MARTES 25 DE ENERO DEL 2005 / EDICION No. 23703 / ACTUALIZADA 03:00 am





EL HUMOR DE




En memoria de María José

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Joshy Amanda Castillo Torres

Escribo hoy de María José Bravo no para hablar del tema del juicio, sino de la mujer, la madre, la amiga, la estudiante de postgrado y de la periodista.

Cuando Olga Moraga me invitó a participar en el postgrado sobre Comunicación y Derechos de la Niñez, el año pasado, no me imaginé la grata experiencia que viviría durante los seis meses que duró el mismo.

La gran camaradería que logramos entre las mujeres (fuimos la mayoría) fue de inmediato. Éramos 28 mujeres y 6 hombres, de distintos medios y zonas del país, unidas en un solo quehacer: el periodismo.

Allí estuvieron Maylin, Azucena, Aleyda, Milagros, Gretchen y yo, quienes conformamos el primer grupo de trabajo, las chicas de la Procuraduría de la Niñez; Carlita, Gilda y Sarita, del Ministerio del Trabajo; Melissa y Cristina, del Diario Hoy; Claudia Rivas, Laurita Valle, quien asistió con su bebé desde el primer sábado; Marbellí de Chontales, que nos llevó quesillos todos los sábados; María Eugenia a quien elegimos presidenta del grupo por unanimidad; Paula Campos, chilena; Michell Wong, Ana Clemencia, única con sus ocurrencias; Raúl Oviedo, César Paiz, quien viajaba desde Somoto cada sábado y a veces hasta se quedaba dormido a media clase por las desveladas de la madrugada; Mirna y Marina, las dos profesoras del grupo; Johnny y por supuesto, las chicas y los chicos de LA PRENSA: Noelia, Fátima, José Luis, Roberto y María José Bravo.

Los grupos se definieron rápidamente: izquierda y derecha, sin la connotación política, sólo por mera ubicación geográfica. María José pertenecía al de la izquierda visto desde el púlpito del profesor.

Llegaba todos los sábados desde Chontales, su tierra natal, dejando en su casa a su hijo de pocos años. Con sus escasos 26 años, María José se perfilaba como una de las periodistas que, siendo uno de los departamentos del país y de los más alejados, había logrado concluir la carrera, conformar una familia con su madre, su hermana y su pequeño hijo y que seguía preparándose para aportar aún más en la conformación de un periodismo serio y más comprometido sobre todo con los acontecimientos de las regiones alejadas de la capital.

Un sábado nos ofreció traernos quesillos el próximo día de clase. La idea surgió luego que Roberto Pérez nos llevó quesillos de su tierra, Nagarote. María José muy orgullosa y retadora prometió llevar quesillos de Chontales para probar que los ríos sí son de leche en esa zona del país y que de allí saldrían los riquísimos quesillos que nos comimos el sábado siguiente.

María José no tenía la personalidad bullanguera de otras, no hablaba estridentemente, no se pasaba papelitos con su vecina de pupitre, pero cuando hablaba nos dejaba asombrada con sus aportes. Como cuando narró el caso del adolescente que violó a su madre y estaba detenido, preso en las mismas celdas de los adultos y cómo ella le hizo ver eso a los jefes policiales, pues contravenía uno de los artículos del Código de la Niñez y de la Adolescencia que establece que deben haber penales o recintos especiales para adolescentes infractores de la ley.

Nos enorgulleció, como grupo, que una de las nuestras, periodista de campo, estuviera poniendo en práctica lo que estábamos aprendiendo en el postgrado de Comunicación y Derechos de la Niñez.

Cargaba siempre una foto de ella con su hijo de 3 años y cuando decidimos abrir una cuenta bancaria en solidaridad con la familia de María José, luego de su asesinato, descubrimos que el beneficiario de la misma era su pequeño hijo. Esa era María José.

Esta historia se parece a muchas de las historias de las mujeres de este país: madres solteras, estudiando con grandes sacrificios, viajando desde lejanas zonas del país para cumplir sus sueños, trabajando en un medio mal pagadas, pero satisfechas porque es parte de su sueño, sólo que con una gran diferencia: María José fue asesinada hace dos meses y medio.

Su sueño de terminar el postgrado no lo pudo realizar porque una bala asesina, enemiga de la verdad, de la libertad de expresión, enemiga de las mujeres y de las periodistas, una bala que tenía su nombre y apellido, le segó la vida cuando las aguas del invierno comienzan a desaparecer. Su sueño de llevar a su hijo del brazo el día de su graduación se lo impidió la ceguera política que como el asesino, la padecen muchos en este país. Su sueño de tener una pareja, un compañero en quien recostar su cabeza cansada, a quien contarle las angustias del día que acaba, se vio truncado por la irracionalidad de los que quieren callar las voces que no hacen juego con su son.

Si María José fuera su hija, su hermana, su prima, su amiga, su compañera de trabajo, ¿le gustaría que el asesino saliera libre?

La autora es periodista.
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