DOMINGO 6 DE FEBRERO DEL 2005 / EDICION No. 23715 / ACTUALIZADA 03:00 am





EL HUMOR DE




Cosas veredes Sancho amigo
En diáfana platicadera con el “Caballero de la Albura”

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. En Jinotega, al abogado Armando José Palacios Jarquín se le conoce popularmente como “El Doctor Pijama” por su peculiar vestir: impecable blanco son los zapatos, calcetines, pantalón, cinturón, camisa, chaleco y saco. Sin embargo, él asegura que no es excéntrico y que no le molesta que le llamen así

“Allá, cerca de mi casa, está mi oficina”, señala el doctor Palacios Jarquín.

 

Mario Fulvio Espinosa

El domingo 20 de octubre de 1968, en el semanario Vanguardia que dirigía en Jinotega el periodista Iván Rosales Zamora, se leía la siguiente gacetilla: “El conocido criminalista doctor Armando José Palacios Jarquín, en sus diez años de ejercer la profesión de abogado, ha intervenido en cien jurados, de los cuales solamente ha perdido uno”.

De eso hace 37 años cuando el interfecto tenía 35 años. La croniquilla amparada por el título Rompe récord joven abogado continuaba así: “Cabe mencionar que el jurado último donde se le vio intervenir fue la causa llevada a jurado que se seguía contra Eugenio Mairena, como coautor del delito de hurto, donde el doctor Palacios Jarquín se constituyó a última hora defensor del otro reo que se juzgaba por el mismo delito, logrando un veredicto absolutorio para ambos indiciados”.

Diez años antes, en 1968, el joven Armando José defendía su tesis Letra de Cambio, en un examen público realizado en el Paraninfo de la Universidad de León. Excéntrico como él solo, dedicaba su investigación en primer lugar a San Antonio de Padua porque: “Cuando en harapos, huérfano de amigos me he quedado; cuando en mi boca seca de inquietudes, como un sabor de ceniza el dejo de los desengaños he sentido; cuando en mis ruinas he visto juntarse noches con sus madrugadas, sólo él ha querido quedarse a mi lado”.

Injusto sería no mencionar que esa tesis también la dedicaba a su padre, don José Palacios Herrera y a su madre Ignacia Jarquín de Palacios: “Causa digna de mis días y único orgullo desafiante de mi nombre”. Lo mismo que a sus maestros, a la juventud pensante y viril de Centroamérica, a sus posibles detractores, “aunque perdonar no es olvidar”, y a los miserables sobre los que apunta:

“Perfumados a pobreza que se alimenta de la miseria misma de la vida y en especial a aquéllos de “Almas envenenadas”, de miradas extraviadas y nubladas por el llanto eterno, que viven una tragedia ignorada detrás de fríos barrotes por haber sido derrotados en los torneos desesperados de la vida, sin más pan que el desprecio, sin más consuelo que el dolor mismo que un día le ha vuelto insensibles y sin otra ambición que una sonrisa que ha de ser la mueca final.

“Sea el cariño descalzo de mis humildes pero sentidas palabras, el escudo inviolable de sus tristezas; la espada de mi profesión la consagro a ellos, sin más quota-litis que participar de sus ignorados pesares. Errari humanum est”.

UN QUIJOTE VESTIDO DE BLANCO

¿Fueron aquellos simples sueños quijotescos de la juventud? ¿Fueron simples propósitos bañados de luz? La sabiduría popular jinotegana responde que no. Desde su lejana juventud “El Doctor Pijama” ha permanecido fiel a sus miserables y a la justicia que le ha significado permanecer “integérrima y sempiternamente en la llanura”. Con orgullo exhibe en su imaginario blasón el lema: “Del Paraninfo a la calle”.



—¿Qué quiere decir con eso de la llanura?

Eso quiere decir que desde que me gradué me convencí que para ser libre tenía que evitar compromisos. Por esa razón he despreciado los cargos públicos que me han ofrecido, pero para mi buena o mala suerte me han ofrecido todos los cargos habidos y por haber y siempre he declinado. Así, por independiente, he permanecido en la llanura durante 48 años. El no estar atado a nadie ni a nada me da el gozo y el orgullo de practicar mi profesión a cabalidad, sirviendo especialmente a la gente humilde.

Estamos en la fresca sala de la casa, sentados en confortables sillas de mimbre. El abogado Palacios Jarquín es más bajo que de mediana estatura, un poco metidito en carnes aunque no obeso, peina ya algunas canas pero su rostro sereno, jovial, bondadoso, le hace aparecer más joven de lo que denuncia el calendario.

En Jinotega es conocido como “El Doctor Pijama” en una chusca comparación entre esa prenda de dormir y su eterno ropaje blanco: blancos son los zapatos, blancos los calcetines, blancos los pantalones, blanco el cinturón, blanca la camisa, blanco el chaleco y blanco el saco.



—¿Desde cuándo acostumbra vestirse de blanco?

Ya ni me acuerdo, de niño me vestía de blanco, inclusive uso corbata blanca, ropa interior blanca y el reloj que va hacia mi bolsillo es blanco.

ALABANZA A LA ROPA BLANCA

—¿Eso parece una excentricidad...?

Cualquiera diría que trato de ser excéntrico, pero no. Soy un tipo humilde, tímido, introvertido, apartado, marginado. Una vez un médico me dijo que tengo un problema neurovegetativo... pero volviendo al caso, a mi madre le encantaba la ropa blanca porque decía que era más fresca y desde chavalito me mandaba al colegio de pantalón chingo blanco y con camisa blanca.

