La simbolización del mundo más que humano
El jaguar y la Luna
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 | En el III Aniversario del fallecimiento del poeta Pablo Antonio Cuadra, presentamos una reflexión de El jaguar y la Luna, uno de sus poemarios que intentan acercarnos como lectores al punto analógico y cosmogónico del encuentro entre lo humano y lo más que humano, el mismo espacio donde el lenguaje humano tiene su origen |
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Steven White*
Cabe preguntarse, incluso, si El jaguar y la Luna no es una versión contemporánea anualizada de un bestiario medieval. Tanto en la cerámica de las antiguas culturas indígenas como en las colecciones de animales fantásticos de la Edad Media, hay una multitud de animales que se apiña en la conciencia humana, demostrando así una amplia y libre interpretación de la historia natural. Es más, se pueden aplicar estas ideas a la arquitectura de las catedrales europeas medievales y a los templos mesoamericanos antiguos al considerar estas estructuras como vastos zoológicos de piedra, cuyas simbolizaciones divinas del mundo más que humano, le ofrecían al individuo una manera de descifrar lo sobrenatural. Según Paúl Shepard en Thinking animals: en la Edad Media eran “una herramienta a través de la cual la multiplicidad de la experiencia humana se externalizaba convirtiéndola en algo que se podía percibir y ordenar”, una idea que también ilumina el pensamiento indígena (Shepard, 179). “Por un lado”—sostiene Eco con una caracterización de los símbolos medievales que también tiene mucho que ver con las imágenes pintadas y grabadas de las culturas indígenas de Mesoamérica— “las personas poco sofisticadas descubrieron que era fácil transformar sus creencias en algo visual, y, por otro lado, lo teólogos y maestros mismos construyeron imágenes para aquellas ideas que las personas comunes nunca habían podido comprender en su forma teórica, o sea, las imágenes visuales eran la literatura de la población laica” (Eco, 54).
RELACIÓN SAGRADA: ANIMALES Y HUMANOS
Se trata, al final, de una relación estrecha y sagrada entre los seres humanos y los animales en todas sus manifestaciones. Edward O. Wilson, uno de los grandes naturalistas contemporáneos, ha propuesto la idea de la biofilia para definir la tendencia humana innata de enfocarse en la vida y los procesos vitales. Stephen Kellert, el co-autor de este polémico estudio que se titula The biophilia hyporthesis, explica que la biofilia se relaciona con una necesidad que va mucho mas allá del bienestar físico para abarcar todo lo que anhelamos para realizarnos como seres humanos. El contacto íntimo con el medio ambiente y su biota viva forma parte de nuestra herencia evolutiva y nuestra salud genética. No se trata del instinto, afirma Wilson, sino de “un complejo de normas para aprender”, y sostiene, además, que “mientras el lenguaje y la cultura se expandieron, los humanos también utilizaron los organismos vivos de diversos tipos como una fuente principal de metáfora y mito; es decir, el cerebro evolucionó en un mundo biocéntrico” (Kellert y Wilson, 20 y 32).
Muchos de los poemas en El jaguar y la Luna intentan acercarnos como lectores al punto analógico y cosmogónico del encuentro entre lo humano y lo más que humano, el mismo espacio genesiaco donde el lenguaje humano tiene su origen. Aunque los animales pueden considerarse como agentes de la naturaleza traducidos a símbolos de la cultura, Kellert, y Wilson nos recuerdan algo tal vez demasiado evidente: en el mundo contemporáneo, nuestras percepciones simbólicas de los animales han reemplazado el contacto directo con los animales mismos. Hemos dejado de entender, por lo general, las verdaderas naturalezas de la fauna y no le reconocemos ninguna característica mitopoética. Sin embargo, la biofilia verdadera, como un concepto llevado a un extremo del continuo donde existe con diversos grados de aceptación cultural, sería, quizás, nada menos que el panteísmo de las sociedades indígenas prehispanas, culturas que practicaban el sacrificio ritual de animales y humanos que asegura una relación fructífera con el mundo más que humano.
