La maldición de Babel
Desde los antiguos y lejanos tiempos de la Torre de Babel, el pueblo de ese país que ahora se llama Irak pareciera estar condenado a una inexorable maldición divina que lo ha destinado a vivir en la violencia, el atraso y la pobreza, a pesar de que es poseedor de una cultura milenaria y de tener un territorio lleno de riquezas materiales.
Se cuenta en el Antiguo Testamento de la Biblia que en un alarde de soberbia los babilonios quisieron construir una torre que llegara hasta el cielo, pero como castigo a su arrogancia Dios confundió sus lenguas y los dispersó por todo el mundo. Históricamente, los investigadores han comprobado que la Torre de Babel existió en realidad, que fue construida por primera vez unos tres mil años antes de Cristo, destruida varias veces por los distintos invasores, reconstruida en el mismo lugar en otras tantas ocasiones, hasta que el rey persa Jerjes I destruyó definitivamente la torre, en el año 469 antes de Cristo, que es cuando según la Biblia habría bajado Dios para verla y castigar a los arrogantes hombres que la habían construido para desafiarlo.
Historia o leyenda, que en los casos de los pueblos antiguos suelen mezclarse, lo cierto es que una de las más recurrentes manifestaciones de la maldición de Babel —o de un infortunado sino histórico, que para el caso es lo mismo— ha sido la invasión extranjera que ha sufrido siempre el pueblo babilónico o iraquí. Invasión que hoy es estadounidense pero que ayer fue británica y antes árabe, griega, persa, asiria, aramea, hitita, etc.
El pueblo iraquí ha tenido en diversas ocasiones históricas la oportunidad de poner fin a esa maldición, o sea que ha podido salir del atraso y la pobreza y emprender el camino del desarrollo, pero siempre las ha desperdiciado lastimosamente. Es parecido al caso del pueblo de Nicaragua, que también ha desaprovechado buenas oportunidades históricas por seguir a caudillos aventureros, demagogos y ladrones.
Ahora, dos años después de que Estados Unidos y algunos países aliados lo ayudaron con una invasión militar a sacudirse la tiranía sangrienta del caudillo Saddam Hussein, el pueblo iraquí ha tenido y tiene todavía otra magnífica oportunidad para salir del hoyo en que se encuentra, una vez más como desde hace cinco mil años. En este caso nos referimos a las elecciones nacionales programadas para mañana, mediante las cuales los iraquíes podrían elegir a sus autoridades gubernamentales, incluyendo a una Asamblea Constituyente que dictaría la nueva constitución del Estado.
Ésta no es una elección común y corriente, sino una disyuntiva entre seguir sometidos a terroristas iraquíes y extranjeros que quieren mantener al país en el atraso y la pobreza, o escoger una nueva vida democrática y libre, inclusive de ocupantes extranjeros, los que se irían del país en cuanto la situación comience a estabilizarse.
La expectativa de los periodistas de todo el mundo acerca de las elecciones en Irak, no va más allá de cuál podría ser la magnitud del baño de sangre que supuestamente habrá mañana, y el consiguiente fracaso de los comicios. En realidad, el desborde de la violencia terrorista amenaza gravemente la celebración de las votaciones. El jefe extranjero (jordano) de los terroristas iraquíes , Abu Musab al-Zarkawi, anunció que “los francotiradores entrenados estarán listos para abatir a los apóstatas (votantes) que se dirijan a los puestos electorales. La democracia es un principio maléfico que no vamos a permitir en Irak”, aseguró el sanguinario líder terrorista.
Por eso decimos que la votación de mañana no se puede ver como una simple escogencia de autoridades. Es una elección entre la vida y la muerte, entre el terror y la seguridad pública, entre la democracia y la tiranía, entre la libertad y la esclavitud, entre el progreso y el oscurantismo.
El éxito de las elecciones de mañana significaría también la pronta salida de las tropas extranjeras, así como el comienzo de la reconstrucción nacional y de una nueva vida determinada por los mismos iraquíes. Aunque quien sabe. Con esas creencias fundamentalistas , costumbres políticas autoritarias y tradiciones nacionales intolerantes, no es posible asegurar que los iraquíes podrían salir adelante sin ayuda extranjera.

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