DOMINGO 23 DE ENERO DEL 2005 / EDICION No. 23701 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Cosas veredes Sancho amigo
Fildeando los recuerdos de Alfredo “Medinita” Araica

Foto  

Luis Alfredo Medina, cultiva flores y su preferida es la llamada “avispa”.

 

Texto y Fotos:Mario Fulvio Espinosa

Corría el año 1948 y eran los días de la Décima Serie Mundial. Nicaragua estrenaba un estadio al que le faltaban y aún le faltan muchos cosas. Dirigía el equipo nacional el cubano Juan Ealo, a quien pronto defenestraron porque no lograba ganar partido. Fue el año en que Anastasio Somoza “El Viejo”, en un acto de soberbia y prepotencia saltó al diamante para dirigir él mismo la debacle, pues solamente se logró una victoria, la obtenida sobre el débil equipo de El Salvador.

Para Luis Alfredo Medina Araica ya habían quedado atrás los años que corría, más que caminaba, por las calles del barrio San José, cargando un canastito de tortillas que vendía en el vecindario para ayudar a su madre, doña María Araica Solís, en el mantenimiento del hogar y la formación de sus ocho hermanos.

Para qué recordar aquellos tristes días, si ahora estaba ahí, en el centro del estadio, dispuesto a fajarse como los hombres con los mejores jugadores de Latinoamérica. “Gracias a mi ‘Colochón’ no tuve nervios, porque siempre iba pensando en él; además, cuando me metía a jugar me llenaba de coraje y mi única intención era ganar”.

PROBLEMAS CON JUAN EALO

“Recuerdo que el juego con Guatemala estaba ganado dos a cero en la sexta entrada, también había pegado un tubey, chocando la pelota en la barda de los 620 pies. Ealo desde la madriguera me enviaba señas equívocas, por lo que decidí, de acuerdo con mi receptor, el “Conejo” Hernández, lanzar a mi manera. Ealo notó lo nuestro, me regañó y me sacó del juego que terminamos perdiendo.

“Igual sucedió cuando jugamos contra México; iba ganando dos a cero en el sexto inning, cuando Ealo volvió a lo mismo. Yo sabía cómo lanzar tomando en cuenta muchos factores, entre ellos cómo se paraba el bateador ante el home, cómo tomaba el bate, si está pegado o retirado del plato, si está adelante o atrás, si tiende a batear bolas bajas o altas.

“Total que Ealo me ordena lanzamientos altos y me pegan el primer triple, con el siguiente bateador me ordena lo mismo y me pegan un doble... Entró Ealo al diamante y me dijo: ¿Qué te pasa? Es que me duele el brazo, le mentí, porque prefería que me sacara a perder el juego, así fue, me sacó del juego y ese fue otro que perdimos”, recuerda Medina.

“EN CUBA APRENDÍ A BAILAR”

“Yo sacaba coraje en el juego, aunque ya en la vida común era muy tímido. Sinceramente te digo que no sabía bailar. Me enseñaron a bailar en La Habana, en 1979, cuando viajé a ese país integrando la Selección Nacional. Recuerdo que una noche, junto con Eduardo Green, el “Conejo” Hernández y Canana Sandoval, nos fuimos a un bar. Mis tres amigos se pusieron a tomar cervezas y yo una Coca Cola, porque no tomaba ni fumaba. Llegó hasta mí una de las muchachas que bailan en esos lugares y me dice: Vamos a bailar. Es que yo no sé bailar, le dije. Vamos —insistió—, yo le voy a enseñar. Es que me da vergüenza, te puedo pisar. No importa, vamos, y casi me arrastró a la pista. Ya en la sin remedio pues me metí, y ahí comencé a mover el cuerpo, me gustó y después no quería parar de bailar”, manifiesta Luis Alfredo.

Fueron años de fulgor que Luis Alfredo Medina guarda en el lugar más preciado de su mente. Ahora el gran “Medinita” es un caballero de 80 años cumplidos, ha cambiado muy poco su aspecto físico, pero en lo intelectual los años le han trocado en hombre apacible, sabio y conversador.