También debe recordar que en los años treinta y cuarenta en Nicaragua hubo fiebre por la ropa blanca, la ropa de cama era blanca, el vestido de bodas era blanco, los corredores de las casas eran blancos, paredes blancas, los inodoros eran blancos, todo era blanco. Con el tiempo se introdujo la innovación de los colores, pero nunca cambié mi atuendo y por eso me llamaron “El Doctor Pijama” y por ese apodo soy súper conocido.



—¿Y no le molesta?

No me molesta. Como en aquel tiempo las pijamas eran blancas, entonces mis compañeros decían: “Ve, ese jodido viene en pijamas”. Inclusive le cuento algo, estuve preso como nueve meses porque yo era conservador de ancestro. En la cárcel dormía en el piso, pues como reo político no tenía derecho a colchón, ni a cartón, pues mis compañeros presos se asustaban porque yo salí en libertad y limpio, blanco blanco, en cambio ellos que usaban ropa de color salieron sucios. Yo creo que las personas que usan ropa blanca tienen como un sexto sentido de la limpieza.



—Antes en Managua andar de lino blanco era sinónimo de suprema elegancia. Recuerdo que en el parque central de Managua se paseaban personajes muy conocidos como Zurita, Paco Espinosa, el poeta Paniagua y el “Negro Huezo” luciendo trajes de lino...

Claro. Existía el famoso lino irlandés que yo usé hasta que se agotó, pero también tuve la suerte de tener en mi casa una antigua trabajadora que ya era de mi familia. Ella, doña Emilia Gómez Rodríguez, se especializó en el cuido de mi ropa porque antes no había lavanderías, a ella le debo la consideración, casi admiración, conque la gente miraba la nitidez de mi atuendo.

DECANO BLANCO DE JINOTEGA

(Comienza a pescar lejanías y a sonreír de satisfacción) “Yo nací el día que se celebra el natalicio de Darío y eso antes para mí era una doble fiesta, pues me festejaban el cumpleaños y como daban asueto no iba a la escuela.

“Mi primaria la hice aquí en Jinotega, cuando sólo había dos escuelas, la Superior de Varones y la Superior de Niñas, en ellas cabía toda la población estudiantil de ese tiempo. La secundaria la hice interno en el Instituto Pedagógico de Diriamba, soy bachiller de la novena promoción, después viajé a León a estudiar Derecho, cuando el Derecho se estudiaba únicamente en la Universidad Nacional con sede en León, y cuando el estudiante que no daba bola ‘estaba listo’, ya no podía brincar a otra universidad porque no había otra.

“Por cierto, soy el abogado más viejo de Jinotega, tengo 48 años de ejercer, por razón cronológica soy el Decano de los abogados aunque yo no quiera.

“Antes, Jinotega era un pueblo apacible. La ciudadanía era honesta a cabalidad, no teníamos necesidad de criminología, había un clima divino y por eso la llamaban ‘La Ciudad de las Brumas’. De aquello sólo queda el calificativo porque el aumento de la población y la tala de bosques cambió el clima. Todo se calentó, fíjese que estoy sudando en pleno enero”.

GENIO Y FIGURA HASTA LA SEPULTURA

—¿Cómo ha sido su vida en los estrados judiciales?

Hace 25 años me retiré de la vida judicial activa por consejo de médicos amigos. Yo trabajaba en exceso y ellos me dijeron: “Ve hombré, si seguís trabajando así lo que te espera es un derrame cerebral o un infarto”. Me convencieron y desde entonces me he dedicado a la cartulación y trabajo en ella de manera apasionada, tengo que servir al público de la mejor forma posible, con la mayor honestidad.



—¿Y de la vida sentimental qué me dice?

Me casé con una señora que se llamaba Lili Cruz Meza, ella era única, especial, desgraciadamente falleció en enero de 1981 y ya no me volví a casar. Mi hijo varón falleció en Miami y tengo una hija que reside en El Salvador. Vivo con tres empleadas antiguas, tengo todo y me siento como soberano pues, vivo feliz.



—¿Me imagino doctor que dentro de sus anhelos está la disposición que lo entierren de blanco?

Hombre, no había pensado en eso, pero de repente lo voy a tener que hacer, no es una mala idea, y que el ataúd sea blanco también.



—Y para toda la eternidad quedará de blanco porque allá en el cielo es obligado andar de cotona blanca, y tocando una arpa blanca.

Si Dios así lo quiere, así será. Se supone que el blanco es un símbolo de pureza y de honestidad.

UN DÍA DE BLANCO Y NEGRO

¿Nunca ha habido un incidente, alguna eventualidad, que lo obligara a quitarse el traje blanco?

Cuando me bachilleré el uniforme de gala fue un esmoquin, o sea pantalón negro, saco blanco y un corbatín morado. Yo supliqué que me permitieran ir de blanco, les dije que era una promesa, pero no era promesa. Los curas me dijeron que lo sentían mucho pero que no se podía



¿Qué hizo entonces?

Me hicieron el esmoquin en los Trajes Gómez, así subí al escenario con mi mamá del brazo, pero al día siguiente que vine a Jinotega regalé el traje a un amigo mío de apellido Zamora, al que le ajustó muy bien.

LA “CUELLO TRUBENIZADO”

En la platicadera vino a colación el esmero que ponían las amas de casa en el almidonado de las camisas. Aquel cuello tenía que ir “bien majito”, bien paradito y una planchadora de renombre era persona estimada y bien pagada. “Ése era un arte manual admirable que llegó al clímax cuando inventaron las camisas de ‘cuello trubenizado’... Que de todos modos tenían que ser planchadas”.
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