La influencia de nuestros maestros
Erich Ulloa Ricarte
Con seguridad ninguno de nosotros recuerda el primer día en la escuela, pero apuesto a que nuestros padres sí. Es común que así sea, pues para ellos representa una etapa importante en la que inicia la educación formal de nosotros. Menciono educación formal porque ya ellos se encargaron, mucho antes de llevarnos a la escuela, de enseñarnos muchas cosas que recordaremos durante toda la vida.
A medida que la educación da estructura a nuestro pensamiento y que además ensayamos nuestras habilidades sociales en la escuela, cosechando amigos, muchos de los cuales conservamos hoy en día, construimos a la vez recuerdos de estas etapas de nuestras vidas. A menudo me cuestiono ahora que he culminado una carrera universitaria: ¿qué habrá pasado con los maestros que en varias ocasiones tuvieron que lidiar conmigo y mi grupo de amigos de primaria y secundaria?
Estos pensamientos vienen a mi mente por la importancia fundamental que tuvieron en mi formación estas devotas personas que por décadas se han dedicado a formar generaciones de ciudadanos que en la actualidad son destacados empresarios, funcionarios públicos, autoridades locales, investigadores, entre otros. Es decir, personas que ocupan importantes posiciones producto de la formación que empezó en esos días de escuela.
Sin embargo, quienes contribuyeron a ese logro enfrentan todavía los mismos problemas de ese entonces: bajos salarios y el agotador esfuerzo de lidiar con tantos vigorosos estudiantes. Y en otros casos problemas peores: enfermedades derivadas del intenso trabajo al que se dedicaron por tantos años y que deben enfrentar con la pobre jubilación que reciben del sistema de seguridad social.
Estoy seguro que muchos recordamos a algunos profesores de ese entonces: a los favoritos, a los menos favoritos, a los nada favoritos o aquéllos por los que en algún momento nos sentimos atraídos o enamorados. En la universidad escuchábamos comentarios que luego reforzábamos sobre la reputación de ellos: “Ese es exigente, el otro es bola pasada”. De todos conservamos recuerdos particulares.
Muchos hicieron más que transmitir sus conocimientos, sirvieron como modelos inspiradores de los profesionales que queríamos llegar a ser algún día. Ellos reconocían en nosotros los distintos talentos que llevábamos a la clase y nos impulsaban a que los lleváramos a niveles más altos, asignándonos tareas especiales, motivándonos a aprender más allá de las lecciones que intentaba transmitir en hora y media de clase, invitándonos a participar en los congresos organizados por las universidades y otras actividades que terminaran de pulir las cualidades que ya se manifestaban en nosotros en la escuela: el planificador, el autocrático, el democrático, el elocuente, el divertido, entre otros.
Algunos maestros nos influenciaron de tal forma que queremos ser como ellos y dedicarnos a lo que ellos hacen: educar a jóvenes, dejar en ellos un legado que perdure por generaciones y que contribuya a la construcción de un país más próspero, con nicaragüenses más educados y mejores ciudadanos, ciudadanos justos y capaces de transformar desde nuestros cargos en distintas instituciones la vida de aquéllos menos afortunados.
En los próximos días, miles de jóvenes iniciarán clases y podrán nuevamente encontrarse con sus amigos, conocer nuevos maestros y desarrollar nuevos conocimientos, ansiosos de contribuir al incremento del bienestar de sus familias, de las organizaciones donde se desempeñen en un futuro y del país. A todos ellos: ¡Ánimo! Y sobre todo, no olvidemos las enseñanzas de nuestros maestros.
El autor es Ingeniero Industrial

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