JUEVES 29 DE DICIEMBRE DEL 2005 / EDICION No. 24037 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE






Ernesto, el joven impetuoso

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Julio Vega Pasquier

Aún no creo que Ernesto nos haya dejado, me cuesta creer que no regresará a las largas reuniones de estrategia en la Presidencia, que no seguirá coordinando con eficacia el diálogo político que le encomendó don Enrique. Siempre lo recordaré entrando por las puertas, con un caminar lento, con el cartapacio negro en su mano y siempre recordaré una frase que acuñó en estos últimos años, una frase que usó para referirse a las ideas que los jóvenes funcionarios aportábamos en esas largas reuniones.

Resulta que Ernesto, cuando uno de nosotros —los jóvenes funcionarios— opinábamos, él casi siempre irrumpía y se refería a nosotros como los “jóvenes impetuosos”. Eso lo hacía no como una broma de mal gusto, sino como un halago, pero más que eso, para mí y para otros era un reconocimiento de que nuestros aportes, aunque a veces parecían imposibles de realizar, muchas veces se rescataban como elementos indispensables de esa estrategia de Gobierno. Y precisamente creo que hacía énfasis en lo de “joven impetuoso” porque sin lugar a duda en su intimidad él llevó siempre dentro de sí a un “joven impetuoso”, con el que se identificaba plenamente y lo cual le permitió actuar con más beligerancia y sin temor a lo que sucediera.

Hoy, cuando lamentamos esa partida tan rápida, me acuerdo de ese término que él acostumbraba a usar —“joven impetuoso”— y tengo la certeza de que Ernesto era realmente ese verdadero “joven impetuoso” del Gobierno, que no pensó en satisfacer sus propios intereses al ayudarle a don Enrique a buscar una solución pacífica a las controversias institucionales que nos acecharon, mejor dicho, nunca manifestó intereses particulares, siempre fue leal únicamente a los intereses del bien común.

Esa entrega desinteresada a su función pública era para muchos poco creíble porque ahora cuesta encontrar ese tipo de hombres políticos, digo ahora, porque dicen los no jóvenes que antes habían más de esos. Allí es cuando uno se daba cuenta que su gran trayectoria política iniciada como un “joven impetuoso” no había servido para corromperlo sino para enriquecer sus valores humanos que lo hacían diferente.

En muchas ocasiones, cuando veía el esfuerzo de Ernesto por buscar salida a la reciente crisis, me preguntaba en silencio el por qué actuaba de esa manera, el por qué insistía desinteresadamente en dar lo mejor de sí y era precisamente porque llevaba dentro a ese “joven impetuoso” que lo inducía a dar todo sin el interés de recibir algo a cambio, así fue que dedicó horas, minutos y segundos, para lograr ese acuerdo político que le pidió don Enrique y que se traduciría posteriormente en la estabilidad social y política de la que hoy gozamos.

Ernesto supo administrar diligentemente los encargos de don Enrique, supo aportar a esos encargos un valor agregado incuestionable como fue su capacidad de poder conversar con todos los políticos indistintamente de lo que de él opinaran, no se detenía a ver detalles sino a ver el escenario completo que le pudiera dar pistas seguras para encontrar y proponer al Presidente algunas alternativas de salidas a la crisis.

Su lealtad incuestionable le hizo amigo y compañero, le hizo hermano y consejero, le hizo diferente a muchos y difícil de poderlo sustituir, ese fue Ernesto a quien siempre le llamé así, sin anteponerle el título profesional ni el título honorífico, le llamé así porque me enseñó tantas cosas que actuó no sólo como un maestro sino como un amigo y así lo traté porque ambos somos jóvenes aunque nacidos en años muy distantes.

Ernesto siempre tuvo a Dios como centro de su vida y jamás dudó del amor de Dios hacia Nicaragua, eso fue lo que lo impulsó a actuar como ese eterno “joven impetuoso” que se entregó sin reservas a servirle a su pueblo sin servirse de su pueblo, ese es el verdadero “joven impetuoso” que conocimos y del cual seguiremos sus enseñanzas alejándonos de las indecisiones y actuando con firmeza. Nunca se me olvida otra frase que pronunció en momentos difíciles cuando dijo: “En situaciones de crisis las decisiones deben tomarse, buenas o malas, pero deben tomarse”, esas decisiones significaron mucho para nuestro país, buenas o malas, pero se tomaron y ahora gozamos de tranquilidad y estabilidad, por cuánto tiempo no se sabe, pero ha quedado evidenciado que cuando hay buena voluntad y hombres de buena voluntad las crisis se pueden convertir en oportunidades y esa evidencia quedó demostrada por la perseverancia de don Enrique y por la entrega desinteresada de ese siempre “joven impetuoso y leal” que jamás podremos olvidar.

El autor es Ministro de Gobernación
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