Comunión
Alan Mills
Ahí están los niños con talante de animales tristes sacudiendo sus lágrimas ante la febril dialéctica que trabaja al mundo.
Las voces, como rocas tumultuosas, dirigen el ciego sable del olvido contra la ínfima arquitectura del ser, a eso que persiste en el restañar del hierro o duerme su imperecedera siesta en el suelo marcado por los rastros imperiales.
No hay remanso, los dolores extraviados en el cielo claman con violencia estentórea: arriba el gélido placer de lo oculto.
Hembras recién paridas arrojan sus entrañas y construyen una almenara que las proteja de la muerte, esa simiente de resplandor y odio.
Un viejo enfermo reparte su herencia a los sedientos, vociferando con la misma voz con que se maldice a un amigo y escupe a los ojos de los niños que acarician la curtida piel de la noche.
Sueñan con cerdos rabiosos mascullando sus diminutos huesos. 
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