Cosas veredes Sancho Amigo
“El Tico” quemó sus naves y quedó anclado en Jinotega
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Hace 60 años Aserrí era una aldea campesina, ubicada a 15 kilómetros de San José, la capital tica, muy poco habitada, pero sus moradores siempre mostraron espíritu de progreso, a tal grado que hoy Aserrí es parte primordial de la ciudad y sus ciudadanos “escupen en rueda” en las reuniones de notables de Costa Rica |
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“El Tico” posa en su restaurante, uno de los más populares de Jinotega.
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Mario Fulvio Espinosa
En ese caserío, hace 75 años, nació don Claudio Bernardo Jiménez Madrigal “El Tico”, cuya vida si se escribiera podría titularse: La Historia de un buen hombre que salió de su tierra con ansias de retorno. Sin embargo, el amor y el aire mágico de Jinotega incendiaron sus naves y ya no intentó volver a su Aserrí de origen”.
Mientras me contaba su vida venían a mi memoria aquellos versos de Atahualpa Yupanqui: “Tú que puedes vuélvete, me dijo el río llorando, los seres que tanto quieres, me dijo, allá te están esperando”. Sin duda alguna, la tragedia de los ríos es no poder regresar al lugar de donde vienen, y aquí cabe señalar que lo peor de la maldición que cayó sobre Samuel Belibeth —según la leyenda del Judío Errante—, no fue la de caminar eternamente y sin descanso, sino el no poder regresar a su lugar de origen.
Estamos exagerando un poco porque eventualmente don Claudio Bernardo pudo visitar Costa Rica, pero su corazón se quedó anclado entre corazones, brumas, bosques y montañas de la bella Jinotega.
ANSIAS CONSTANTES DE LEJANÍAS
“Desde muy joven quise partir, porque efectivamente no tuve muchas oportunidades allá en Aserrí, mi papá era un hombre campesino y mi madre también, y la riqueza que me dejaron fue, ante todo, el amor al trabajo, la buena educación que, incluso los iletrados, deben tener”, dice don Claudio Bernardo.
Pocas personas saben en Jinotega la dirección de don Claudio Bernardo Jiménez Madrigal, pero si usted pregunta por “El Tico” todos “con pelos y señales” le dirán dónde vive y quizás más de lo que uno necesita saber.
“Mi padre era Bernardo Jiménez Madrigal y mi madre Élida Durán, ambos ya difuntos, tuve siete hermanos. Apenas pude terminar la primaria porque la pobreza no me dio opción, ya desde muy joven me ganaba la vida vendiendo en un tramo del Mercado Central de San José, después lo hice en la pulpería de un señor panameño que vivía en El Hatillo. Trataba a toda costa de buscar la vida de manera honrada. Así me fui desenvolviendo, fui fiscal en una empresa de transporte, luego empleado en la cafetería de una estación de transporte.
“Todas esas labores las realicé muy jovencito, ya cuando tenía 17 años me trasladé a la zona bananera de Quepos, en Costa Rica, y no obstante, la humildad de mis labores, llegué a tener en Aserrí, en San José y Quepos, un círculo de amigos que mucho me estimaban”.
EN LA GUERRA DEL CUARENTA Y OCHO
“Estaba trabajando en la zona bananera cuando estalló la famosa guerra del 48, cuyos protagonistas fueron: Teodoro Picado, Calderón Guardia y José Figueres. Aunque no quería, me tuve que involucrar, porque me sacaron de la finca junto con otros compañeros de trabajo y nos tuvieron presos en un retén. ‘¡Si quieren salir tienen que pelear!’ nos amenazaron y como éramos muchachos vimos aquello como un juego, aceptamos el rifle y peleamos.
“Nos insertamos con bastante ánimo, pero sin sabiduría en las filas figueristas, porque yo, al menos, nunca había disparado un tiro y me tocó esa faena y, pues, la llevé a cabo hasta donde pude”.
—¿Cuando triunfa Figueres qué pasó con usted?
Para mí no hubo ninguna recompensa, sencillamente era volver a la vida anterior, pero ahora con problemas políticos y presiones que me obligaron a salir a pie para el norte, pasé por San Carlos, Ciudad Quesada, Arenal y me enmontañé en Poco Sol durante seis meses, en ese lapso logré contactarme con unos nicaragüenses que me trasladaron a Río San Juan.
