Eso no tiene nada que ver con nuestra cultura” y si opináramos que el antisemitismo queda fuera de la religión cristiana, ya que ella está impregnada del deseo de amor al prójimo?

A uno le gustaría indicar ese doloroso descubrimiento de la verdad a todos estos musulmanes que forzadamente mantienen que no se le puede reprochar nada a su religión, que niegan que el terrorismo actual forma parte de la historia del Islam. No, prefiero al escritor francés Paul Valéry, quien después de la catástrofe de la Primera Guerra Mundial anotó la célebre frase: “Los pueblos civilizados ahora sabemos que somos mortales”. Europa es el suelo natal de dos guerras mundiales, de dos regímenes totalitarios. Es exactamente la fuerza de la actual unificación europea, el hecho de que esta fractura en la civilización ha sido plenamente aceptada por todos y que ha sido convertida en un deseo de alcanzar “la paz eterna”, como se lo proponía una vez el filósofo alemán Kant.

Esto es lo que debemos decir a aquéllos que a toda voz afirman que la cultura occidental es superior: la diferencia más importante radica en la capacidad de ser autocrítico, en el constante diálogo que estamos entablando entre nosotros, en la comprensión de que una sociedad abierta es vulnerable. El entendimiento enraizado de que los pueblos civilizados son mortales y que la civilización que decimos compartir es frágil, aspira a buscar mejoras.

* El autor es catedrático universitario en Holanda. Este artículo es una versión reducida de otro más xtenso publicado en el diario holandés “NRC Handelsblad".
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