VIERNES 28 DE ENERO DEL 2005 / EDICION No. 23706 / ACTUALIZADA 1:26 am





EL HUMOR DE




Entre la desesperanza y el cambio

Guillermo Rothschuh Villanueva*

Durante muchos años audiencias y medios criticaban la formación que las universidades brindaban a las personas que eran formadas en el campo profesional de la comunicación o del periodismo. Las principales acusaciones provenían de que su formación no se correspondía ni con los intereses del medio ni con los intereses de la sociedad. Existía una doble falla que se traducía en detrimento de la calidad de los medios y del propio ejercicio profesional.

En un esfuerzo de receptividad las escuelas y facultades de comunicación multiplicaron sus energías para mejorar sus planes y programas de estudios, introducir un sistema de investigación social, programas de derechos humanos, reformular los procesos de enseñanza y aprendizaje, incluir la ética no sólo como una materia sino también como parte de las preocupaciones centrales que debían procurar servirse como un eje transversal para mejorar la calidad de la respuesta en materia de valores que la universidad debía brindar en una sociedad en permanente y deficitario proceso de creación y respeto a la incipiente institucionalidad democrática del país. En fin, volver riguroso el proceso de enseñanza-aprendizaje de la comunicación por sus amplias y sensibles repercusiones para la vida del país.

Para dar respuesta a estas demandas al menos la Universidad Centroamericana entró de lleno a un cambio sustancial de sus planes curriculares. La investigación, la proyección social y la enseñanza de la ética y su discusión permanente pasaron a formar parte de la vida cotidiana de la Facultad de Ciencias de la Comunicación. Puedo aseverar con seguridad que desde entonces hemos mejorado y que los estudiantes que salen de nuestras aulas lo hacen con una mejor preparación para hacer frente a los retos y desafíos que les plantea el actual ejercicio profesional en Nicaragua.

Planteo todo lo anterior por la crisis que han generado la mayoría de las televisoras nacionales al incluir como parte sustancial de su programación informativa la nota roja. Desde hace meses la principal competencia entre las televisoras es quién presenta el programa más estremecedor y tremebundo de los noticieros televisivos. Pocos han escapado a esta tentación. Avis rarix son los canales 4, 12 y 23. El resto se regodea por presentar una Nicaragua sacudida por los conflictos cotidianos salpicados de sangre y reyertas callejeras. Por la intensidad con que lo plantean y la competencia en que se enfrascan las estaciones de televisión pareciera que en Nicaragua no existiera otro tipo de información.

Lo grave de este tipo de programas es por la forma en que inciden en la vida cotidiana de los nicaragüenses y su violación abierta a los códigos de ética. No hay freno posible para contener sus abusos y atemperar sus propuestas. La razón fundamental obedece al carácter absoluto que ha adquirido el mercado en donde para dueños, directores y periodistas lo importante es el rating no importa el precio que tenga que pagar esta sociedad. Se obvian los problemas culturales que esto plantea y se constriñe al mínimo la agenda con la que trabajan.

Lo que evidencian es una competencia abierta por presentar los antivalores de esta sociedad y el problema se acrecienta debido a que siendo la televisión la principal agencia socializadora contemporánea y habiendo desplazado a la escuela y a la Iglesia como el principal dispositivo educativo las consecuencias que se derivan de este hecho son aterradoras. La televisión marca no sólo el ritmo cotidiano de los hogares nicaragüenses, es su principal fuente de referencia en todos los órdenes. La televisión se ha erigido en el bien más preciado de nuestras sociedades. Ha desplazado al refrigerador como el principal electrodoméstico, con un agravante: cuando una sociedad debido a su empobrecimiento disminuye el consumo de proteínas y calorías aumenta el consumo de bienes simbólicos, un hecho comprobable a través de las encuestas de opinión realizadas en el país, que certifican que el consumo de 4 a 6 horas de televisión es la ración diaria de un 45 por ciento de la población nicaragüense.

Pero lo más dramático y triste de esta aventura es que cuando los canales de televisión decidieron cambiar lo hicieron para retroceder y no para avanzar, para desmejorar la programación televisiva y no para mejorarla. Esta actitud es una muestra palpable de la carrera desenfrenada impuesta por el mercado olvidándose que para que una sociedad crezca sana y equilibrada hace falta, mucha falta, ofrecerle otro tipo de oferta televisiva que compense los graves desbalances y desequilibrios que provoca la actual propuesta televisiva. Siempre se ha criticado que los medios tienen una agenda constreñida a lo político y que hacía falta abrirla hacia otros campos o esferas, la económica, ecológica, turística, educativa y cultural. Peor drama no podría haber ocurrido.

Lo que debe concitar la atención de los nicaragüenses es el tipo de valores que se recrean y los modelos de comportamiento que ofrece la televisión. ¿Que tipo de ciudadano estaremos forjando? Cuando la competencia entre los medios es para mostrar las peores lacras de nuestra sociedad, ¿de qué manera se está incidiendo en la conducta del resto de la sociedad nicaragüense? Cuando lo que se ve es la agresión verbal y física y ésta se recrea como un hecho común, ¿qué tipo de incidencia y ciudadano estamos moldeando?

Es lastimosa la forma en que los dueños y directores de programa se disputan el primer lugar para ver quién presenta lo peor. Y no es que las notas de sucesos no merezcan una atención importante en la programación televisiva. Esto no se discute ni cuestiona. Lo que se condena y critica es la manera en que se aborda la nota roja en Nicaragua. Los principios constitucionales son violentados. Los medios deben estar al servicio de la nación. Su principal apuesta debería consistir en poner en perspectiva a Nicaragua y trazarle nuevos caminos. Pero esto no ocurre. Esta actitud genera una contradicción terrible. Cómo pedir exoneraciones al Gobierno si lo que se ofrece por la televisión empobrece culturalmente a esta sociedad y en nada contribuye al desarrollo de la nación, como lo demanda el artículo constitucional. Si la lucha por el mercado es obtener mayores ganancias a costa de sacrificar calidad en la programación, mejor argumento no pueden tener los legisladores para justificar la eliminación de las exoneraciones fiscales a los medios de comunicación.

Estamos frente a una verdadera crisis de valores planteada a través de las pantallas televisivas. A la Facultad de Ciencias de la Comunicación esto no deja de preocuparle y de meterla en un contrasentido. Mientras la academia se preocupa por dar un nuevo tipo de formación profesional a los periodistas y mejorar sus estándares profesionales afuera, los críticos de toda una vida hacen todo lo contrario. Nosotros por nuestra parte continuaremos haciendo esfuerzos por mejorar la calidad de la enseñanza, continuaremos criticando estos desaciertos e insistiremos en que con el periodismo investigativo se abre la posibilidad de hacer un nuevo periodismo en Nicaragua, más vigoroso y atento a los problemas más acuciantes de nuestra sociedad. Nosotros queremos que a través de este nuevo periodismo se amplíe la agenda de los diferentes medios. Nicaragua merece algo mejor. A nosotros como universidad nos corresponde hacer lo propio sin complejos ni inhibiciones. Apostamos por un periodismo que haga de la investigación de los hechos, en su propia naturaleza y complejidad, el símbolo del nuevo periodismo nicaragüense.

* El autor es decano de la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la UCA
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