Al afirmar la importancia de las relaciones mitobiofílicas en El jaguar y la Luna, Cuadra logra crear, con sus poemas y dibujos, una arqueografía que se proyecta hacia el presente. Mucha de la correspondencia de los años 1958-59 entre Cuadra y el gran escritor católico Thomas Merton (cuya influencia profunda en el desarrollo de la poesía nicaragüense todavía no se ha estudiado debidamente) habla precisamente de El jaguar y la Luna en un contexto sociopolítico contemporáneo, ya que Merton (conocido en el monasterio trapense como Fr. Louis) traducía algunos de estos poemas al inglés mientras Ernesto Cardenal (Fr. Lawrence) estaba con él en Gethsemaní, Kentucky donde Merton servía como Maestro de Noviciados. Al final, salieron catorce de estas traducciones de El jaguar y la Luna en la revista New Directions Anthology en 1961 bajo el cuidado de Jame Laughlin, el legendario editor de Ezra Pound y William Carlos Williams.
A una carta que Cuadra le escribió a Merton el 1 de noviembre de 1958, el poeta nicaragüense agregó tres hojas escritas a máquina con el título Datos para llegar al indio, a Fray Louis.
Merton le había pedido algunas pistas para una posible introducción a las traducciones al inglés que preparaba y Cuadra respondió, ofreciéndole el siguiente resumen de El jaguar y la Luna:
He querido llamar los poemas de El jaguar y la Luna “poemas para escribir en cerámica” porque la más directa inspiración de ellos es plástica y siento que tales poemas son las correspondencias actuales a las figuras, dibujos y verdaderos poemitas plásticos que ellos pintaban en sus vasijas de barro. En tal sentido, creo que tales poemas resultan el primer esfuerzo por poner en marcha en poesía el legado indígena plástico, des-arqueologizándolo, despojándolo de lo muerto, de lo pasado y arcaico y sólo dejando subsistir lo que aún es viviente y subsistente y universalizable desde mi tierra y de mi tiempo (Cuadra, apuntes incluidos en una carta a Thomas Merton, 1 de noviembre de 1958).
Sin embargo, fue el gran estudio pionero de dos volúmenes del arqueólogo Lothrop sobre la cerámica, que le permitió a Cuadra enfocarse en Nicaragua, la región que más le interesaba, y, en su carta a Merton del 1 de noviembre de 1958, Cuadra habla de la necesidad de localizar su conocimiento regional, de penetrar los significados apenas perceptibles y a veces invisibles del paisaje nicaragüense y sus habitantes indígenas anteriores:
Mi primer trabajo fue reducir del gran legado Tolteca, Olmeca, Maya, Azteca, Inca, americano, a lo que más directamente era mío. Introducirme al arte de los antiguos pobladores de Nicaragua.
Embeberme de sus expresiones pictóricas (en cerámica) y escultóricas (en piedra) para posesionarme del espíritu y del sentido artístico con que ellos miraron el mundo y sus cosas al expresarla. Y ayudarme de los viejos textos de “poemas indios para encontrar auxilio en las formas verbales de expresión usadas por ellos”. (Cuadra, carta a Thomas Merton, 1 de noviembre de 1958).
Esta preocupación plástica de Cuadra refleja su profundo interés en buscar y también crear puentes entre lo visual y lo escrito, o sea, considerar lo pictórico como escritura y sobre los rasgos estructurales que relacionan la cerámica y la poesía náhuatl con El jaguar y la Luna, el poeta me respondió:
Donde más claro lo puedes ver es el poema Mitología del jaguar. Es decir, si tomo una pintura del jaguar hecha por el indio en una olla, resulta que la pintura es una estilización reducida a sus líneas esenciales. Vemos un triángulo y el triángulo encierra el ojo del jaguar (que es como el ojo del tiburón) y una especie de garra. Veo que el indio busca la esencia del animal y todo lo demás lo aparta en su pintura. Se vuelve como un símbolo o una metáfora. En el poema hablo por último del ojo, de los hombres que rieron de todos esos mitos y del astro que los dioses colocan y encienden en las cuencas vacías del jaguar. Me refiero a la “atroz proximidad” de ese astro porque también el ojo del tigre es un ojo peligroso, lleno de odio. Son de esos animales que ya supieron lo que es el odio.
Y el indio lo capta y con esa fiereza define al jaguar...
