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Diarios de motocicleta El Santo entró marchando

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.Una película dirigida por el brasileño Walter Salle (Estación central) y producida por una compleja red de personalidades, está lejos de ser el filme panfletario que se podía esperar

 

Franklin Caldera*

Cuando a comienzos de la década de 1990 “colapsó” el comunismo europeo, la izquierda tuvo que replantearse su estrategia de expansión adoptando distintos ropajes. De pronto, todo el mundo era partidario de la democracia. Pero ante el fracaso de los gobiernos democráticos latinoamericanos, acosados por crisis económicas y corrupción en las altas esferas (y la empantanada de Estados Unidos en Bagdad), los marxistas han desempolvado sus viejos estandartes y vuelto a la carga.

Una de las estrategias ha sido revivir la figura de Ernesto “Che” Guevara, el símbolo más eficaz de la izquierda revolucionaria, no sólo por su carisma personal sino por haber abandonado las comodidades del poder para lanzarse a una aventura que sólo podía desembocar en su propia muerte.

En medio de la avalancha de biografías del Che (entre las que destacan las de Jorge G. Castañeda, Paco Ignacio Taibo II, John Lee Anderson y Pancho O’Donnell) y el relanzamiento de las camisetas y boinas con su efigie, —populares en los años sesenta— no podía faltar una película sobre el guerrillero que siempre ha sido problemático para el cine. ¡Che! (1969), de Richard Fleischer, con Omar Shariff y Jack Palance (como Fidel), fracasó en todas partes.

A comienzos de la década de 1980, los muchachos del Instituto Nicaragüense de Cine trajeron una copia de la producción italiana, La vida del Che Guevara (1968) de Paolo Heusch, con el actor español Paco Rabal, que no se había exhibido en Nicaragua. Después de haber sido aprobada por la Comisión de Clasificación, llegó la orden “de arriba” de no exhibirla, porque las autoridades cubanas no estaban de acuerdo con el enfoque del personaje. Quien más airoso ha salido interpretándolo en el cine es Antonio Banderas, que decidió, atinadamente, no disfrazarse de el “Che” ni imitarlo en la cineversión de Evita.

Diarios de motocicleta (2004), dirigida por el brasileño Walter Salle (Estación Central) y producida por una compleja red de personalidades y entidades que abarcan desde Robert Redford hasta el ICAIC, está lejos de ser el filme panfletario que se podía esperar. El director y el guionista José Rivero se cuidaron de no poner mensajes políticos en boca de los personajes, dejando que el sentido de la obra surja de la perspectiva del director respecto de las situaciones que viven los personajes y de las reacciones de éstos ante las mismas.

La película está basada en los diarios del Che Guevara y su amigo Alberto Granado (interpretado por Rodrigo de la Serna) escritos durante un viaje de ambos por varios países de Suramérica, en 1952, cuando estudiaban medicina y biología, respectivamente. La estructura abierta del filme permite al director momentos de esparcimiento (parejas bailando mambos, tangos, boleros; pláticas insinuantes entre adolescentes, etc.) y despliegues de estilo (los rostros expresivos de ancianos campesinos siempre resultan geniales) complementados por bellísimos paisajes naturales (el Lago Frías, en la frontera entre Argentina y Chile; las siempre impresionantes ruinas de Machu Picchu, etc.).

La toma de conciencia del protagonista (tema central de la película) se proyecta a través de los contactos de los muchachos con campesinos e indígenas que describen las condiciones de profunda marginalidad en que viven. En la secuencia filmada en la leprosería de San Pablo, en la Amazonia peruana, las monjas y los médicos que dedican su vida a cuidar a los leprosos ejemplifican un compromiso social y un amor al prójimo que trascienden las formas convencionales de concebir las ideologías y las religiones.

No deja de ser irónico que una película tan humanitaria, imbuida de cierto espíritu de caridad cristiana, exalte a una figura que simboliza la violencia y los planteamientos radicales (la ideología del Che era una mezcla de estalinismo y maoísmo) como vía de solución de los problemas sociales. El único rasgo de violencia que le vemos al personaje en la película es el lanzamiento de una piedra al camión de una compañía minera y su afirmación de que no hay revolución sin armas.

La visión que del protagonista da la película es hagiográfica: deportista a pesar de sus ataques de asma, abstemio, empeñado en decir siempre la verdad y en servir a los más necesitados sin pensar en su propia seguridad: cuando las monjitas del “leprosario” le entregan unos guantes, el muchacho rehúsa ponérselos y les da la mano desnuda a todos los enfermos. Las incorrecciones políticas de Alberto (mujeriego, bebedor, mentiroso y dado al humor irreverente) le dan un cierto equilibrio a una película que, de otra manera, pudo haber resultado demasiado mojigata (Alberto reside actualmente en Cuba).

El mayor problema del filme es que el mexicano Gael García Bernal (Amores perros, Y tu mamá también, El crimen del padre Amaro) no tiene ni la presencia física ni el carisma del Che. Quizá consciente de esto, el director hace que Alberto presente constantemente a su amigo como “Ernesto Guevara de la Serna” y que éste se presente a sí mismo varias veces como “Ernesto Guevara”. De tanto oír esas presentaciones, uno termina medio convencido de que el muchacho huraño que está en pantalla es el Che Guevara (aunque el efecto se derrumba cuando, junto a los créditos finales, aparecen fotos del verdadero Che en su época de motociclista. Como dicen los argentinos: “¡Nada que ver!”).

* Crítico de cine nicaragüense.  
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Diarios de motocicleta El Santo entró marchando