El reconocimiento a Ernesto Cardenal
Manuel Ernesto Cajina Mister
Estaba dentro, a unos pocos metros de la puerta del Teatro, recién lo había saludado un general retirado que acaba de escribir sus memorias. Me acerqué y le dije, después de un apretón de manos, que aunque yo no era un gran personaje también quería felicitarlo. Sonrió complacido, disfrutando de aquella ironía dicha por un “colado”, pues apenas hace unos minutos me habían regalado una invitación. Me dijo gracias y alzó la mirada en busca del tardío Presidente, quien una hora más tarde, frente a un ya aburrido público, imponía en el pecho del poeta, de apariencia dulce y noble, el apenas justo reconocimiento.
Primero el Presidente dijo algo sobre esencias y experimentos de Ernesto. Inmediatamente, un corpulento ensacado que parecía haber salido de un sarcófago dio lectura de algo que dijo debería ser publicado en La Gaceta, haciendo gala del absurdo protocolo. El poeta dijo luego que era un inmerecido reconocimiento y consecuentemente habló, como él sólo sabe hacerlo, de Rubén.
En el pecho del Padre, más que en ningún otro galardonado, brillaba el pedacito de metal que colgaba de una cinta que llevaba los colores de la Bandera Nacional y abrazó Ernesto al Presidente, a quien antes había llamado compañero de estudios y peleador.
El experimentado maestro de ceremonias agradeció la presencia de la respetable audiencia e invitó al cóctel, olvidando que a continuación seguía una revista cultural, que a ratos parecía desprovista de ensayo y creatividad, salvada por la histriónica interpretación de los cantautores y músicos, quienes en más de una ocasión fruncieron las cejas desaprobando el destino del encargado del audio.
Cuando llegó la hora del brindis, intelectuales, escritores, artistas, ministros, ex ministros, militares, ex políticos, funcionarios públicos y no públicos, degustaban quesos, pan y vino.
Un asustado y nervioso muchacho se le acercó al poeta, le pidió que le firmara el programa repartido en la entrada y Ernesto soltó un impensado y seco: después. No sé si el muchacho al final obtuvo aquella rúbrica, no obstante me hizo pensar dos veces el solicitarle al poeta que posara conmigo para una foto, a lo que gustosamente accedió.
Ido el poeta de aquella recepción donde se hablaba de todo menos de su obra y cuando todavía quedaba vino en los cristales y más de una mesero había hecho su morralito para “la terri”, un apresurado funcionario del Teatro ordenó apagar las enormes luces, llamadas arañas de cristal, de aquel salón donde quedaba un anárquica estela de servilletas y migajas que afligían al que a la mañana siguiente tenía que limpiar.
Afuera, ya vacía la plaza de carros de toda marca, un parqueador se repartía con su mujer y toda la familia de ésta lo recaudado en concepto del carro bien cuidado, como suelen decir antes de pedir el pedacito de cartulina sucia y arrugada con valor de diez córdobas.
Media docena de niños harapientos que se habían trasladado del semáforo a ganar horas extras, discutían cómo iban a repartirse la moneda de cinco pesos que les había dado el chele de una camioneta, mientras la mujer del parqueador, que se había quedado rezagada por orinar detrás de un poste, se apuraba a donde la esperaba su marido, a quien le dijo que esta chochada iba a estar “más buena”, porque el que estaba de cumpleaños era el viejito que remedaba el gordo imitador que se presentaba antes en la feria, el viejito que había escrito aquello que vos me pusiste en un papel cuando te corté y que me dijiste que vos habías hecho. Ah... el epigrama, contestó.
El autor es promotor artístico / director de Cajina´s Enterprise.

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