Catoblepas
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 | Reflexiones a la obra del Premio Nacional Rubén Darío |
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Francisco Arellano. |
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Alejandro Serrano Caldera (Filósofo nicaragüense)
Catoblepas, el auto sacramental de la Modernidad, de Francisco Arellano, distinguida recientemente con el Premio Nacional Rubén Darío, es un magnífico trabajo de alcances filosóficos y teológicos.
La obra de teatro de Arellano plantea el clásico debate entre teísmo y ateísmo, que no por antiguo deja de ser de acuciante y angustiante actualidad. La primera parte de la obra, rica en la caracterización de los personajes y en la maduración del tema, asume su momento más dramático a partir del Tercer Acto, cuando se produce el debate entre el Padre Cristóbal y el doctor Revenstorf en los estudios de Radio Centauro.
Los temas relativos al ser, la nada, el fin, el caos, el creador, el creado, el amor, el dolor, se suceden con maestría y profundidad en la pluma de Arellano, sin perder en ningún momento ni la amenidad ni el suspenso que inevitablemente produce el singular pugilato filosófico y el carácter abrumador de una discusión que gira en torno de la muerte de Dios.
La muerte de Dios significó para Hegel la reconciliación de Dios y el hombre individual. La Edad Media hará de esta reconciliación una reconciliación contra el mundo y se empeñará en mantener el desgarramiento entre el hombre y el mundo, enfatizando más en esta ruptura que en la reconciliación ocurrida en el drama de la Cruz.
La reconciliación de la condición humana sólo es posible por la identificación del hombre con Dios y con la historia. El hombre solo contra el mundo evoca las figuras de la desesperación. La conclusión de Hegel es tajante: no se puede construir la vida contra el mundo, de lo contrario, se repetirá el drama de Fausto “quien tomaba la vida pero aferraba más bien con ello la muerte”.
Tampoco se puede alcanzar la reconciliación de la condición humana contra Dios; sin ella, el amor pierde su sentido espiritual y el dolor, su misión de purificación que le atribuye la teología cristiana, para devenir únicamente en infelicidad zoológica y angustia metafísica.
La rebelión del doctor Revenstorf es la rebelión de Nietzsche que trata de suprimir a Dios para salvar al hombre, a pesar de la reconciliación de Dios y el mundo ocurrido en el drama de la Cruz. Albert Camus en L’ homme revolté, piensa que “Nietzsche no ha forjado el proyecto de matar a Dios. Él lo ha encontrado muerto en el alma de su tiempo. Él ha sido el primero en comprender la inmensidad del acontecimiento”.
El doctor Revenstorf rechaza a Dios, pues es aspereza y dolor. Para el Padre Cristóbal es verdad y también amor, lo que no alcanza a comprender su interlocutor, quien, no obstante, señala el Padre Cristóbal a través de elaborados silogismos, juzgarlo y condenarlo por ser la causa del dolor y el sufrimiento en el mundo, lo reconoce en el mismo acto de su rechazo.
Veo en la obra de Arellano el esfuerzo de la Razón en el reconocimiento de Dios, sin desconocer en ningún momento la existencia del mundo, no como su opuesto, no como la antítesis que niega y contradice sino como la síntesis que concilia e integra las diferencias. Desde este punto de vista, me atrevería a percibirla en la línea de la filosofía de la reconciliación, que es también el mensaje de Jesús, que reconoce a Dios en el hombre, en la existencia del ser humano, en un existir que significa vivir no para sí, sino fuera de sí, ex sí, en los otros, en su alteridad, en el prójimo, que es el próximo, el que nos está cerca.
En el libro de Arellano, la obra de Dios no es el trazo de un destino inexorable en el que todo está escrito, sino la creación de la razón, la libertad y la conciencia en la que cada ser humano forja su vida de acuerdo a lo que hace o deja de hacer. “La conciencia es una enfermedad” dice Unamuno en El sentimiento trágico de la vida y Darío nos recuerda que “no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo ni mayor pesadumbre que la vida conciente”. Pero es, precisamente, la razón y la conciencia hacia donde ella nos lleva, la esencia de la condición humana y lo que diferencia al hombre de las demás criaturas de la naturaleza.
Frente a la ciencia del doctor Guillermo Revenstorf, la filosofía, la poesía y el arte del padre Cristóbal y de la pluma de Francisco Arellano, nos recuerdan que si la ciencia demuestra, el arte muestra y revela.
Creo que el mensaje que discurre a lo largo de toda la obra nos dice, o nos sugiere, que la negación de Dios es la negación del hombre que se destruye al tratar de destruirlo, como el monstruo Catoblepas que se alimenta devorándose a sí mismo. Pero también creo que podría deducirse que el respeto a la libertad humana es la condición del ser y el límite que el mismo Dios se ha impuesto a su propia omnipotencia, pues de lo contrario, no tendrían sentido el bien y el mal, lo justo y lo injusto, el premio y el castigo.
Saludamos esta obra que nos revela, una vez más, la altura intelectual de su autor y en la que la profundidad filosófica y teológica de su argumento no ha sacrificado la calidad artística de su forma. 
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