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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 22 DE ENERO DE 2005
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Pasiones que se abrazan

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Henry A. Petrie

La sociedad acuña, amasa y fermenta prejuicios y convencionalismos morales, que por lo general, confluyen en juicios y condenas. Las pasiones están ahí, abrazándonos a todos, como las describiera Boccaccio, Balzac o el Marqués de Sade. Las máscaras danzan en salones y avenidas, pero en los aposentos surgen los verdaderos rostros, los no expuestos, desaforados y lujuriosos.

Alfredo Bryce Echenique (Lima, Perú; 1939), en su novela El huerto de mi amada (premio Planeta 2002, primera edición, 286 págs.) nos refleja la hipócrita moralidad de una sociedad aristocrática de los años cincuenta en Lima, que se escandaliza por actos “impropios” o “pervertidos”; así también, pone sobre el tapete la reflexión acerca de los alcances del amor, trastocando conceptos de lo correcto y normal, como transgrediendo límites –¿lógicos?– de la edad.

Con su libro de cuentos Huerto cerrado, ganó el Premio Casa de las Américas en 1968. Entre sus últimas novelas se encuentran: La última mudanza de Felipe Carrillo (1988), No me esperen en abril (1997) y La amigdalitis de Tarzán (1998).

En El huerto de mi amada se entretejen sentimientos, ingenuidad, erotismo, exuberancia y humor. La historia está narrada de manera espontánea y transversal, ubicua, superponiéndose distintas voces con alternancia de la tercera y primera persona, con oralidad del lenguaje y visos teatrales. Su trama está concentrada en el primer momento de la relación de amor objeto de la narración, en una casa de campo a cuatro kilómetros de los alrededores de Lima.

Natalia di Larrea es una hermosa multimillonaria descendiente de virreyes y presidentes, divorciada, treinta y tres años de edad, imponente y codiciada, con “tremenda y reprimida sensualidad”, se convierte en la amante de un jovencito.

Todo inició en la fiesta que ofreciera la acaudalada familia Alegre, “de padres a hijos dermatólogos de gran prestigio”, a la que asistieron distinguidas personalidades de la sociedad limeña, entre ellas, Natalia, con leyenda de seductora. Ahí se encuentra con el hijo de los anfitriones, Carlitos Alegre di Lucca, de diecisiete años de edad, ingenuo y despistado –“no se fijaba nunca en nada”–, brillante estudiante, pronto a inscribirse en la universidad para ser dermatólogo.

Bailaron un bolero de forma tal que se enamoraron, provocando la envidia y celos de los señores presentes, aspirantes al regazo de semejante mujerón. Como paso de huracán se produjo la riña, en la que el muchacho toma parte beligerante. Entre la turbulencia se fugan y a partir de ese instante, viven un idilio que duraría cerca de dieciséis años.

Devino el escándalo en la Lima de los años cincuenta. Cundió el revuelo. Mujer de treinta y tres años con joven de diecisiete. ¡Perversión! La madre del niño, Antonella, ardida termina su amistad con la ahora convertida en raptora y amante de su hijo. El padre la demanda por corrupción de menores. Los honorables de la sociedad, rabiaron y se retorcieron.

La pareja dispareja se traslada a la casa de campo propiedad de Natalia, que el joven bautiza como El huerto de mi amada, rodeados de lujos y excentricidades, acompañados de sirvientes y retirados de juicios y condenas.

Pero Carlitos, si bien ingenuo adolescente, se convierte en amante fogoso, que con sus ocurrencias y despistes mantiene cautivada a Natalia, que bien pudo ser su madre, pero no lo era, y se entregaron, arrebatados. En ella floreció su caudal sexual y sentimental, pese a frustraciones. Pero lo mágico estaba empañado por las inseguridades de ella y el temor de perderlo, aunque Carlitos no diera motivos, siendo tan devoto de la iglesia y conversador con Dios, capaz de tumbar barreras sociales a punto de amor y humor.

Durante el tiempo vivido en el huerto, Natalia se ausenta en un par de ocasiones por viajes de negocios en Europa; Carlitos sufre y ansioso la espera, sumergido en sus estudios y aventuras en las que se ve involucrado por sus amigos mellizos, Arturo y Raúl Céspedes, acomplejados por su precariedad económica, arribistas, obsesionados por escalar la cumbre de la sociedad adinerada y clasista de Lima, aprovechándose de la condición social del amigo. Al final, terminan sin pena ni gloria.

Cumplida la mayoría de edad de Carlitos, Natalia vende todo y hereda El huerto de mi amada a sus sirvientes, y resueltos los papeleos, parten hacia Francia, donde han de vivir el resto de su relación, alejados de Perú, y de todos. Ajenos.

Su desenlace en realidad, se da en el epílogo de la novela, siendo Carlitos un famoso y prestigioso científico de treinta y tres años, siempre despistado. La relación acabó como un soplido, porque él, cuando se encontraba en un importante evento, se olvidó de llamar a Natalia, justo el mismo día que cumplía sus cincuenta años. Molesta y arrebatada en celos, decidió acostarse con un “frenético gigante” que, al ser descubiertos por Carlitos, aquél se le fue encima a golpes que lo condujeron al hospital.

Hay amores que de pronto se apagan, desvanecen, se van, como el parpadear. Y desde aquel instante, Natalia lo odió toda la vida. La magia se hizo añicos, el encanto, el idilio de años se esfumó. Sin embargo, Carlitos sólo fue culpable de sus “distracciones y meteduras de pata”.

Pero hubo una mujer, más joven que él, Melanie, su maestra de francés, “muchacha larguirucha, sentimental e introvertida, pero que cuando habla, habla”. Durante el tiempo en el huerto de la amada y sus andanzas con los mellizos, ella lo advirtió de su espera, a pesar que aquél sólo tenía ojos y mente para su señora, segura de que en algún momento la relación acabaría. Paciente y persistente, cumplió su advertencia, y se casaron, cosa que no hizo con Natalia por acuerdo, quien siempre guapa, no dejó de albergar amargura.  
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Fado y cabanga


Entre la representación y el símbolo


Pasiones que se abrazan


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