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Joaquín Pasos o la maestría creadora de la juventud

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Joaquín Pasos.

 

Jorge Eduardo Arellano*

I. Presentación de nuestro “Adonais”

La poesía de Joaquín Pasos fue la primera de su generación que maduró totalmente, alcanzando la maestría. Cuando Pablo Antonio Cuadra publicaba su Canto temporal (1943) y José Coronel Urtecho se debatía en su etapa surrealista, Joaquín estaba a punto de culminar una obra perdurable creada antes de los treinta años, es decir, en plena juventud. Como el caso de Vicente Huidobro, a cuya teoría estética se adhirió sin fanatismo, la última define su personalidad, porque él siempre sería un joven que, con amorosa facultad de adivinación, haría milagros con la poesía; por eso tituló Poemas de un joven (1962) el libro en que Ernesto Cardenal, a quince años de fallecido Joaquín, dejaría reunida casi toda su producción. Pero ya antes Pablo Antonio Cuadra lo ubicaba entre los cinco poetas más representativos de Hispanoamérica. (Los otros eran el peruano César Vallejos, el chileno Pablo Neruda, el argentino Ricardo Molinari y el mexicano Octavio Paz).

En efecto, desde 1943 —cuando Joaquín tenía 29 años— fueron escogidas las muestras de su inagotable madurez poética para representar al Movimiento Nicaragüense de Vanguardia y Post-vanguardia, del que había sido su más alegre miembro y benjamín. Pero su poesía no era poesía de juventud sino juventud hecha poesía, dotada como nadie para la invención admirable y el fino humor. Incluso, el Canto de guerra de las cosas —su poema culminante— es la muerte joven, la violencia dramática antes de tiempo: “el futuro envuelto en papel de estaño”. Presentamos, pues, al joven permanente de los poetas nicaragüenses contemporáneos, a nuestro “Adonais”, con sus propios versos: “Aquí estoy, y sonrío alto, muy alto. /Con los cinco dedos de mi libertad saco las cuentas de mis viajes. /Aquí estoy trémulo y jubiloso con el corazón de un niño...”



II. Esbozo biográfico

Lo que Octavio Paz escribió a propósito del poeta portugués Fernando Pessoa (“Los poetas no tienen biografía; su obra es su biografía”) es aplicable perfectamente al caso de Joaquín Pasos. Porque la vida de éste, más que en hechos y anécdotas, está en sus poemas; de ahí que sea poco lo que se pueda saber de ella.

Nacido en Granada el 14 de mayo de 1914, se formó en el Colegio Centroamérica hasta bachillerarse. Anteriormente había estudiado parte de la primaria en el centro escolar de una apreciable y recordada profesora de la ciudad, a la que dedicaría —años más tarde— su poema ocasional La era de la Carmela Noguera. Por consiguiente, la presencia granadina —con el muelle de su puerto lacustre y el kiosko de su Parque Colón, las niñas estudiando piano a las diez de la mañana y los cocoteros, a medianoche, temblando bajo la luna— se halla presente en sus inicios poéticos.

Estos se remontan a sus catorce años cuando residía temporalmente en Managua. Allí, a mediados de 1928, leyó cinco Parques de José Coronel Urtecho, publicados en una revista dirigida por su hermano Luis Pasos Argüello, Luis Alberto Cabrales y José Coronel Urtecho. Tanto le impresionaron que los omitió en tres de sus primeros poemas: Prólogo, Motivos de blanco y negro y Con neblina, aparecidos a los pocos meses en El Diario Nicaragüense. Dichos textos motivaron el comentario anónimo (“Cenáculo de Poetas Jóvenes en Managua”), donde se afirmaba que la generación recién salida de la infancia había respondido a la invitación de aventura y exploración que se advertía en aquella “peligrosa poesía vanguardista”, introducida por Coronel Urtecho desde 1927.

Su examen oral para obtener el título de Bachiller en Ciencias y Letras se efectuó el 14 de mayo de 1932, cuando cumplía los dieciocho años, de las dos a las cinco de la tarde, comprendiendo los siguientes temas: Números primos en Aritmética Razonada, Ecuaciones de segundo grado en Álgebra, Teorema de Pitágoras en Geometría, Teoría de las fuerzas en Física, La libertad humana en Filosofía, El pronombre en Gramática, La versificación en Literatura, La geodinámica en Geología, El aparato digestivo en Fisiología y El pueblo hebreo en Historia. Al día siguiente, el tribunal procedió al examen escrito habiendo escogido el examinando el tema Siglo de oro de la literatura castellana.

Dentro de su permanente y regocijada actividad en el desarrollo del Movimiento de Vanguardia, Joaquín usó su heterónimo Juan Argüelles Darmstadt y se inscribió en una mesa electoral —a finales de 1932— como poeta. Sin duda, era el primero de los nicaragüenses que declaraba ese oficio. Sus heterónimos (pues también había inventado el de Pedro Ortiz) procedían de su humor: servían para tomar el pelo, para epater l´ burgeois; no tienen, como en el caso de Pessoa, origen neurótico-psíquico.

