JUEVES 6 DE ENERO DEL 2005 / EDICION No. 23684 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




La gran marcha

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Sergio Ramírez
www.sergioramirez.com

El más común de los dichos acerca de la China fue siempre aquel atribuido a Mao, de que si todos los chinos dieran una patada al mismo tiempo estremecerían al mundo. Y el otro, el sueño de los vendedores de Coca Cola, si cada chino bebiera una botella al día... Un país inconmensurable, al que la lejanía ha hecho más misterioso aún de como lo pinta la tradición occidental. La película de Marco Bellocchio del año 1967, La China se avecina, ponía en clave de sátira este drama acerca de la ignorancia con que aún hoy seguimos viendo a un país que siendo todo un continente, ha vivido cambios más que formidables en el último medio siglo, cambios que hoy, al despuntar el milenio, no hacen sino acelerarse.

Más valdría que tus hijos aprendieran chino, será pronto otro lugar común en las conversaciones. Si ignoramos a China por dentro, no ignoramos sin embargo que crece aceleradamente para convertirse en una potencia de primer orden, que podrá ser capaz de desafiar el poderío de Estados Unidos y volver otra vez bipolar al mundo. En veinticinco años más, el producto interno bruto de ambas potencias quedará igualado.

Desde la célebre revolución cultural de Mao, que quiso arrasar con todo vestigio de la cultura de occidente, cual otra muralla para evitar la penetración de los bárbaros como la que mandó construir el emperador Qin Shi Huang, hasta la revolución capitalista de Den Xiaoping, el dogma ha venido dando paso al pragmatismo, para crear el más híbrido de los experimentos modernos: un partido comunista a la vieja usanza, que gobierna una economía de mercado abierta por completo a la inversión extranjera, que crece hasta recalentarse al rojo vivo, y que con sus industrias contribuye en un alto porcentaje al recalentamiento del planeta.

La cultura viene quedándose en China sin censores que vigilen la aplicación de la línea del partido en la creación de las obras de arte, si uno se atiene, por ejemplo, a la más reciente película del laureado director Chen Kaige, El violinista, ya famoso por esas otras dos joyas que son Adiós a mi concubina y El asesino y el emperador; o es que al partido no le importan ya para nada las tesis del realismo socialista, obsoletas en la nueva realidad. El propio director recuerda que en tiempos de la revolución cultural, para escuchar una grabación de Mozart debía hacerlo a escondidas. El violinista, estrenada en el 2002, es una coproducción con Corea del Sur, lo que habla de los rumbos de mercado que toma también el cine en China, visto como producto de consumo en el mercado internacional.

El violinista es un melodrama al que el arte de Chen Kaige eleva de categoría. Se trata de Xiaochun, un niño violinista de 13 años, dotado de gran talento, al que Liu Cheng, su padre, un humilde cocinero, sueña en convertir en una gran estrella. Empeñado en esa ambición, lo lleva en busca de maestros particulares desde su pobre ciudad provinciana, donde los moldes culturales y sociales son todavía los de la China tradicional, hasta Beijing, transformada en una urbe pujante de múltiples rascacielos; la Ciudad Prohibida, símbolo del antiquísimo poder imperial, es ahora sólo un sitio para los turistas, lo mismo que la plaza de Tiananmen, símbolo de la rebelión juvenil. “Vaya, entreténgase, visite la ciudad prohibida”, le dice al padre el maestro que se ha comprometido a hacer del niño un eximio concertista, para que gane concursos de televisión.

Éste no sería quizás un drama tan notable en una sociedad occidental. Todo padre quiere que su hijo triunfe. Pero el padre de Xiaochun quiere fama y fortuna, dos palabras prohibidas antes en el viejo catecismo que inspiró la Gran Marcha de 1935. El padre ha venido a Pekín en su propia larga marcha, no para ayudar a construir el socialismo, sino para que un día el niño sea rico y famoso.

Y Pekín, dominada por la corrupción, es una ciudad hostil para Liu Cheng, como lo sería para cualquier otro provinciano llegado a la gran ciudad. Las calles están llenas de ladrones, y uno de ellos terminará despojándolo del dinero que guarda cándidamente bajo la gorra, y llenas de prostitutas, de busconas con celular a mano para hacer citas con sus clientes ricos. Clientes ricos, empresarios de colmillo y comerciantes sin escrúpulos, toda la fauna que reina hoy desde sus lujosos santuarios, tan aborrecida en los manuales del maoísmo. Ésta es la nueva realidad que el filme describe. Lili, la protagonista de la película, que llegará a desarrollar una relación afectiva con el niño, es una de esas prostitutas caras que desea con toda el alma un abrigo exhibido en la vitrina de una tienda exclusiva. El niño le compra como regalo de cumpleaños, sacrificando su violín, que deja en una casa de empeño.

Al final, el niño regresa con su padre a la provincia, y el sueño de la fama y el dinero se disuelve como un sueño. Pero si el regreso funciona como una moraleja, porque la pureza de la familia provinciana termina imponiéndose sobre la ambición, el episodio no conmueve ni cambia a la nueva sociedad que sigue avanzando trepidante hacia el futuro de más rascacielos, más bancos y más centros comerciales con televisores a color y abrigos de lujo exhibidos en las vitrinas, más discotecas y más restaurantes exclusivos, más gente que ambiciona fama y riqueza. La nueva gran marcha.

El autor es escritor / Masatepe, enero 2005.
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