LUNES 17 DE ENERO DEL 2005 / EDICION No. 23695 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




La interminable transición

La crisis institucional permanente en la que vive Nicaragua, que se agrava de vez en cuando y pareciera que los caudillos van a incendiar al país cuando sea su irresponsable voluntad, demuestra que aún estamos en transición a pesar de que ya pasaron quince años desde que el país se enrumbó por el camino de la democracia.

Pero, ¿por qué es tan duradera y complicada esta transición que no permite un mayor crecimiento económico y desarrollo social del país, y que hace más difícil la vida de la gente que no puede aprovechar como quisiera los beneficios de la democracia, la libertad individual y la economía libre de mercado?

Otras transiciones democráticas —por ejemplo las de España y Chile—, han durado mucho menos que la de Nicaragua y sus poblaciones han disfrutado los beneficios de la democracia y la libertad mucho más rápidamente. Las antiguas naciones comunistas del Este europeo también han avanzado hacia la democracia de manera mucho más veloz y fructífera, a tal grado que algunas de ellas ya forman parte de la Unión Europea y las demás se preparan para ingresar a dicha comunidad de países altamente desarrollados.

Estamos claros de que aún los antiguos países comunistas europeos tenían una cultura muchísimo más avanzada que la nuestra. Pero, aparte de eso, la causa fundamental de la exasperante lentitud y mediocridad de la democratización de Nicaragua radica en que esta transición es pactada y, por lo tanto, gran parte del poder totalitario sigue vivo y tiene capacidad suficiente para vetar las transformaciones democráticas que no le parecen ni le convienen.

En esta modalidad —pactada— de transición democrática no se pueden tomar decisiones de gran importancia si no es con el consentimiento de la cúpula sandinista, la que a su vez no pierde la esperanza de revertir las conquistas fundamentales de la democracia y de hecho la entorpece de manera sistemática.

La verdad es que si el régimen sandinista se hubiera derrumbado en 1990 de la misma manera que se derrumbó la dictadura somocista en 1979; si el sandinismo hubiese sido derrotado militarmente por la Contra o derrocado por la resistencia popular, las transformaciones democráticas hubieran sido más rápidas y a estas alturas no habría necesidad de soportar conflictos desgastadores como el que acaba de ocurrir en derredor de las nuevas reformas constitucionales. Y en todo caso los problemas a resolver serían los de un país en franco desarrollo hacia el progreso social y la prosperidad nacional.

Pero el hecho es que las fuerzas antisandinistas nunca pudieron derrocar a la satrapía izquierdista del FSLN, para terminar con ella y ponerle fin a la guerra civil se tuvo que pactar una transición democrática mediatizada; y la transición democrática se tuvo que someter a las condiciones determinadas por la Constitución sandinista, y respetando el poderío económico de la nueva burguesía “revolucionaria” —-que amasó una inmensa fortuna por medio de la piñata—, que además conserva una gran fuerza política y social.

También hay que señalar que la transición democrática en Nicaragua no hubiera sido tan lenta y angustiosa, y el país no estuviera padeciendo las angustias que sufre actualmente con las crisis institucionales recurrentes y crónicas, de no haber sido que la principal fuerza política democrática del país, el Partido Liberal Constitucionalista (PLC), claudicó política y moralmente debido a su desmesurada corrupción en el poder. Por eso, para protegerse y seguir co-gobernando en la mayor parte de las instituciones del Estado con la cúpula del FSLN, el PLC ha tenido que entregarse a ésta en forma indecorosa.

De modo que la solución a la reciente crisis provocada por las nuevas reformas constitucionales impuestas por los caudillos del FSLN y el PLC, tuvo que ser mediante un nuevo pacto, ahora a tres bandas, y mientras no se libere del yugo de los caudillos pactistas el país seguirá dando tumbos.

Sólo una movilización cívica capaz de forzar y terminar con el chantaje del caudillismo y la corrupción es lo que puede resolver efectivamente la crisis crónica del país. Y tal vez el movimiento en demanda de un referendo sobre las reformas constitucionales podría ser el comienzo de esa nueva revolución democrática, cívica y moral que tanto necesita Nicaragua.
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