En Río San Juan tuve un conecte con la Guardia Nacional que me trasladó a San Carlos, yo no tenía papeles ni nada, pero no me los exigieron, aunque me dejaron botado en San Carlos, estuve varios días en esa ciudad hasta que dispuse trasladarme a Granada.
Recuerdo muy bien que viajé en una lancha que se dedicaba a transportar ganado desde un lugar de difícil acceso, en medio de dificultades e incomodidades al fin llegué a Granada. Al día siguiente me vine en ferrocarril para Managua, a la que llegué como a las siete de la noche a una casa en la que me habían recomendado que llegara.
EN LA LOMA DE TISCAPA
Mis planes eran hablar en Managua con el ex presidente Teodoro Picado, que era el secretario del General Anastasio Somoza, “El Viejo” y solicitar ayuda para trasladarme a Venezuela donde planeaba encontrar trabajo y residencia.
—¿Estaba soltero en ese tiempo?
Tendría a la sazón 24 ó 25 años y soltero por los cuatro costados.
—¿Logró entrevistarse con Teodoro Picado?
Entré bien custodiado a la Casa Presidencial de la Loma de Tiscapa y me dieron oportunidad de hablar con él. Le expliqué que iba para Venezuela, Picado me hizo la contraoferta que me quedara, “porque nosotros —me dijo—, volveremos a mandar en Costa Rica y no nos conviene que los combatientes estén muy largo, quédese y entre a la Guardia Nacional en la que tendrá resuelta su vida”. Yo no le acepté la oferta.
Sin embargo, Picado me ayudó a conseguir un empleo en Managua, trabajé unos días en el Hotel Primavera, pero no podía asimilar el calor de la ciudad. Tenía tres meses de trabajar cuando aparecieron tres huéspedes jinoteganos de los cuales sólo uno queda vivo, el señor Luis Chavarría, el otro era don Benjamín Zeledón que fue director de la Policía de Jinotega; el tercero era don Adalberto López, hijo de doña Tránsito López.
Me convencieron que viviera en Jinotega, que esa tierra era de promisión, a esta ciudad llegué el 24 de diciembre de 1952, logré contactarme con una de las personas con las que me habían recomendado que era el doctor Espinoza, luego con una señora guatemalteca que tenía familia en los Llanos de la Cruz.
Me dediqué a trabajar como chofer de una empresa de transporte que iba de Jinotega a Los Robles y de regreso. Los Robles está a ocho o diez kilómetros de Jinotega, ése era todo el trayecto y nada más, porque para más adentro no había carreteras.
Ya una vez que me encarrilé en el trabajo del transporte acepté la oferta de ir a manejar el carro de don Víctor Manuel Castellón, que tenía una hacienda que se llamaba Abisinia. En 1955, don Víctor trajo una camioneta nuevecita a Jinotega, aquello era una novedad, yo manejaba ese vehículo en los viajes que él hacía a la hacienda Abisinia.
Aquéllos eran caminos infernales, era asunto de usar un vehículo de doble transmisión con auxiliar doble y todavía con cuatro cadenas envolviendo cada rueda.
OTRA VEZ METIDO EN LA GUERRA
Me olvidaba decir que en el 54 me detuvo la guardia aquí en Jinotega y me mandaron para Managua. Iba en calidad de “voluntario amarrado” porque se acercaba la revolución del 55 en Costa Rica. Recuerdo que me llevaron a El Coyotepe junto con otros ticos, nos entrenaron y nos llevaron a pelear de nuevo en la Contrarrevolución, llegamos hasta Liberia y de ahí nos devolvieron por mandato de la Organización de Estados Americanos (OEA).
Al regresar estuvimos detenidos en Rivas y en Managua. Cuando por fin nos soltaron me vine de inmediato a Jinotega, fue cuando empecé a trabajar con don Víctor Manuel Castellón.
También estuve trabajando en el transporte del café, pero me dominaba la idea de buscar cómo trabajar por mi cuenta y sin patrones. Inventé poner un cafetín en Jinotega y como tenía amistad con Rigo Núñez, el dueño del restaurante La Plancha, de Managua, me fui a consultarle. “Fijáte Rigo —le dije—, quiero poner en Jinotega un cafetín o una soda o algo así. Bueno, eso está bueno —me dice—.
—¿Andás unos cuatro mil pesos en la bolsa?”
