SáBADO 22 DE ENERO DEL 2005 / EDICION No. 23700 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Blanco y negro
¿Partidos?, ni por cerca

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Eduardo Enríquez

Los que se hacen llamar partidos políticos mayoritarios pueden ser cualquier cosa, menos eso.

Generalmente un partido no es más que un grupo de ciudadanos organizados para alcanzar el poder político. Algunos siguen estrictamente una ideología, otros son un poco más laxos ideológicamente, pero siempre deben presentar planteamientos para ofrecer al resto de ciudadanos soluciones a sus problemas.

Al mismo tiempo deben buscar entre su militancia o a través de alianzas, el personal más capaz para llevar estos planteamientos a cabo y así convencer a los votantes de que su oferta es la que mejores resultados les dará. En dos palabras, su trabajo es alcanzar el poder.

Es por eso que ni el Frente Sandinista ni el Partido Liberal Constitucionalista pueden ser considerados partidos. Son cualquier cosa, pero no son partidos.

Si no es así, ¿cómo se explica el afán que tiene la dirigencia de ambas organizaciones por descalificar las ambiciones presidenciales de dos de sus correligionarios? Correligionarios que a lo largo de su vida partidaria han demostrado apego al ideario del partido y a sus políticas.

Los partidos que pretenden funcionar en sociedades democráticas tienen un mercado que atender: el electorado, que decidirá si les compra o no sus propuestas y sus candidatos. Es por eso que deben ser dinámicos, abiertos y mantenerse en la búsqueda constante de los mejores hombres y mujeres que puedan encontrar. También deben mantenerse cerca de la gente para saber interpretar sus intereses y conocer sus problemas.

Lo que Herty Lewites y Eduardo Montealegre están haciendo en el Frente Sandinista y el Partido Liberal es simplemente ejerciendo un derecho y dándole una oportunidad a sus respectivas organizaciones para oxigenarse y acoger nuevas ideas y personas.

Ellos podrán tener muchos defectos, pero tienen cualidades que para cualquier partido político en el mundo los harían atractivos.

Lewites, como ex alcalde de la capital, que sale con un altísimo nivel de simpatía. O Montealegre, el hombre que dirigió el perdón de más del 80 por ciento de la deuda externa. Ambos son “ases” para cualquier partido, además, lo único que piden es que les permitan competir en una primaria. Ese no es ningún pecado.

¿Entonces, por qué no los aprovechan las dirigencias de sus respectivas organizaciones?

Porque no son partidos políticos. Son argollas, bandas o corsarios, pero no partidos. Las respectivas militancias deben tomar nota. Aunque no vayan a votar por ellos, deben exigir las primarias, deben hacerse oír, aunque sea para ratificar a los actuales líderes. Cualquier otra cosa será un irrespeto total a sus correligionarios.

¿O es que ya nombraron a Daniel Ortega y a Arnoldo Alemán líderes perpetuos?
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