DOMINGO 23 DE ENERO DEL 2005 / EDICION No. 23701 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Creencia, incredulidad y... conveniencia

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Rafael Ibarguren

La humanidad contemporánea se debate, como la de todos los tiempos, entre la incredulidad y la fe, navegando en la vastísima gama que va de una a otra.

Entretanto, nunca como hoy la dimensión espiritual ha hecho tanto apelo a las almas sedientas de sobrenatural, precisamente porque el materialismo reinante ejerce su tiranía tácita o explícita. El incienso que los emperadores romanos ofrendaban a los ídolos o se hacían tributar a ellos mismos, hoy se quema en honor del dinero, del gozo, de la moda, etc., como si fuesen valores absolutos. Pocos se atreverían a afirmar que esos valores sean estrictamente divinos, aunque la pleitesía que les es dada lo sugiere. Es que más que buscar a Dios, las almas se buscan a sí mismas.

Desnorteadas por esas vías, las personas llegan a precipitarse sin conciencia en creencias de todo tipo, hasta en las más excéntricas y dañinas, mezclando al ansia idealista de alcanzar la verdad —no necesariamente una verdad objetiva, pero al menos “una verdad” o “mi verdad”, la verdad que me gusta— el interés mezquino. La conveniencia reclama sus derechos... No van, como el ciervo sediento del salmo, a las fuentes de agua pura que proporciona los tesoros de la Sagrada Escritura, de la tradición y del magisterio de la Iglesia.

Otras almas, precisamente en al campo opuesto, persisten en su ateísmo teórico o práctico. En realidad, como no les conviene que exista Dios, lo combaten o simplemente lo ignoran. No es imposible que, si pudiesen endiosarse, se adorarían...

No sé qué es peor, si la irreligión o los cultos hechos a medida.

Hay un soneto atribuido a Santa Teresa de Ávila, genio de las letras castellanas, que muestra, a mi ver, la postura perfecta del alma orante sedienta de Dios. Lo aprendí en los bancos del colegio; desde el primer momento que tomé conocimiento me fascinó y lo memoricé.

Es claro que Santa Teresa tiene ya todos los presupuestos de la religión católica y que es desde el seno de la Iglesia que piensa y escribe. A un islamita o a un budista esos versos por cierto no le dirán nada. Cuando mucho, podrán producirles una agradable sensación estética, nada más.

Pero a nosotros los nicaragüenses, impregnados por la cultura cristiana y occidental y, además, tocados por la gracia de Dios, nos enseñan mucho, lo esencial, lo único. Transcribo el soneto más abajo, seguro de que el lector podrá identificarse con esta oración, hacerla suya. Le pediría que la medite, procurando decirla con el corazón. En realidad más que una pieza literaria es todo un ejercicio espiritual y equivale a un retiro:

No me mueve mi Dios para quererte / El cielo que me tienes prometido;/ Ni me mueve el infierno tan temido / Para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte / Clavado en una cruz y escarnecido / Muéveme el ver tu cuerpo tan herido / Muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme al fin tu amor y en tal manera / Que aunque no hubiera cielo yo te amara / Y aunque no hubiera infierno te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera / Pues aunque lo que espero no esperara / Lo mismo que te quiero, te quisiera.

Después que habló la poesía y la fe, ¿qué más decir?

“Tú me mueves, Señor (...)”, he ahí el acicate de la religión. “No me tienes que dar porque te quiera”, aunque sé que me prometes el ciento por uno en la tierra y además, la vida eterna.

Sólo un consejo a manera de epílogo. Como nadie ama lo que no conoce, para llevar una vida de fe coherente y fervorosa, deberíamos privilegiar la oración, la meditación, el estudio y la práctica religiosa.

¡Ah! ya me iba olvidando de otra cosa que es importante también: tomar cuidado con el “turismo” religioso y el sincretismo doctrinario.

El autor es miembro de la Asociación de Derecho Pontificio Heraldos del Evangelio
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