Orfeo y Eurídice (2)
Luis Sánchez S.
Como recordarán quienes leyeron la semana pasada, en esta misma columna, lo que escribí sobre Orfeo y Eurídice; y como lo saben quienes conocen esta conmovedora leyenda de amor de la mitología griega, la bella ninfa Eurídice murió poco tiempo después de haberse casado con Orfeo, víctima de la mortal mordedura de una serpiente venenosa.
Orfeo, quien entre otras cosas era un músico divino que hacía maravillas con su melodiosa voz y con la Lira que le dio el mismo Apolo, bajó al mundo de los muertos para convencer a Plutón —el dios de las tinieblas eternas— para que le devolviera a su amada Eurídice. Accedió Plutón, hechizado por la música de Orfeo e impresionado por su amor sin límites a Eurídice, pero con la condición de que durante el regreso a la superficie de la Tierra —es decir, a la vida—, Orfeo no debía volverse hacia atrás para mirar a su mujer, so pena de perderla para siempre.
Pero cuando la pareja, uno delante de la otra, ya casi llegaban a la luz, Orfeo, que tanto amaba a su mujer y ansiaba desesperadamente abrazarla y poseerla, cedió a su febril impaciencia, se detuvo, dio la vuelta y miró el bello rostro de su amada. Entonces Eurídice comenzó a desvanecerse, como una sombra. Orfeo se abalanzó sobre ella queriendo impedir que desapareciera. Pero fue en vano: sus manos se perdieron en el vacío, la imagen de Eurídice desapareció y sólo se oyó una voz que como un eco desfalleciente decía: “Adiós amado mío, nunca me olvides”.
Orfeo trató de entrar nuevamente en el Infierno, para ver a Plutón y rogarle que lo perdonara y le devolviera otra vez a su amada. Creía Orfeo que con su divina música volvería a conmover al dios de la muerte, que lo persuadiría de que fue por su excesivo amor, el más grande que jamás hubo en la Tierra y en el Cielo, que violó el compromiso de no volver la mirada hacia atrás para ver el rostro de su amada.
Pero fue en vano. Inclusive, Caronte, el barquero del río del Infierno (Aqueronte), se negó a pasarlo de una orilla a la otra. El Cancerbero —la terrible bestia de tres cabezas que guarda las puertas del mundo de los muertos para que nadie se escape, y para que tampoco nadie a quien no le haya llegado su hora pueda entrar—, se mostró inconmovible ante la encantadora música de Orfeo. Durante siete días con sus noches permaneció Orfeo tirado a la orilla del Aqueronte, llorando sin consuelo, consumiéndose de dolor, queriendo morir también para poder juntarse, aunque fuera como almas muertas, con Eurídice.
Orfeo regresó a la Tierra, se fue a su patria, Tracia y se aisló en el monte Rodope, sólo acompañado por los animales salvajes a los que amansaba con la música de su Lira y con su maravilloso y ahora lastimoso canto.
De todas partes llegaban las mujeres más lindas para tratar de consolarlo, endulzar sus añoranzas, convencerlo de que volviera a amar. Pero Orfeo no recibía a ninguna. Hasta que un día, durante las fiestas de Dionisos (Baco) que él mismo —Orfeo— estableció, las Ménades (Bacantes) enfurecidas por su desprecio lo atacaron, lo mataron, destrozaron su cuerpo y esparcieron sus pedazos por todo el mundo.
Y cuenta la leyenda que los dioses recuperaron el instrumento musical que Apolo le había dado a Orfeo, y lo colocaron en el firmamento donde permanece hasta ahora y para siempre como una constelación llamada Lira.

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