1932 fue el año de su floración vanguardista, rica en vivencias literarias. Algunos lo toman muy en serio, como Pedro J. Cuadra Ch., director de El Diario Nicaragüense, quien le dedica unas glosas de sus artículos combativos en un pequeño libro: Puntos de literatura. De 1933 a 1934, mientras colabora en Suplemento, La Reacción y La Voz de Oriente, estudia Derecho en su ciudad natal. Pero en 1935 se trasladó a Managua para proseguir su carrera. Labora y colabora en varias revistas: Opera bufa 1938, Centro, Los Lunes de la Nueva Prensa (donde tiene a su cargo las sesiones fijas “Laboratorio” y “Manicomio”). Termina su quinto curso de Derecho en la Universidad Central, pero no se preocupa por obtener el título. Viaja por avión a San José de Costa Rica en busca del libro Todo puede suceder de George y Helen Papashvily. Su familia le arregla sus cosas personales en casa de una novia, con la que nunca contrae matrimonio; en cambio, tiene un hijo con otra. La dipsomanía le hostiga, prepara su agonía; y el 20 de enero de 1947, cuatro meses antes de cumplir los 33 años, se le acaba la vida.

Había dejado corregidas las pruebas de una selección poética Breve suma (Managua, Editorial Nuevos Horizontes). Y un traductor de poesía francesa y japonesa, china y africana; un cuentista (su cuento El ángel pobre debe figurar en todas las antologías centroamericanas), un ensayista, un humorista y un poeta excelente había desaparecido.



III. Su cualidad anticipadora

Sin embargo, el valor de la obra que legaba —especialmente el de sus poemas— no desaparecería, resistiendo contra el tiempo. Desde esta perspectiva, podemos mirar y medir mejor su cualidad anticipadora. Varias corrientes que surgieron caudalosamente, años después de su fallecimiento, tienen en la poesía de Joaquín, anticipos sorprendentes.

La “antipoesía” —inaugurada por el chileno Nicanor Parra y que se presentó en los años cincuenta como un camino nuevo y la expresión misma del tiempo y el hombre hispanoamericano actual— se destaca fácilmente en sus poemas. Basta leer Poema a pie, Muchacho, Oda a Bruno Mongalo, Perrito y Dejadlo todo —escritos antes de 1940— para rendirse cuenta de sus elementos desmitificadores y del uso de lo prosaico con sentido satírico. Ni lo más representativo de Parra —se ha dicho— lo supera.

En la ironía de Joaquín —corrosivamente antiburguesa— comienza a concentrarse la sátira en que mojará su pluma rebelde, crítica y epigramática, la llamada “Generación del 40” de la nueva poesía nicaragüense, integrada por Ernesto Mejía Sánchez (1923-1985), Carlos Martínez Rivas (1924-1998) y Ernesto Cardenal (1925).

En el estómago de la India caída en el mercado se encuentra toda una herencia de protesta que, con los años, sería bandera combatiente de poesía en toda Hispanoamérica. Y en Misterio de indio —su colección poemática más profunda y unitaria— inicia un nuevo camino poético: su descubrimiento integrador de la identidad hispanoamericana. Finalmente, el Canto de guerra de las cosas es una predicción —a la manera kafkiana— de la condición desgarrada y desolada del hombre que va a nacer después de la Segunda Guerra Mundial, el hombre atómico, el hombre del mundo técnico, hecho cosa; del hombre planificado por la civilización de las superpotencias: “El agua es la única eternidad de la sangre. /Su fuerza, hecha sangre. Su inquietud hecha sangre. /Su violento anhelo de viento y cielo /hecho sangre. /Mañana dirán que la sangre se hizo polvo, /mañana estará seca la sangre...”



IV. Sus dos fases creadoras

Dentro de su evolución creadora, se distinguen dos fases: la adolescente, que abarca de 1928 a 1935, gestada entre los catorce y veintiún años de edad; y la juvenil propiamente dicha, a partir del último año. Mientras en la primera sólo revela un amplio poder de asimilación de ciertos poetas modernos (Paul Morand, Valery Larbaud, Phillipe Soupault, J. J. Van Doren, Rafael Alberti y Gerardo Diego), en la segunda —yendo más allá de sus fuentes— logra la originalidad plena.

A la primera fase pertenecen canciones inspiradas en modelos alemanes e ingleses, y especialmente españoles. Una de ellas, Frutamar, acusa juego de palabras o aliteraciones semejantes a las frecuentes en España durante esos años: “Borda el viento en barlovento /bárbara, baranda, bar, /de nuevo el olor del viento /me trae el olor del mar”.

