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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 24 DE DICIEMBRE DE 2005
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Los compositores el oratorio de navidad

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.Un breve recorrido por los grandes maestros de la música sacra nicaragüense desde Luis Abraham Delgadillo, Alejandro Vega Matus — quién nos dejó una misa para ser cantada— Carlos Alberto Ramírez hasta la Camerata Bach

 

Joaquín Absalón Pastora

La música sacra expande sus alas en diciembre. Se torna excitante y espigada en sus vuelos a lo infigurable y sutil. Oírla en esta época del año promueve la incorporación al oratorio “haendeliano” cuyo Mesías (1742) y estos menos oídos, Esther (1735), Saúl (1739) y el Oratorio de Navidad (1734) forjan cumbres en la recepción piadosa.

La efemérides del nacimiento invita a vivir —aquí y allá— la candorosa alegría de los villancicos, de las pastorelas, de los sones de Pascua coincidiendo una doble manifestación de regocijo en una misma estación del año; Los cantos a la Virgen María, la inmaculada Concepción. Coincidencia y privilegio para el nicaragüense es la cercana vecindad —en el tiempo— de dos acontecimientos nutritivos para el rebozo. La gritería, euforia sostenida desde que vino modulada por la influencia española, lo cual no descarta su alto grado de tipicidad y autenticidad en la conducta celebrante de nuestro criollismo.

Para ambas ocasiones —doloras para la madre y el hijo— hay abundante música nacida del ingenio del autor nicaragüense con el estilo revelador de su originalidad. Ella lo incluye todo en cada uno de sus movimientos y de sus ritos vinculados con las sanas alegrías, aunque respingue la fusión de lo pagano y de lo divino.

No cesará jamás la mención renovada y el homenaje de Luis Abraham Delgadillo (1887-1961), de Alejandro Vega Matus (1875-1911) quien nos dejó una misa para ser cantada en la Misa del Gallo con aderezos orquestales del clarín-fanfarria con su gloria, que permite gozar el airoso impregnado del éxtasis y la ortodoxia de los tiempos que estuvieron antes del suyo, y de Carlos Alberto Ramírez (1882-1976), quizá este último el más prolífico y especializado en el género sacro. La calidad de los citados —y faltan tantos otros como Pablo Vega, Fernando Luna, Manuel Ibarra y cualquiera de la estirpe de los Urroz y de los Ramírez Velásquez— no solamente tiene vigencia cuando se asiste a las posadas o a las misas, cuando se está frente al pesebre, cuando se cantan los “dulces himnos”, cuando se está frente al altar o en la loa glorificante de cada casa. Tienen plenitud estable y no circunstancial cuando los asumen la Camerata Bach, la orquesta sinfónica nacional y el coro Juan Manuel Mena. La han tomado muy en serio, la han enaltecido con arreglos como los del formidable recreador Pablo Buitrago, respetuoso de las partituras cuando hay documentos escritos o del también reconocido sistema de pulsar la creación a través sólo de la sensibilidad del oído, llamados “músicos orejeros” en el simpático ambiente de la interioridad hacedora.

Del privilegiado oído de Camilo Zapata, modelo viviente de las glorias de nuestra nacionalidad, han salido cantos navideños que deberían aparecer más a menudo, cantos llenos de estrofas bohemias y románticas, temperamentos ligados en la anual celebración. Canta Camilo poniéndose la guzla de poeta: “Levantemos nuestras copas, a brindar por la amistad para niños de pesebres que no lloran por llorar, campanitas de juguetes, biberones, leche y pan” o como cuando toma el pincel y se va a la montaña a pintar paisajes: “El cristal se está empañando en esta Navidad, blancor de copas de nieve en el pinar limpio para saber si vienes tú y sólo miro tu blanco altar, blanca Navidad”.

Otras letras hacen mixtura de lo social terrenal y de lo divino celestial. Cristo volvió a nacer pero esta vez Carlos Mejía Godoy pone el pesebre en Palacagüina: “Cristo ya nació, ya nació en Palacagüina, hijo de un tal José y de una tal María”. Para insinuar o afirmar que no sólo Belén tuvo cuna para él sino también una olvidada región del norte nicaragüense.

Siempre se está recibiendo de Ramón Rodríguez el soplo de la primicia lograda por sus cualidades de promotor y de innovador. Anda detrás de las barbas de Haendel para darnos pronto una sorpresa. En uno de tantos diálogos sostenidos con él sobre sus manifiestos, sobre sus proyectos, sobre ese afán infatigable de pescar ángulos nuevos, de sembrar precedentes como lo hizo con la Novena de Beethoven y La Traviata de Verdi, se siente orgulloso de todo lo que ha hecho.

La Camerata Bach se desborda en atenciones para poner la música nicaragüense, navideña o purisimera en los oídos de todos los inscritos en esa devoción. Esta exaltación tiene su mejor testimonio cuando comprobamos los CD enriquecedores de la discoteca nacional en la cual son notables los arreglos que dignifican al compositor nicaragüense en la majestad histórica de sus nombres, en el tesoro patrimonial del arte vernáculo. Unción festiva en todos los días del calendario con su minutero, con su gotero de melodías que retratan al cazador nubloso de notas como bien lo fueron desde sus ventanas oteando el color del cielo, Bach, Schubert, Brahams.

Lo mismo podría decirse del coro Juan Manuel Mena, vivificado por el profesor Hipólito Mejía Aguirre en su atinada dirección, espléndido discípulo del fundador de bellas formas.

Renace el origen y dentro del trueno de los cohetes, la fermentación callejera de la pólvora, la música religiosa pone lo suyo en el total de los aires festivos, ocupando un sitio de respeto desde el mismo momento en que alguna de ellas siendo bailable no se baila.

Salvador Cardenal en sus apuntes sobre la música nicaragüense revela que Fray Secundino García recopiló gran cantidad de antiquísimos cantos españoles dedicados al niño Dios que todavía son entonados en Nicaragua con el acompañamiento de las castañuelas y de las panderetas, instrumentos de percusión menor.

Hago un alto en la misa de réquiem número dos de Carlos Alberto Ramírez. Pocas como ella para hacernos sentir el total ambiente de unción y de reflexión espiritual. En esa misa que he vuelto a escuchar, surge la emoción dramática del creyente sobre todo cuando le son planteadas las escenas del dolor, la conciencia de lo que ocurrió en el advenimiento, en la pasión. El compositor nos lleva por los rumbos irrevocables de la fe, por el oratorio, el puntal de la germinación sacra desde que Giacomo Carissimi marcó el cromatismo, infundiendo una gran expresión. La concentración (concentrato) retumbó en su cultura mística y barroca

Merece oírse con devoción esa misa del prolífico nicaragüense pero en el otro lado del universo anímico situarse en la realidad nacional y corear con Carlos Mejía Godoy Navidad en libertad y desear como lo sugieren las letras de su canto: “Feliz Navidad, un mundo mejor en justicia y libertad”.  
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Los compositores el oratorio de navidad