¿Es posible la democracia en Irak?
El éxito de las elecciones del domingo pasado en Irak fue sin duda un gran triunfo para el presidente de Estados Unidos, George W. Bush. De esa manera el primer mandatario estadounidense obtuvo una confirmación de su política iraquí, a pesar del desborde de la violencia terrorista durante las semanas y días previos a las votaciones y no obstante los sombríos vaticinios de la prensa mundial, de que el 30 de enero habría en Irak un baño de sangre, en vez de elecciones.
La opinión pública internacional creyó en ese pronóstico de los medios, pues lo único que se podía mirar en la televisión y leer en la prensa escrita, eran las noticias sobre los atentados de los “insurgentes”. Y hasta llamaban “candidatos sin rostro” a los aspirantes a ser elegidos para ejercer los cargos legislativos y gubernamentales, pues se aseguraba que ellos no se presentaban en público y que cuando lo hacían se cubrían la cara, por miedo.
Era mentira. Lo que pasó fue que no se transmitió información balanceada sobre la campaña electoral iraquí, la cual, en realidad, abundó en coloridas y nutridas manifestaciones callejeras, lo mismo que en encendidos discursos de los miles de candidatos, igual que ocurre en cualquier otra parte del mundo.
Pero la verdad terminó por imponerse: en las elecciones iraquíes hubo una participación que rebasó las expectativas más optimistas (se inscribieron más de 100 partidos y votó entre el 60 y el 70 por ciento de los electores), a pesar de que los terroristas hasta en el último momento trataron de sabotearlas e impedirlas y el día de los comicios asesinaron a unas treinta personas, en los mismos lugares de votaciones.
Ahora bien, precisamente por ese desafío heroico que los ciudadanos de Irak —mujeres y hombres, viejos y jóvenes, chiítas y sunnitas— hicieron a las amenazas y a las acciones asesinas de los terroristas, la exitosa celebración de las elecciones del domingo pasado fue ante todo un clamoroso triunfo del pueblo iraquí.
Además, el éxito de estas elecciones demostró que a pesar de todos los factores adversos a la democracia que hay en Irak, cabe la posibilidad de que en este país se forje una nueva forma de vida y de gobierno basada en las libertades individuales y en el ejercicio democrático del poder gubernamental.
Pero sin duda que esa tarea será extraordinariamente difícil. Si no ha sido fácil en Nicaragua, un país que a pesar de su historia de caudillos, dictadores y políticos rufianes tiene tradiciones culturales libertarias, mucho menos que lo pueda ser en Irak donde hay una larga tradición de autocratismo y ahora un renacido absolutismo religioso después de los terribles desmanes del régimen “laico” de Sadam Hussein.
Cabe subrayar al respecto que los ganadores específicos de las elecciones del domingo pasado fueron los partidos de la Alianza Iraquí Unida, cuyos seguidores son musulmanes chiítas que siguen al ayatollah Ali al-Sistani, un personaje que no es precisamente democrático.
Por otra parte, los triunfadores chiítas, que son el 60 por ciento de los más o menos 26 millones de iraquíes, fueron oprimidos por la minoría religiosa sunnita durante la tiranía “republicana” de Saddam Hussein. Y cabe temer, entonces, que los chiítas vengan ahora por la revancha, aparte de que en Irak como en todos los países del Medio Oriente no hay mucho espacio para la democracia, la cual debe basarse incondicionalmente en el pluralismo político y cultural, en la tolerancia religiosa, en el Estado laico, en el respeto a los derechos y garantías del individuo y en la alternancia política y personal en el poder. Por el contrario, el ayatollah Sistani ha dicho claramente que se propone establecer en Irak un Estado teocrático basado en la Sharia, que es la ley derivada del Corán. O sea un régimen como el que hay en Irán.
De manera que no sólo para exterminar a los terroristas, que en su mayoría son extranjeros, es que Estados Unidos tendrá que permanecer en Irak, sino para impedir que el país caiga en una guerra civil de sunnitas contra chiítas y para ayudar a los iraquíes verdaderamente democráticos —que los hay, sin duda, aunque en minoría— en el ingente esfuerzo por construir la democracia en la tierra de Nabucodonosor.

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