Me propuse una pregunta: ¿Cómo consiguió el indio, qué estilo expresivo comunal está expresado al hacer esa reducción de la potencia de todo animal a su esencia en un solo símbolo o en dos? Me refiero a las dos identificaciones principales del jaguar: el ojo y la zarpa. El indio hace una síntesis. Eso busqué yo: la cosa más reducida precisa y certera que se podría expresar. Y la receta estaba en los dibujos indígenas. Eso nos fue guiando para crear. Yo me volví lector tremendo de libros arqueológicos. En ese año (sic) salió la obra de Lothrop que está muy ilustrada y es una maravilla como fuente de inspiración con los dibujos indígenas que trae.
Y después fui viendo una diferencia fundamental: el Maya era todo lo contrario del Náhuatl: iba desnudando hasta dejar la esencia. El Maya ponía esa esencia pero la iba recubriendo. Es como que el Maya cultivara, a lo Zurbarán, las telas del traje, mientras que el Náhuatl cultivaba la desnudez (White 2000 80).
Simbolizar en el arte indígena y en El jaguar y la Luna significa, entonces, esencializar y luego también convencionalizar, o sea, destacar ciertos rasgos y después exagerarlos o simplificarlos o estilizarlos hasta que sean (por lo menos para nuestro ojos occidentales contemporáneos) formas abstractas en las representaciones. En cuanto a los diseños de la Cerámica Luna (cuyo nombre proviene del apellido del dueño de la hacienda cerca del pueblo de Moyogalpa en la isla de Ometepe donde J.F. Bransford estudió esta cerámica en 1881), Lothrop dice que, “aunque son tomados de prototipos animales, aparecen por lo general como netamente geométricos, y las formas de los animales sólo pueden ser reconocidas por medio del estudio de los pasos de la convencionalización que los produce: (Lothrop 1926 387).
La relación entre lo pictórico y lo escrito en El jaguar y la Luna representa un movimiento complejo de la tradición oral a su transformación en algo visual (lo cual produce los diseños de la cerámica indígena) que Cuadra a su vez convierte en textualidad en su poemas. Sobre el impacto de esta estrategia de escribir, José Coronel Urtecho ha dicho lo siguiente en una de sus Tres conferencias a la empresa privada.
Pero a mi ver, el más estrecho contacto poético de lo contemporáneo con lo precolombino lo ha establecido Pablo Antonio Cuadra en su realmente mágico y talismánico pequeño libro de poemas El jaguar y la Luna, traducido por Thomas Merton y publicado recientemente por la ya famosa Unicorn Press de Carolina del Norte. En ese libro nicaragüense y pre-nicaragüense, claramente enigmático y casi ideogramático o casi jeroglífico, es a mi parecer donde realmente se conjugan los signos y los dibujos de la cerámica aborigen de Nicaragua con las palabras y los conjuros o las encantaciones que la lengua nicaragüense no ha podido callar y ha venido tratando de decir y en realidad diciendo, desde hace mil años y en español, es decir en nicaragüense.
(Coronel Urtecho 115).
Lo que permanece a través de las simbolizaciones del mundo más que humano en El jaguar y la Luna es un equilibrio precario entre lo pasajero y lo eterno: un poeta que pregunta “¿Por qué termino y queda entre vosotros mi canto?” (Cuadra 1984b 73). Un poeta consciente de que tanto su vida como su canto están ensartados en un hilo delicado como un collar de esmeraldas; un poeta, al final, perecedero e inmortal cuyo canto se escuchará “en labios de muchachas/ que bajarán / al río” (Cuadra 1984b 77). Los símbolos vivos del jaguar, la serpiente, el águila que el poeta conoce por medio de relaciones chamánicas y biofílicas se contrastan con otro símbolo que algunos niños desnudos levantan del fango hediondo al borde del agua contaminada por los desechos de la sociedad contemporánea: “el pesado cisne muerto” de Rubén (Cuadra 1984b 94).
Cuadra, al compararse con Darío cuya exotiquez queda lejos en el Oriente, dice: “Posiblemente corregir la ruta de lo exótico y dirigir la brújula hacia la nueva constelación chorotega de El jaguar y la Luna, sea, en principio, el único mérito de mi libro: una buena intención en el cambio de estrellas” (Cuadra 1988b 133). En El jaguar y la Luna Cuadra se apropia no sólo “de la psicología del indio sino de su voluntad de arte para poder expresar al indio en indio”, y agrega:
La inspiración directa de las formas poéticas de este libro son los dibujos de la cerámica chorotega y las esculturales indias llamadas del “Alter-ego”.
(Fragmento)
* Crítico literario. 
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