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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / VIERNES 28 DE ENERO DE 2005
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Fanor Téllez*

Llego a pensar que escribo para la era cristiana
y espero el regocijo de la libertad en este
u otro rostro. En realidad quiero pulsar
si comemos manjar sólido y crecemos
y nos fortalecemos tanto, que rebasamos
los bordes del vaticinio, la completa visión del tiempo
donde recibimos sosiego de no necesitar más nada
como solicitamos a menudo en la historia, señales
y revelaciones directas. Pero no es así. Más bien
se queda uno regateando como Abraham, por si
se detiene la ira, pues queremos provocar un vuelco,
un verdor, no la incineración de la ciudad.
Nos parece dejar colgada la guitarra, aun si cantamos,
porque le decimos al cautivo, que debe morir.
Que ya no haga nada, que él no puede solo,
porque la vida vendrá hasta su montón de huesos
por su propia iniciativa. Y le resbala.
Se piensa en Ezequiel. Pero concluyo,
no se puede ser jamás el de las grandes simpatías.
Las grandes simpatías quieren un canto
de seguir siendo lo mismo —nihil novum sub sole—
De hecho, al enfermo le decimos lo que oyó con desconcierto
Nicodemo: que debe nacer de nuevo. Uno ve a Saulo
convertido en Pablo. La situación del hombre moderno
lejos del Mesías, es la misma de a la puerta de salida del jardín.
El hombre actual es el mismo antiguo destituido Adán.
Por eso para Apollinaire todo parecía antiguo como Grecia
y Roma y sólo el Papa es moderno. Por eso también, viendo
el tiempo contemporáneo, el viejo poeta Mario nos decía:
La Era Cristiana era cristiana. La cosa es
que sólo Cristo es nuevo, esto es lo que decimos.
Y no hay otro modo de ser nuevo, sino en él.
Por decir cosas como ésta el mundo te ve de menos
y nunca brillarás entre las novedades de la multitud ajena.
La era cristiana es aquella tierra en la que aventamos la semilla.
En palabras más sencillas: cada hombre al que decimos
hay que nacer de nuevo, hay que nacer de arriba.
Ese es la era, pero en uno crece y vive
y en otro la lluvia, el sol, los pájaros, el viento...

* (Nicaragua, 1944). Entre sus poemarios están: La vida hurtada, Los dones del peregrino, El sitial de la vigilia.  
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Dos epitafios


Mujer


Era


Lugar