—“No, le digo yo, no ando tanto”.
—“No te preocupés, me dice, yo tengo un negocio que no lo estoy trabajando, te lo llevás para Jinotega, me das tanto y después me pagás”.
—“Ve hombre, le dije, vamos a tantear.
Así fue como empezó a funcionar este negocio que tengo hoy.
"ME QUEDÉ ATADO AL ANCLA DEL AMOR..."
Regresé a Jinotega con la idea de buscar una casa, en ese entonces encontrar una casa de alquiler no era ningún problema porque había gran cantidad de casas desocupadas. Empecé a trabajar con un restaurante que se llamó San José, situado en la calle real.
¿Cuándo es que cede a las exigencias del matrimonio?
Cuando esto ocurrió ya me había casado, tenía una niña, y bueno entonces empecé a trabajar en la casa del señor José María Zelaya, era de San Rafael del Norte ese señor. Trabajaba en una casa que todavía hoy existe y que se llama Pensión Esperanza, ubicada allá por la salida, ahí trabajé varios años, después pasé a trabajar donde hoy es el Bancentro, del parque a la media cuadra.
Al fin logré poner mi propio restaurante, primero le puse San José y después Apanás porque fue cuando se construyó el lago de ese nombre. Aquí había un pintor, muy buen pintor, un muralista que se llamaba Juan Casco, él me pintó un mural del lago.
Pero un día me tocó cambiar de casa y me pasé a este lugar, donde los mismos clientes me insinuaron que debía llamarse Restaurante El Tico. De ahí nació de nuevo mi establecimiento con el nombre de “El Tico” como se mantiene hasta el día de hoy.
¿Nunca más regresó a Costa Rica?
Como Hernán Cortés quemé mis naves para no volver. Definitivamente me quedé atado al ancla del amor de mi esposa y mis hijos. Claro, después pude viajar a Costa Rica en diferentes fechas, pero ya mis padres murieron y mi familia se dispersó.
También ocurre que esta ciudad es un tesoro que, no sé por qué, poco aprecian los nicaragüenses, sus bellezas naturales, su clima delicioso y, sobre todas esas cosas la hospitalidad y la simpatía de su gente sobrepasan el común de otras ciudades.
Aquí está lo que soñé encontrar cuando desde muy joven comencé a caminar en la vida. Vale la pena terminar la jornada en una tierra de promisión como ésta, soy muy estimado por mis amigos, participo en muchas actividades de desarrollo social y además, mis hijos me miman como al más tierno de los tiernos.
GOLONDRINAS Y VERANOS
“Me enamoré de una bella muchacha que me echó un nudo gordiano, ella es Irene Chavarría González con la que engendré seis hermosos buenos hijos”, sostiene don Claudio Bernardo Jiménez Madrigal.
¿Se acuerda de la canción de Gardel que menciona a la “golondrina de un solo verano” con ansias constantes de cielos lejanos? Nos hace recordar don Claudio.
“Mis sueños juveniles eran de golondrina, pero el verano se convirtió en un signo de felicidad en ésta mi Jinotega amada”, afirma.
“Y me quedé sin reservas, como la golondrina del ‘Príncipe feliz’ de Oscar Wilde, para hacer el bien y para convivir con tanta buena gente”∙
LA CARTA DE PRESENTACIÓN
La mejor carta de presentación de “El Tico” Jiménez Madrigal es su don de hacer amigos, a ello contribuyen su carácter alegre, el trato fraterno hacia toda persona, el arte de buen conversador y su apariencia física: mediana estatura, piel blanca requemada por el sol y un rostro de hombre bueno, tranquilo y servicial.
"Me enamoré de una bella muchacha que me echó un nudo gordiano, ella es Irene Chavarría González con la que engendré seis hermosos buenos hijos", sostiene don Claudio Bernardo Jiménez Madrigal.
"¿Se acuerda de la canción de Gardel que menciona a la "golondrina de un solo verano con ansias constantes de cielos lejanos? Nos hace recordar don Claudio.
"Mis sueños juveniles eran de golondrina, pero el verano se convirtió en un signo de felicidad en esta mi Jinotega amada", afirma.
"Y me quedé sin reservas, como la golondrina del "Príncipe Feliz" de Oscar Wilde, para hacer el bien y para convivir con tanta buena gente"∙

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