Los años luminosos de su vida deportiva jamás le hicieron olvidar sus raíces. “Yo nací un 23 de septiembre de 1920 en el barrio San José de Managua. Mi padre fue don José Tomás Medina Rocha, mi mamá doña María Araica Solís. Ese feliz matrimonio tuvo ocho hijos: Abel, Marcial, Manuel, Alfredo, José Dolores, Teresa, Rosa y Carlota. De toda esa gran familia fallecieron mis padres y dos de mis hermanos”, refiere.

SOBREVIVIENTE DEL 31

¿Tenías diez años cuando ocurrió el terremoto de 1931, qué recuerdos tienes de esa hecatombe?

Fue terrible la escena de los marines yanquis que avanzaban entre las ruinas disparando contra la gente que estaba prensada entre los bloques de adobe del Mercado Central. Los gritos de socorro y piedad se confundían entre las llamaradas del incendio que avanzaba del barrio San Antonio hacia abajo. Fuego, humo y polvo formaban una enorme cortina de bruma opaca que el viento arrojaba sobre los barrios occidentales.



¿Cómo lograste sobrevivir a esa tragedia?

Dios me ama mucho, para qué lo voy a negar. Esa mañana le había pedido a mi mamá que me diera un poquito de pinolillo del que ella estaba tomando, me dijo: Vos ya tomaste, no seas glotón. Me enojé y me fui a acostar a mi cama, estaba acostado cuando sentí que me caía tierra desde el techo. ¿Quién anda ahí?, grité, pensando que alguien andaba sobre las tejas. No Alfredito —me gritó mi abuela— levántate y vení para acá que hay un gran temblor, porque yo me estaba cobijando para que no me cayera tierra encima. Me levanté y cuando caminé unos pasos hacia donde estaba mi abuelita, la pared cayó sobre la cama, así me salvé.

Como la casa quedó destruida, mi familia fue ubicada en una de las champas para damnificados que levantaron en la hacienda Santa Ana, de don Carlos Pasos. Ahí pasamos hasta que nos permitieron regresar a nuestro barrio a reconstruir nuestra vivienda.

LOS CARROS FÚNEBRES DE “LA CORONA”

-¿Del barrio San José, qué recuerdas?

Algunas cosas. Por ejemplo, de la iglesia San José tres cuadras arriba estaba la funeraria La Corona, que poseía carros fúnebres, que eran carrozas elegantes tiradas por hermosos caballos enjaezados de negro. Me tocó ver pasar centenares de elegantes entierros que iban rumbo al Cementerio General.



¿Cómo fue ese asunto de la venta de tortillas?

Éramos una familia muy pobre; mi madre palmeaba tortillas y yo salía casi de madrugada a venderlas en las calles, mis mejores clientes estaban en el Mercado Bóer. Cuando terminaba la venta me iba para el Colegio Monseñor Lezcano, anexo al Pedagógico, a veces llegaba un poco tarde y entonces el profesor Enrique Cuadra me azotaba con una regla. Un día le dije a mi mamá: fijate mamita, que el profesor me castiga porque llego tarde después de vender las tortillas. Ella habló con el profesor, éste me pidió disculpas y nunca más me volvió a tocar.

DE LAS INFANTILES A LAS LIGAS MAYORES

¿Ya en lo deportivo, me imagino que jugaste beisbol con pelotas de calcetín y manoplas de lona?

Al principio sí, nosotros hacíamos las bolas y las manoplas y con cualquier tranca improvisábamos el bate. Pero eso fue pasajero, pues a los 11 años ya jugaba en las ligas infantiles, mi primer equipo fue el Ramírez Brown, apellidos del ministro de Gobernación de Somoza García. Jugábamos en el campo que estaba situado esquina opuesta al Asilo de Ancianos, entre mis camaradas de juego recuerdo a Álvaro Ramírez y a Julio Britton que era pitcher de la liga infantil y todavía está vivo. De las ligas infantiles di el salto a la liga menor, rápido pasé a la Mayor B y luego a la Mayor A, después a la Amateur y de ahí a la Selección Nacional.

Yo era muy querido entre la gente de mi barrio y por mis compañeros de equipo, formábamos una alegre pandilla de muchachos, nunca peleamos entre nosotros, nunca hicimos ningún escándalo, jugamos con mucha educación.