Entonces el poeta ya planificaba su poesía con una conciencia erudita, por ejemplo en su Lullaby for a girl, canción de cuna de inimitable musicalidad a base del gerundio final de cada verso y del estribillo con que cierra cada estrofa. Pero nuestro propósito no es revelar los mecanismos subyacentes en la poesía de Joaquín, tarea que han llevado a cabo diversos críticos. Lo que deseamos es referir la abundancia de ellos, consistentes en correlaciones y paralelismos, “verbos de movimiento” y “adjetivos de situación”, versos anafóricos y bimembraciones endecasílabas, técnicas de dispersión y recolección, imágenes sucesivas y gemelas, etc. A través de su eficaz uso, resultó precoz y sabio, lúdico, hábil en ritmo y plasticidad. Obsesionado por los viajes, la pasión geográfica y la juguetería, imbuido de humor de filiación subreal y de pureza realista, se empeñaba en la función sustantiva de crear objetos, cosas, en su conciencia. Lúcida y diafanamente, trascendía el creacionismo de su admirado y cuestionado —a principios de los años cuarenta— gran poeta chileno.



V. Sus simpatías temáticas

Con esa toma de conciencia poética, Joaquín tuvo ángel, genio e ingenio para cultivar —entre otras simpatías temáticas— el uso de la fealdad con sentido burlesco, la sátira del lugar común y de las costumbres familiares, burguesas; la arborización nativa y la ternura del amor adolescente que llegaría a obtener niveles de extraordinaria intensidad y perfección clásicas en sus Poemas de un joven que no ha amado nunca. Pensamos en Despedida e Imagen de la niña del pelo, en Construcción de tu cuerpo, Invento de un nuevo beso y Poema inmenso, dechado de asonancias: “En estas tardes tu perfil no tiene línea precisa /pues no hay un límite en tu gesto para el principio de tu sonrisa...”

También se apropió instintivamente la lengua inglesa para infundir vida a sus mutta parola en los Poemas de un joven que no sabe inglés, once en total, con los cuales realizó el segundo aporte nicaragüense (el primero fue Tropical town and other poems en 1918, de Salomón de la Selva) a ese idioma.

Por otro lado, absorbió la esencia telúrica en aquellos textos cuyo contenido le permitieron luego titular Misterio indio, poemario asistido por la compenetración del hombre tierra y una humanísima solidaridad. Igualmente, fundamentaba la identidad nacional en función de la herencia hispánica y el rechazo de la intervención norteamericana. Llevando a la práctica uno de los lemas-guías del movimiento nicaragüense de vanguardia y post-vanguardia, tomado de Jean Cocteau (“Bien canta el poeta cuando canta posado en su árbol genealógico”), Joaquín escribió su famosa proclama “Desocupación pronta, y si es necesario violenta”.

Pero, tras el definitivo fracaso en Nicaragua de una restauración política de signo patriarcal y corporativista —que impulsó decididamente con sus compañeros—, más la crisis espiritual desencadenada por la Segunda Guerra Mundial, llegó a compartir el dolor y la amargura, a calar en experiencias más hondas: la desacralización del yo y el desgarramiento interior, el tributo a la realidad cósmica, el presentimiento de la muerte —llegando, incluso, a hablar después de ella: post-mortem— y la destrucción apocalíptica.

Tales elementos conforman el Canto de guerra de las cosas, su testamento: “Cuando lleguéis a viejos, respetaréis la piedra, /si es que llegáis a viejos, /si es que entonces quedó alguna piedra...”. Por algo este gran poema posee —según el uruguayo Mario Benedetti— no menos hondura que el Sermón de la muerte de César Vallejo, las Alturas de Macchu Picchu de Pablo Neruda y el Soliloquio de individuo de Nicanor Parra. Julio Valle-Castillo, retomando este parangón, le encuentra “más intensidad y desgarramiento, calado y calidad artística”. Y por algo también esa obra maestra —de acuerdo con el italiano Orestes Macrí— plantea la salvación total del hombre, resultando más elemental y emotiva que The waste land de T. S. Elliot.

* (Académico de la lengua)

[Resumen del estudio Poesía y esbozo geográfico de Joaquín Pasos (1968)]



Cuatro

de Joaquín Pasos
Cerrando estoy mi cuerpo con las cuatro paredes,
en las cuatro ventanas que tu cuerpo me abrió.
Estoy quedando solo con mis cuatro silencios
el tuyo, el mío, el del aire, el de Dios.

Voy bajando tranquilo por mis cuatro escaleras,
voy bajando por dentro, muy adentro de yo,
donde están cuatro veces cuatro campos muy grandes.
Por dentro, muy adentro, ¡qué ancho soy!

Y qué pequeña que eres con tus cuatro reales,
con tus cuatro vestidos hechos en Nueva York.
Vas quedando desnuda y pobre ante mis ojos;
cuatro veces te quise; cuatro veces ya no.

Estoy cerrando mi alma, ya no me asomo a verte,
ya no te veo el aire que te diera mi amor;
voy bajando tranquilo con mis cuatro cariños:
el otro, el mío, el del aire, el de Dios.  
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Joaquín Pasos o la maestría creadora de la juventud


La Prensa Literaria