El Presidente en su laberinto
Luis Enrique Duarte
Muy lejos de toda comparación heroica con cualquier personaje de la historia, como en la novela de Gabo, el Presidente de Nicaragua, Enrique Bolaños Geyer, no tiene por qué temerle a una desmitificación. Más bien, parece perdido dentro de un laberinto borgeano, en un juego de caminos con senderos que se bifurcan y parecen llevarlo a ninguna parte.
El Presidente está solo, como en el otro laberinto, el de Octavio Paz, hundido en las aguas de una cultura política de engaños y a la que todavía no entiende.
Fuera de crear una “nueva era” ha hablado mucho y se ha quedado como un anciano asilado en una casa grande, donde retumba nada más que su propio eco, sin apoyo político, sin partido, aferrándose a la opinión pública y las embajadas extranjeras para poder sobrevivir lo que con tanto afán ha venido cultivando con su falta de cálculo político.
Sin ser el único culpable de tanta crisis institucional —en todo caso, no es la primera vez que este pequeño país de desventuras se las arregla para pender su existencia de un hilo, pero esa son otras historias y otros personajes— con su miopía estratégica ha logrado la trágica soledad de ser el primer Presidente de Nicaragua que no tiene poder.
Atrás quedaron los tiempos en que el Presidente laico asistía a misas y orgulloso mostraba su amistad con el clero. Ahora la Iglesia piensa distinto, también lo ha abandonado.
Incluso su popularidad ha descendido según las últimas encuestas. Por fortuna, nadie espera que se vaya sin terminar el mandato, no porque crean en un cambio de línea, sino, porque podría ser peor.
A pesar de sus buenas intenciones, nadie sabe qué plan realizable trae bajo el brazo. Sus grandes proyectos parecen destrozados por la realidad del Macondo nica: el canal seco, la explotación de petróleo en un mundo que más bien necesita energía renovable, la lucha contra la corrupción, la autopista.
Sus grandes logros: la condonación de parte de la deuda nicaragüense y el crecimiento económico, son más fruto de un largo período de paz y espera. Pero igual, muchos compatriotas no quieren esperar más y prefieren marcharse al extranjero para poder enfrentar la pobreza de sus familias.
Y las visitas a los generales o la Policía, ¿no son signos lamentables de violencia, una violencia que nadie más quiere en Nicaragua? ¿Por qué precisamente esas señales? Llevar la violencia física a una violencia institucional no es signo de progreso, ni democracia, ni desarrollo, ni de inteligencia.
Con dos años más por delante, ¿qué puede salvar el presidente Bolaños de su gran sueño? Aquel día de enero en el Estadio Nacional cuando dijo que quería ser recordado como el mejor Presidente de la historia.
Por el bien de todos, por el futuro que tanto nos ha costado tejer, incluso con vidas valiosas y duras separaciones, ojalá que el Presidente deje de soñar y haga bien su trabajo.
El autor es periodista. Estudia en Alemania

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