¿Otras actividades de tu juventud?

Mi madre era muy católica y me llevaba cada año a las fiestas de Santo Domingo y a la procesión de Cristo Rey. Todos los domingos teníamos que ir a misa y los jueves al Santísimo. Esa costumbre siguió al casarme con mi católica esposa doña Guillermina Hernández Castellón de Medina.



¿Cuántos hijos tuvo Medinita?

Pues resulta que ahí resulté mal pitcher, sólo pude lanzar una entrada. Mi hijo único es ingeniero, vive en Miami.



¿De tu vida laboral, qué me cuentas?

Sólo estudié la primaria y tuve que trabajar desde muy joven en la universidad de la vida. A los 13 años entré a laborar en la Payco. Por cierto el gerente dijo que no me podían dar trabajo porque de repente podría echar a llorar “pidiendo la pacha”; me defendió don Guillermo Osorno, diciéndole: Dale trabajo, que yo respondo por él. Ahí comencé como aprendiz y terminé, en 1956, como Inspector General de la fábrica

RECUERDOS DE UNA EJECUCIÓN PÚBLICA

¿Que recuerdas de la Managua anterior a 1931?, preguntamos a Luis Alfredo Medina Araica.

Muy grabado quedó en mi memoria el fusilamiento de tres personajes acusados de haber asesinado a un tal señor Pasos. Yo miré pasar a los reos metidos en una zaranda, los iban a fusilar en las afueras del cementerio, donde se había reunido un montón de gente curiosa. Oí los disparos y pude ver que los llevaban de regreso, por la 15 de septiembre, con los pies colgados en la camioneta. Yo quería ver todo, pero mi madre no me dejó ir.

¿Cómo lograste sobrevivir al terremoto del 72?

Ya había cambiado de barrio y con mi señora vivía en esta casa de Monseñor Lezcano. Tengo la costumbre de tener siempre a la par mía un radio portátil y una lámpara de mano. Cuando vino la primera sacudida yo quise encender luces, pero no había energía. Encendí mi lámpara de mano y me salí con mi señora, nos fuimos a la calle junto con una sobrina que vivía con nosotros. Ya afuera vino la segunda sacudida, yo enfoqué la pared y vi como se desplomaba sobre la cama donde dormía la sobrina.

Aquella linda Managua quedó en mi memoria con su bella Avenida Roosevelt y su populosa Calle 15 de Septiembre. Me encantaba pasear por la Roosevelt y detenerme ante las vitrinas del Almacén Deportivo; el dueño había puesto ahí una gran foto mía, junto con los artículos deportivos. Total, un día me la regaló. En esa foto estoy con el hijo de Francisco Fletes.

¿Quiénes fueron tus ídolos en el beisbol nacional?

En primer lugar Stanley Cayasso. Cuando salíamos al extranjero siempre me decía: "Medinita, busca una pieza para dos personas, para ti y para mí, porque yo no quiero andar con estos viciosos. Otros admirables fueron Eduardo Green y Canana Sandoval.

¿Había mucho alcoholismo entre los jugadores de tu tiempo?

Si había, pero no en todos. Green se perdió por eso y Jorge Hernández murió por eso. Ese ha sido un mal difícil de erradicar de nuestro beisbol.

En aquella Managua de mediados del siglo pasado había muchos personajes excéntricos, locos y talentosos que merodeaban por las calles, entre ellos recuerdo al genial "Melisandro", a "Cola de Vaca" —rey de los mentirosos—, a la "Santos Lucero", "Santirilyo", la "Catarina", "Tapón", "Paquito Barraco", la "Cocoroca" y otros, recuerda el gran “Medinita”.

“JUGÁBAMOS POR CORAJE Y VERGËENZA”

“No éramos profesionales como los de ahora, pero jugábamos por coraje y vergüenza deportiva. Una vez llegamos a Cuba luciendo un uniforme que parecía de colegio, los jugadores de los otros países iban de saco y corbata, muy elegantes, a nosotros en cambio nos compraron unas guayaberas baratas y un pantalón azul”.
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