MARTES 25 DE ENERO DEL 2005 / EDICION No. 23703 / ACTUALIZADA 03:00 am





EL HUMOR DE





¿Volverán a matarla?

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. Decisión clave en juicio al matón de El Ayote

María José Bravo, periodista asesinada el nueve de noviembre del 2004.

 

José Adán Silva

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El revólver es un arma de fuego cuyo objetivo es disparar trozos de plomo. Se meten los cartuchos en las cámaras del tambor, el gatillo funciona como un martillete que golpea el fondillo cilíndrico de la bala, y eso activa la pólvora ahí concentrada. Sale el plomo incandescente, en busca de un cuerpo en cual alojarse, porque para eso se hicieron las balas: para alojarse en los cuerpos, para matarlos o destruirlos.

Así de simple y mecánico es el hecho: en el revólver Astra, de manufactura española, serie 42386, calibre 38, había cuatro cartuchos y un casquillo percutado. De ese casquillo salió el plomo incandescente que a las 6:30 de la noche del nueve de noviembre del 2004, ingresó en el cuerpo de María José Bravo, la periodista corresponsal de los diarios LA PRENSA y Hoy.

Esa noche la bala cumplió su misión: en su ruta dentro del cuerpo de María José ingresó de derecha a izquierda, a una altura de 1.27 metros, entre la cuarta y quinta costilla. A su pasó dejó una mancha de quemadura en la piel, lesionó los vasos sanguíneos, cortó la aorta toráxica, lesionó los pulmones y las cavidades cardíacas, hasta alojarse, ya sin fuerza y deformada, a la altura de la octava y novena costillas del lado izquierdo de la joven periodista de 26 años.

EL IMPUTADO

¿Quién es este hombre cuya acción ha escandalizado al periodismo y a la sociedad nicaragüense? Ganadero y de generales conocidas. Cédula 608-151170-0004Q con domicilio en el municipio El Ayote, de donde fue alcalde de hecho desde finales de 1990 hasta el 2000.

En realidad era delegado del Gobierno, pero por sus nexos familiares con miembros de la Resistencia Nicaragüense y ahora aliado al Partido Liberal Constitucionalista, hizo de sus contactos un reinado.

Fue “carnetizado” por la Resistencia Nicaragüense al final de la guerra en 1990, y luego se rearmó junto a una banda bautizada “Chilamate”, una especie de grupo delincuencial que a la vez que pedía cumplimiento a los acuerdos de desmovilización de los ex contras, asaltaba, secuestraba y castigaba a los productores de la zona.

A su conciencia le achacan responsabilidad en la muerte de Mariano Marín, ex candidato a vicealcalde del Partido Conservador, quien murió baleado por el chofer y guardaespaldas del ahora procesado, quien heredó su poder político a su hermano José Luis Hernández, quien jugó como alcalde por el PLC. En El Ayote a los hermanos Hernández, los pobladores los tienen calificados como “peligrosos” con armas en mano. En las elecciones del 2001, en el Consejo Supremo Electoral se registró el nombre de Eugenio Hernández González como tercer candidato a diputado por el Partido Liberal Constitucionalista. No ganó, pero siguió en el partido como activista.

LOS HECHOS

El hecho ocurrió a las 6:30 de la tarde en la salida del Centro de Cómputos de Juigalpa, donde María José daba cobertura a las protestas que hacían simpatizantes de la Alianza por la República (Apre) de Santo Tomás, y del Partido Liberal Constitucionalista (PLC) de Cuapa, enfrentados por los resultados electorales en esos municipios.

La bala que le segó la vida salió del revólver Astra calibre 38 que se encontraba en un bolso rojo propiedad de Eugenio Hernández González. El arma no estaba registrada en los archivos de la Policía Nacional, pero pertenecía a una cuñada de Hernández, quien se la habría dado a vender un año atrás.

El arma de fuego, al momento de ser requisada por la Policía, se encontraba dentro de un bolso rojo propiedad del entonces sospechoso del crimen, junto a ropa y documentos personales. Al momento de su captura, en su primer interrogatorio con la Policía Nacional, el imputado negó la existencia del arma: “Yo en ningún momento he andado armas y desconozco quién fue la persona que disparó”.

Hasta pidió justicia: “Exijo que se busque al culpable, que se vaya a fondo en las investigaciones y cuando investiguen, que lo hagan público, porque quiero quedar limpio”.

Al día siguiente, ya una vez reconocido por testigos del hecho, Hernández cambió su versión. Andaba un arma, pero no la disparó, sino que fue accidental. Su versión dice que él andaba buscando a su esposa, Juana Duarte, quien trabajaba en el Centro de Cómputos del Consejo Supremo Electoral, y que antes de ir a buscarla, colgó el bolso en la malla del colegio donde se estaban revisando las actas de conteo electoral; que el bolso se cayó de la malla y el arma se disparó. “Yo no estaba ni cerca, estaba largo y ni escuché el tiro”, rectificó Hernández en su segunda entrevista policial.

UNA BALA “SALTARINA”

Los resultados de la investigación policial desmintieron la versión del acusado, pero al mismo tiempo crearon asombro por lo inverosímil de la teoría. Efectivamente el arma estaba dentro del bolso, pero no se disparó por accidente. Las pruebas de peritaje químico revelaron la existencia de pólvora en el dorso de la mano izquierda de Hernández, y la inspección mecánica reveló que el arma sólo pudo dispararse por acción de la fuerza humana y no por otra causa.

La distancia del disparo, entre el sitio donde testigos vieron disparar en cuclillas a Hernández, al sitio donde estaba de pie María José, es de aproximadamente tres metros. La teoría policial, luego de las inspecciones y los peritajes, concluyó que la bala que mató a la periodista rebotó dos veces antes de llegar al cuerpo de la víctima.

La teoría de la “bala saltarina” fue sostenida por la Policía Nacional en base al presunto hallazgo de pedazos de concreto y huellas en el andén y muro del colegio, y en base a la trayectoria que tomó el proyectil, de abajo hacia arriba, cosa que contradice el informe forense, que certifica que la bala entró en dirección oblicua y entró de arriba abajo. Esta teoría de la bala saltarina botó la primera versión del comisionado y jefe de la Policía de Chontales, Otilio Duarte, quien habría asegurado que por las huellas de pólvora en el cuerpo de la víctima, el disparo pudo realizarse casi a quemarropa.

LA VÍCTIMA

María José Bravo Sánchez. Licenciada graduada en 1999 en la carrera de Comunicación Social de la Universidad Centroamericana, UCA, donde cursaba un postgrado en medios de comunicación y derechos de la niñez.

Delgada y pelo lacio, ojos negros y sonrisa fácil, aspecto humilde y tímida. Mujer de 26 años, 1.58 metros, soltera y madre de Néstor José Velásquez Bravo, de tres años, “su gordito”.

Residía en Santo Tomás, Chontales, con su madre Elda Antonia Sánchez Vásquez y su hermana Esperanza Sánchez Sevilla, con quien se comunicó 15 minutos antes de su muerte.

El día que la mataron se encontraba reporteando sobre los resultados electorales en su municipio, Santo Tomás.

Apuntes en su libreta indicaban que personas de un partido denunciaban un posible fraude en unas juntas receptoras de votos, a favor del Partido Liberal Constitucionalista, al que pertenecía el autor del disparo y su hermano, alcalde del municipio El Ayote.

Semanas antes del crimen, ella y su familia habían denunciado amenazas de muerte por parte de presuntos miembros de una banda de secuestradores y asaltantes, pero nunca se logró confirmar la denuncia.

¿MARÍA JOSÉ, QUÉ PASÓ?

Personas que figuran en el expediente como testigos del crimen, relataron a los investigadores policiales que a eso de las 6:30 de la tarde, María José salió del recinto electoral con su bolso al hombro y su libreta y grabadora en la mano. Afuera había grupos de personas simpatizantes de varios partidos políticos, esperando los resultados para celebrar o protestar, según fuera el caso.

Claudia del Rosario Miranda, simpatizante de uno de los partidos, se encontraba con unas 12 personas cuando vio salir a la periodista, a quien la llamó con una pregunta: “¿María José, qué pasó?” La periodista la identificó y se dirigió hacia el grupo. Ya cerca, fue rodeada por las personas, quienes la acosaron a preguntas sobre quién iba ganando y cómo estaba el conteo.

Una de ellas cuenta que María José se reía y les dijo: “Déjenme contarles”, pero no pudo hablar más. Se escuchó el sonido de un disparo, como de triquitraque, seco. Ella se quejó con un ¡Ay!, se escuchó un arma caer y la periodista se desvaneció. Sus cosas cayeron al piso, ella fue llevada en una camioneta al Hospital Asunción, de Juigalpa, pero llegó muerta.

Los testigos y otros grupos de personas detectaron a un adolescente que había acompañado a Hernández, escondiendo detrás suyo un bolso rojo que yacía en el suelo. Al autor del disparo, la Policía lo capturó dentro del Centro de Cómputos, a donde había ingresado ayudado por su esposa Juana Duarte Blanco. El adolescente lo “sopló” y aparte de identificar a Hernández, le dijo a la Policía que el bolso y el arma eran de él.

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